El pasillo que conectaba la recepción con el ala oeste del hotel era una garganta de sombras. Avanzábamos en fila. Yo iba a la cabeza, con la linterna en la mano izquierda y el abrecartas en la manga derecha.
Miré el reloj de mi muñeca. Las manecillas fosforescentes marcaban la una y cuarto de la madrugada.
Margaux caminaba detrás de mí, arrastrando los pies. Había perdido uno de sus tacones y ahora cojeaba.
—Todo esto es una locura, Amélie.
Juliette y Arturo cerraban la marcha. Podía escuchar la respiración asmática del gerente, pero Juliette no emitía ningún sonido. Sus pasos eran silenciosos, como si flotara sobre la gruesa alfombra roja.
—Deberíamos haber intentado detener a Bastien —gimoteó Arturo, apretando su propio manojo de llaves contra el pecho—. El señor Bastien está fuera de sí.
—Bastien solo se preocupa por Bastien —lo corté, deteniéndome en la intersección que llevaba a las escaleras de servicio—. Su ego está destrozado. Necesita culpar a alguien. Es peligroso. Si lo vemos, nos escondemos.
Estábamos a punto de girar hacia los escalones cuando un ruido sordo y metálico resonó desde el fondo del pasillo de servicio. Sonó como un cubo de metal cayendo por unas escaleras, seguido inmediatamente por un grito gutural.
—¡Te tengo, hijo de puta! ¡Te tengo!
Era la voz de Bastien. Estaba cargada de una adrenalina maníaca.
Margaux soltó un chillido ahogado y retrocedió, chocando contra Arturo.
—¡Lo atrapó! —exclamó ella, sus ojos muy abiertos brillando en la penumbra. El alivio en su rostro era casi grotesco. Necesitaba desesperadamente que esto terminara.
Corrimos por el pasillo de servicio, Bastien tenía acorralado a un hombre vestido con un mono de trabajo azul manchado de grasa, estaba encogido en el suelo, levantando las manos temblorosas para protegerse el rostro. A su lado, desparramadas por el suelo de cemento, había una caja de herramientas volcada, un rollo de alambre grueso y un enorme alicate de corte.
Bastien estaba de pie sobre él, con las piernas separadas, blandiendo la palanca de hierro a centímetros del cráneo del hombre.
—¡Fermín! —exclamó Arturo, corriendo hacia adelante antes de que yo pudiera detenerlo—. ¡Señor Bastien, por el amor de Dios, deténgase! ¡Es Fermín, el conserje del turno de noche!
—¡Este es el bastardo! ¡Lo encontré tocando con el panel eléctrico principal!
—¡No, no, no! —sollozó Fermín, el conserje. Parecía tener unos cuarenta años, con el rostro curtido y las manos callosas—. ¡Señor, por favor! ¡Yo no he hecho nada! ¡Estaba intentando darles luz a las habitaciones!
—¡Mentiroso! —Bastien pateó la caja de herramientas, esparciendo llaves inglesas y destornilladores por el suelo—. ¡Te vi escabullirte por las sombras! ¡Tienes las llaves maestras! ¡Tú cortaste las comunicaciones! ¡Tú bloqueaste las puertas!
Avancé un par de pasos, manteniendo mi linterna apuntando al suelo para no cegar a nadie. Mis dedos se aferraron al abrecartas de bronce en mi manga.
—Bastien. Es el conserje.
—¡NO! ¡ÉL ES EL ASESINO!
—La voz en los altavoces conocía secretos íntimos de hace diez años. Sabía lo del chico de intercambio, sabía lo de tu fraude financiero. ¿Cómo iba a saber eso un empleado del hotel? No tiene sentido.
Bastien me miró con furia, su pecho subiendo y bajando como un fuelle
—¡Lo contrataron! —escupió, señalando a Fermín con la barra de hierro—. ¡Claro que tiene sentido, Amélie, piensa un poco! Quienquiera que nos odie le pagó a este infeliz para que hiciera el trabajo sucio. ¡Él maneja las calderas! ¡Él conoce los ductos de la bodega! ¡Él colgó a Lucien!
Fermín negó con la cabeza frenéticamente, arrastrándose hacia atrás hasta que su espalda chocó contra la caja de fusibles
—¡Yo no maté a nadie! ¡Se lo juro por mi familia, señor! ¡Yo estaba en el cuarto de calderas cuando empezó la tormenta! Escuché los gritos por el intercomunicador, pero las puertas estaban bloqueadas. ¡Solo quería arreglar la electricidad!
—Bastien… —susurró Margaux, señalando con un dedo tembloroso las gruesas botas de trabajo de Fermín—. Mira sus botas.
Enfoqué mi linterna hacia los pies del conserje. La suela y el borde de la bota derecha estaban manchados con un líquido oscuro y viscoso que aún no se había secado por completo. Sangre.
—¡Sangre! —chilló alguien detrás.
—¡Es aceite rojo de transmisión! —gritó Fermín, desesperado, mirando sus propios pies—. ¡El generador diésel tenía una fuga, pisé un charco cuando fui a revisarlo! ¡Huélelo!
Bastien soltó una carcajada estridente y rota. La paranoia, alimentada por el tiempo que se agotaba, le había nublado la razón por completo. Era más fácil matar a un conserje desconocido que enfrentar la verdad de que alguien de su propio pasado lo estaba castigando.
—Señor Bastien, por favor… —rogó Arturo, dando un paso vacilante hacia su empleado—. Fermín lleva trabajando aquí cinco años. Es un buen hombre.
—¡Cállate la maldita boca! —rugió Bastien, levantando la palanca hacia Arturo—. ¡Tú también podrías ser cómplice!
Ya perdió la cabeza.
Arturo palideció y retrocedió, encogiéndose de hombros, rindiéndose a la cobardía al instante.
Yo observaba la escena.
Abrí la boca para exigir que se detuvieran, pero Juliette habló. Estaba apoyada contra el marco de la puerta.
—Cincuenta y ocho minutos para que el sistema de ventilación nos asfixie. Si él es el cómplice que controla las puertas… debe tener el código de anulación. O las llaves de salida.
Me giré hacia Juliette, atónita. Estaba echando gasolina al fuego. Estaba empujando a Bastien al borde.
—¡Dime cómo apagar el sistema! —rugió Bastien, agarrando a Fermín por el cuello del mono de trabajo y levantándolo parcialmente del suelo—. ¡Dime el maldito código o te abro la cabeza aquí mismo!
—¡No lo sé! ¡No hay ningún código, las cerraduras son magnéticas, se controlan desde el ordenador central del gerente! —Fermín lloraba, intentando zafarse las manos de Bastien—. ¡Por favor, tengo dos niñas! ¡Déjeme ir!
—¡Golpéalo, Bastien! —chilló una mujer tras de mí, histérica, saltando sobre su pie sano, con el rostro desfigurado por el pánico.
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Editado: 28.04.2026