Invitación al Purgatorio.

Capítulo 11: La última capa de maquillaje.

El reloj seguía avanzando. Faltaba menos de una hora para que el sistema de ventilación nos asfixiara, pero el verdadero terror ya no venía de los conductos de aire. Venía de la mujer que caminaba a mi lado.

Juliette. Léa.

Miré de reojo su perfil perfecto, su postura erguida, el destello dorado del Kintsugi que marcaba su mejilla izquierda. Mi mente, ahora liberada de la negación, no podía dejar de superponer la imagen de la chica rota, llorando en el suelo de la preparatoria, sobre esta deidad de venganza implacable.

—Señorita Amélie… —susurró Arturo, sacándome de mis pensamientos. El gerente caminaba encorvado, aferrándose a su linterna como si fuera un talismán—. ¿A dónde vamos ahora? El señor Bastien debe estar buscándonos. Y la señorita Margaux… huyó hacia el ala este. Allí solo están las suites de lujo y el Spa Termal. No hay salida por ahí.

—Entonces vamos al Spa —respondí—. Si Bastien nos encuentra ahora, nos matará a palos creyendo que somos parte del complot. Margaux, en cambio, está sola, desarmada y seguramente borracha. Es un blanco fácil y no podemos permitirnos perder a más gente.

Juliette soltó una exhalación suave que casi sonó como una risa reprimida

—Qué instinto protector tan repentino, Amélie.

No respondí. Apreté la linterna en mi mano y lideré el camino hacia el ala este.

El rastro no fue difícil de seguir. Primero encontramos su petaca plateada, abandonada sobre una alfombra. Unos metros más adelante, yacía uno de sus tacones de aguja, con la correa rota.

Llegamos a unas puertas dobles de cristal esmerilado. Las letras doradas en el arco superior leían: Spa Cumbres & Centro de Estética.

El interior del Spa era un templo dedicado a la vanidad, un laberinto de mármol blanco, luces indirectas y cristal. Entramos en la sala principal, diseñada como un inmenso tocador circular. Las paredes estaban completamente revestidas de espejos de cuerpo entero. Dondequiera que miraras, el espacio se multiplicaba hasta el infinito, creando una ilusión de profundidad mareante. Nuestras linternas rebotaban en las superficies reflectantes, lanzando destellos cegadores en todas direcciones.

Y allí, en el centro exacto de la sala, iluminada por los haces erráticos de luz, estaba ella.

Margaux estaba sentada en un taburete de terciopelo blanco frente al tocador principal. Había encendido un par de velas de aromaterapia que daban a su rostro una iluminación trémula y anaranjada. A su alrededor, sobre la encimera de mármol, había decenas de frascos de cremas carísimas, tónicos faciales y toallas de algodón puro.

La imagen era profundamente perturbadora. Afuera, el mundo se acababa. Hugo estaba aplastado. Lucien estaba colgado. Fermín tenía el cráneo destrozado. Pero Margaux, sumida en una disociación estaba intentando arreglarse el maquillaje.

—No… no, no, esto no cubre nada —murmuraba frenéticamente, aplicando una capa gruesa de corrector sobre las ojeras oscuras que le hundían los ojos—. El estrés me está arruinando la piel.

—Margaux —la llamé, dando un paso cauteloso hacia ella.

Ella dio un respingo, girando en el taburete. Su rostro era una ruina. El maquillaje estaba corrido por las lágrimas, creando surcos grises sobre sus mejillas. Sus labios temblaban. Nos miró a través de docenas de espejos simultáneamente rodeándola.

—¡Aléjense! —chilló Margaux, agarrando un pesado frasco de perfume de cristal como si fuera una granada—. ¡No me toquen! ¡Son unos malditos monstruos!

—Baja el frasco, Margaux —dije, manteniendo un tono calmado—. Estamos atrapados. Si te quedas aquí sola, vas a morir. Tienes que venir con nosotros.

—¡No voy a ir a ninguna parte contigo! —escupió ella, poniéndose de pie de manera inestable. Caminó hacia atrás, chocando contra una de las puertas de cristal que separaban la zona de tocadores de las cabinas de tratamiento individuales—. Bastien me va a matar. Él… él descubrió lo de la filtración. Me odia. Y esa voz… esa voz lo sabe todo. Me quiere destruir. Quiere destruir mi imagen.

—Tu imagen ya está destruida, Margaux —La voz de Léa cortó el aire, resonando con una acústica perfecta en la sala de los espejos.

Juliette avanzó hacia el centro de la sala. Su postura, rodeada de sus propios reflejos infinitos, la hacía parecer omnipresente. Margaux palideció aún más, apretándose contra el cristal a sus espaldas.

—Tú… —susurró Margaux, señalando a Juliette con un dedo tembloroso—. Tú eres una de ellos. Eres la perra perfecta que nunca suda. Apuesto a que todo esto te parece divertidísimo.

Juliette no se alteró. Ladeó la cabeza, observando a Margaux con fría

—Lo que me parece fascinante, Margaux, es cómo has construido toda tu existencia sobre una cáscara vacía. Inviertes miles de dólares en serum, en bótox, en tratamientos faciales, en ropa de diseñador, todo para ocultar la podredumbre que llevas por dentro. Pero la belleza es frágil. Es un cristal muy fino. Basta una sola palabra mal dicha, o un solo rasguño, para que se rompa para siempre.

—¡Cállate! ¡Tú no me conoces! —gritó Margaux, tapándose los oídos y cerrando los ojos con fuerza—. ¡Yo soy hermosa! ¡La gente me ama! ¡Tengo contratos! ¡Yo no soy como ustedes, fracasados!

Retrocedió torpemente, empujando la puerta de cristal a sus espaldas. Tropezó y cayó de espaldas dentro de la cabina de tratamiento. Era una sala pequeña, completamente rodeada de paneles de vidrio templado y espejos, equipada con una silla de cuero blanco reclinable, duchas de techo para tratamientos de hidroterapia y desagües en el suelo.

—Margaux, sal de ahí ahora mismo —le ordené, sintiendo que el estómago se me encogía. Algo en la disposición de esa cabina, tan aislada y perfecta, me gritaba que era una trampa.

Margaux intentó levantarse del suelo húmedo de baldosas, pero en ese instante, un zumbido eléctrico grave vibró en los cimientos.

La gruesa puerta de cristal templado de la cabina se cerró de golpe. El cerrojo electromagnético se activó con un chasquido sordo.




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