Nadie se movió durante lo que pareció una eternidad. El único sonido era la respiración sibilante. El olor a vino rancio y a hierro oxidado —el olor inconfundible de la sangre masiva— se filtraba desde los conductos de ventilación conectados a la bodega.
Hugo ya no gritaba.
Hugo ya no era nada.
Miré a Bastien, estaba roto. Sus brazos colgaban a los lados de su cuerpo. Contemplaba el suelo con los ojos vacíos. Había presionado los botones. Había elegido su propia mentira por encima de la vida de su " amigo", y la máquina lo había expuesto frente a todos. Su ego, la única estructura que sostenía su cordura, acababa de colapsar.
—Bastien — soplé —. Bastien, levántate. Tenemos que movernos.
Él parpadeó lentamente y levantó la cabeza.
—Yo… Amélie, yo intenté salvarlo. Te juro que lo intenté. El sistema estaba arreglado. Era una trampa.
—El sistema te pidió la verdad, y tú le mentiste —repliqué—. Y ahora Hugo está muerto. Igual que Lucien. Igual que Mónica. Y si nos quedamos aquí parados llorando nosotros seremos los siguientes.
Di un paso al frente, interponiéndome entre él y la pantalla de televisión apagada. Ajusté la correa de mi cámara alrededor de mi cuello. Si los "alfas" de este grupo estaban paralizados por el terror, alguien tenía que pensar. El lente de mi cámara me había enseñado a enfocar. Y ahora, necesitaba enfocar nuestra supervivencia.
—Gerente —llamé, girándome hacia el hombre mayor que seguía acurrucado en un rincón—. ¿Cuál es su nombre?
El hombre levantó la vista, temblando.
—Ar… Arturo. Me llamo Arturo, señorita.
—Muy bien, Arturo. Póngase de pie. Necesito que me escuche con atención —camine hacia él y tendiéndole una mano—. El asesino controla los sistemas de este hotel. La televisión, los altavoces, las puertas electromagnéticas y la maquinaria del sótano. Eso significa que tiene acceso al cuarto de control o a la red interna, ¿correcto?
Arturo asintió torpemente, secándose la frente con la manga de su chaqueta.
—Sí… sí, debe estar en el cuarto de servidores, en el subsótano, o hackeó el sistema principal desde alguna terminal remota.
—Entonces no podemos escondernos en nuestras habitaciones —deduje en voz alta, dirigiéndome al grupo—. Las cerraduras son electrónicas. Nos encerraría como hizo conmigo en el cuarto de Lucien, o nos asfixiaría manipulando la ventilación. Necesitamos un lugar con cerraduras manuales. Y necesitamos herramientas. Armas.
Margaux soltó una carcajada histérica, ronca por el alcohol y el llanto.
—¿Armas? ¡Míranos, Amélie!¡No somos soldados! ¡Nos van a cazar como a ratas!
—Margaux, cállate —siseó Juliette.
Por primera vez la voz de Juliette resonó alta, en toda la habitación acaparando la atención, fue como un látigo de seda. Su postura seguía inquebrantable, su máscara dorada brillando con una luz irreal. Se había puesto de pie y estaba junto al umbral de la puerta, esperando.
—Amélie tiene razón —continuó Juliette, clavando sus ojos sin parpadeo en Margaux—. Si quieres quedarte aquí y esperar tu muerte como una cobarde, hazlo. El resto de nosotros vamos a buscar una salida. ¿Adónde sugieres que vayamos, Amélie?
Tragué saliva.
—A la recepción principal —dije, enumerando mentalmente los espacios del hotel—. Arturo, la oficina detrás del mostrador de recepción. ¿Tiene cerradura de llave tradicional?
—Sí, señorita. Una cerradura de tambor antigua, de las de bronce. Y no hay conductos de aire lo suficientemente grandes para que pase una persona.
—Perfecto. Vayamos entonces.
Salimos del salón hacia el gran vestíbulo. El frío allí era mucho más intenso; las grandes ventanas de cristal crujían bajo el asalto constante de la ventisca exterior. La nieve se había acumulado hasta cubrir la mitad inferior de los ventanales, convirtiendo el hotel en un ataúd blanco. Las luces de emergencia proyectaban sombras alargadas que parecían moverse con nosotros.
Llegamos a la inmensa barra de caoba curvada de la recepción. Arturo pasó detrás del mostrador, sus manos buscando frenéticamente entre los cajones iluminados por la pálida luz amarilla del techo.
—¡Linternas! —exclamó Arturo, sacando tres. Nos repartió una a Bastien, una a Margaux y otra a mí.
Encendí la mía. El haz de luz blanca y potente cortó la penumbra, devolviéndome una pequeña fracción de control sobre mi entorno.
—Busca las llaves maestras y cualquier herramienta pesada —le indiqué a Arturo. Luego me giré hacia los demás—. Margaux, ilumina el pasillo oeste. Bastien, vigila las escaleras principales. Si ven el menor movimiento, gritan. Los demás, aguarden aquí dentro.
Bastien tomó la linterna, pero sus manos temblaban tanto que el haz de luz bailaba frenéticamente sobre la alfombra.
—Esto es una locura, Amélie. La policía debe estar en camino. Solo tenemos que…
—Estamos a la mitad de una tormenta del siglo, Bastien —le respondí, barriendo el mostrador con mi propia linterna—. Nadie va a subir esta montaña en días. Estamos solos.
Fue entonces cuando la luz de mi linterna se detuvo.
En el extremo derecho del mostrador de recepción, justo debajo del tablero donde colgaban las antiguas llaves decorativas de las habitaciones, había un objeto que no pertenecía a la escena.
Era una caja, forrada en un papel negro mate tan oscuro que parecía absorber la luz de mi linterna.
Me acerqué lentamente.
En la parte superior de la caja, escrita con una caligrafía de tinta blanca, cursiva, elegante y sin titubeos, había una sola frase:
Para Amélie. La única que siempre escuchó todo.
—¿Qué es eso? —La voz aguda de Margaux resonó a mis espaldas.
—No la toques —advirtió Bastien—. Podría ser un explosivo. O ácido. La última vez que esa voz nos dio algo, Hugo terminó aplastado.
No le hice caso.
Extendí la mano izquierda. Mis dedos enguantados rozaron la tapa de cartón. Estaba fría. No vibraba. No emitía ningún sonido. Con un movimiento rápido levanté la tapa.
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Editado: 28.04.2026