El sonido de mis propias botas contra la alfombra me provocaba náuseas.
Arturo, el gerente, subía los peldaños delante de mí, apoyándose pesadamente en la barandilla. Lloraba en silencio, un llanto roto y húmedo que le sacudía los hombros. Había dejado a su empleado morir a golpes en un sótano sucio.
Detrás de mí, cerrando la marcha, subía Juliette. No necesitaba girarme para saber que estaba allí; su presencia tenía una gravedad propia. Su respiración era inaudible, sus pasos, fantasmas.
—Podrías haberlo detenido, Amélie —dijo Juliette.
Me giré lentamente, aferrando mi linterna. El haz de luz bailó sobre los escalones inferiores hasta iluminar sus zapatos de diseño y el borde de su vestido de seda oscura. Subí la luz hasta su rostro. La máscara dorada, con sus grietas de Kintsugi brillando débilmente, me devolvía una mirada de inescrutable superioridad.
—Tú también —refute—, pero lo alentaste. Además, tenía un arma. Si intervenía, me habría matado a mí también.
—Mentira, yo igual entre en panico—susurró Juliette, ladeando la cabeza un milímetro—. Tu tenías el abrecartas en la mano. Si hubieras dado un paso al frente, si hubieras gritado con la misma fuerza con la que lo desafiaste en la oficina, él se habría detenido.
—No sabes de lo que hablas —repliqué, sintiendo un nudo de bilis trepando por mi garganta—. Era una turba. Margaux lo estaba apoyando igual, hubiera sido un dos contra uno.
—Margaux es un animal asustado que hace ruido para que no la muerdan —Juliette subió un escalón, acercándose a mí—. No lo detuviste porque en el fondo, Amélie, la sangre de Fermín te compró tiempo. Mientras Bastien masacraba a un inocente, tú estabas a salvo en las sombras. Tu instinto no es la justicia. Es la preservación.
Tragué saliva, incapaz de apartar la mirada de su único ojo visible. Me estaba diseccionando viva.
—Vamos a la oficina, Arturo —ordené, rompiendo el contacto visual con Juliette y forzando a mis piernas a seguir subiendo.
Llegamos al segundo piso. El aire aquí era aún más frío. Las puertas de las suites presidenciales se alineaban a ambos lados del pasillo como bóvedas de un cementerio de lujo. Arturo nos guio hasta el fondo del corredor, hacia una pesada puerta de doble hoja con una placa de bronce opaco que rezaba: Gerencia General y Archivos.
Con las manos temblando de tal manera que las llaves tintineaban como campanillas fúnebres, Arturo logró insertar la correcta en la cerradura.
Entramos. La oficina era un espacio amplio, con ventanales que daban a la parte frontal del hotel. La ventisca seguía golpeando los cristales con una furia implacable, creando una cortina blanca y sólida que nos aislaba. Detrás del enorme escritorio de cuero, había una pared entera cubierta por archivadores metálicos ignífugos.
—Allí —señaló Arturo, encendiendo una pequeña linterna—. Los cajones de la derecha. Las compras, las actas notariales de los nuevos dueños y los expedientes del personal. Todo lo confidencial está ahí.
Me acerqué a los archivadores. Mis dedos enguantados tiraron del primer cajón. Estaba atestado de carpetas perfectamente ordenadas alfabéticamente.
Por un segundo, mi cerebro intentó aferrarse a ese refugio. Si solo me concentraba en las letras, en las fechas, en la tipografía de los documentos, no tendría que pensar en el sonido del cráneo de Fermín rompiéndose como una nuez vieja. No tendría que pensar en la sangre salpicando el pasillo.
—Busca quien fue el último en comprar el hotel —le pedi a Arturo—. Cualquier mención a una clínica, facturas a nombre de la empresa dueña, cualquier pago inusual. Si la asesina preparó todo esto, tuvo que dejar un rastro financiero.
Empecé a revisar el tercer cajón. Las etiquetas pasaban ante mis ojos: Mantenimiento, Proveedores, Remodelaciones, Seguridad… Y entonces, mis dedos se detuvieron.
Entre la carpeta de Seguridad y Seguros de Responsabilidad Civil, había algo que rompía la simetría perfecta de los archivos. No era una carpeta manila. Era un sobre grueso, de color negro mate. Exactamente igual al que me había entregado Louis en la biblioteca días atrás. Exactamente igual al de la invitación.
Estaba sellado con cera roja, pero no llevaba el escudo del hotel. Llevaba ¿mi nombre escrito en tinta dorada?
Amélie.
El corazón me dio un vuelco. El o la asesina no solo sabía que llegaríamos aquí; había dejado una pieza del rompecabezas exclusivamente para mí.
—¿Encontraste algo? —preguntó Juliette.
—Sigan buscando—respondí secamente, sacando el sobre negro del cajón.
Rompí el sello de cera roja. No era una carta. No era un casete de audio. Eran dos objetos.
El primero era una lente fotográfica. Específicamente, una tapa de objetivo Nikon de 52 milímetros. Estaba rayada, gastada por los bordes. Le di la vuelta. En el reverso, escrito con un marcador blanco, había una fecha de hacía exactamente diez años. El 14 de noviembre.
El segundo objeto era una fotografía.
El frío de la oficina, la tormenta afuera, la presencia de Juliette y Arturo… todo se desvaneció, tragado por el vórtice de la imagen que sostenía entre mis manos.
Era una fotografía tomada desde un ángulo bajo. El encuadre era perfecto, la regla de los tercios aplicada instintivamente. En el centro de la imagen, desenfocada pero inconfundible, estaba Léa.
Estaba al pie de las escaleras del ala norte de la preparatoria. Sus gafas estaban rotas, colgando de una sola oreja. Su blusa blanca del uniforme estaba manchada de sangre que manaba de su nariz. Su mochila estaba volcada, y docenas de páginas de su cuaderno de dibujos pisoteados por los zapatos de Bastien y Hugo. Margaux estaba en un rincón de la foto, riéndose, tapándose la boca con la mano.
Pero eso no era lo que me destruía. Yo conocía esa escena. Yo sabía lo que había pasado.
Lo que me arrancó el oxígeno de los pulmones fue el fondo de la fotografía.
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Editado: 28.04.2026