El chasquido de la cerradura al girar fue el sonido más hermoso que había escuchado en toda la noche. Arturo sacó la llave con manos temblorosas y retrocedió.
La oficina trasera de la recepción era un espacio rectangular y sin ventanas, revestido con paneles de madera sintética que olían a cera y café. Había dos escritorios atestados de carpetas, una vieja caja fuerte empotrada en la pared y un par de archivadores metálicos. La única luz provenía de nuestras tres linternas.
—Empujen ese escritorio contra la puerta —ordenó Bastien, su voz áspera, desprovista del encanto aterciopelado que lo caracterizaba—. ¡Muévanse!
Me crucé los brazos y no me moví ni un milímetro.
Arturo y Bastien empujaron el pesado mueble de roble macizo hasta que bloqueó por completo el acceso.
Me apoyé contra uno de los archivadores. Mi respiración aún era rápida. El peso del casete se sentía como una brasa ardiente contra mis costillas. Las palabras del asesino seguían zumbando en mis oídos.
Margaux se dejó caer en una silla. Dejó su linterna sobre el escritorio y se cubrió el rostro con las manos. Sus hombros se sacudían en espasmos violentos.
—No puedo más… Dios mío, no puedo más. Hugo… cómo sonaron sus huesos. Era como… como pisar ramas secas.
—Cierra la boca, Margaux. No pienses en eso —le espetó Bastien, caminando de un lado a otro—. Arturo, dijiste que había herramientas. ¿Dónde están?
El gerente señaló temblorosamente hacia un pequeño armario de mantenimiento en la esquina. Bastien se abalanzó sobre él, arrancando la puerta de un tirón. Revolvió entre cubos de limpieza y botellas de detergente hasta que sacó una pesada barra de hierro, una palanca.
Bastien sopesó el metal oscuro en sus manos.
—Con esto bastará para romperle el cráneo a quien sea que esté jugando con nosotros —murmuró.
Yo también me moví. No iba a quedarme desarmada. Abrí los cajones, debajo de un montón de facturas, encontré un abrecartas. No era de plástico; era una pieza antigua, de bronce macizo con una punta peligrosamente aguda.
Mis ojos buscaron a Juliette, se había apartado del grupo. Estaba de pie junto a un gran espejo, no se preocupaba en buscar armas, imagino que estaba confiada en que su novio la protegería. Simplemente observaba su propio reflejo.
—Juliette, cariño —Bastien, la abrazo desde atrás—. ¿Cómo estás? ¿Tienes miedo? Lamento todo esto, en serio.
Juliette giró el cuello lentamente, sin mover los hombros.
—Nada de esto me compete, Bastien. Yo no tengo nada que temer. No estudié con ustedes. No conozco sus secretos infantiles. Soy, a todos los efectos, un daño colateral en la venganza de tu pasado.
—¡¿Daño colateral!? —chilló Margaux, levantando la cabeza de golpe. El rímel le manchaba todo el rostro, dándole un aspecto cadavérico—. ¡Estás loca! ¡Esa cosa allá afuera nos quiere reventar a todos!
Juliette aparto a Bastian con una delicadeza casi dominante, tan elegante y pacifico que me dio cierto escalofrío
—Tus celos de novia de preparatoria te nublan el juicio, te afecta ver que Bastián haya formalizado conmigo y a ti te haya dejado en el pasado; pero eso no cambia el hecho de que el asesino no quiere “reventar a todos”, Margaux —corrigió Juliette, su voz suave y cortante—. Solo a ustedes, pero yo tampoco dejare que algo le pase a mi Basti.
Y como ultima cachetada con guante, Juliette alzó su mano y la poca luz hizo que algo destellara. Yo, solo por el morbo y venganza personal de hacerle daño a Margaux, alce mi linterna para enfocar el anillo de compromiso.
—Suficiente —rugió Bastien, golpeando el escritorio con la palanca de hierro. El estruendo nos hizo saltar a todos menos a Juliette—. No nos vamos a pelear entre nosotros. Eso es lo que quiere. Quiere dividirnos. Somos un equipo. Vamos a salir de aquí, vamos a bajar a ese cuarto de servidores y vamos a matar a ese infeliz.
Alineé mentalmente mis botas con las baldosas del suelo. Las palabras de Bastien me produjeron náuseas. "Somos un equipo". La mentira más vieja de la humanidad, utilizada siempre por el dictador cuando necesita carne de cañón.
Antes de que pudiera verbalizar mi asco, un chasquido eléctrico rompió el silencio de la oficina.
El sonido provenía de un pequeño altavoz cuadrado, empotrado en la esquina superior de la pared, justo encima del archivador. Un intercomunicador interno de la gerencia.
Todos nos quedamos petrificados. Bastien levantó la barra de hierro como si pudiera golpear el sonido. Margaux soltó un quejido agudo y se tapó los oídos.
El siseo de estática duró unos segundos antes de que la voz electrónica llenó la habitación.
—"¿Un equipo, Bastien? Qué discurso tan inspirador. Casi me dan ganas de votar por ti."
La voz soltó una carcajada sintética que me erizó los vellos de la nuca. Estábamos en una habitación sin cámaras visibles, detrás de una puerta bloqueada, pero el asesino seguía viéndonos.
—"El problema de los equipos es la confianza. Y ustedes están unidos únicamente por el terror a que sus máscaras caigan. Pero ¿por qué esperar a que mis trampas lo hagan? Es hora de jugar a la verdad. Bienvenidos a la ronda de las traiciones."
—¡No lo escuchen! —gritó Bastien, acercándose al altavoz para romperlo.
—"Oh, Bastien. Si supieras lo que sé, serías el primero en querer arrancarles la cabeza a tus 'amigos'. Empecemos por la bella Margaux, ¿les parece?"
Margaux se congeló. Su respiración se cortó en seco. Negó con la cabeza rápidamente, mirando la caja plástica del altavoz con un terror animal.
—No… no, por favor. No digas nada. Por favor…
—"Margaux es una influencer de éxito" — relató la voz con sarcasmo venenoso—. "O eso le hace creer a sus 9 millones de seguidores falsos. La realidad es que debe miles de dólares en tarjetas de crédito, su apartamento está embargado y bebe ginebra barata para adormecer el pánico. Pero mantener las apariencias cuesta caro, ¿verdad?"
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Editado: 28.04.2026