Invitación al Purgatorio.

Capítulo 12: Telaraña de plata

Caminábamos en silencio.

Arturo se arrastraba a un par de metros de nosotras. Su linterna temblaba tanto que el haz de luz parecía el latido de un corazón a punto de fallar. Lloraba sin emitir sonido, con la boca abierta, intentando tragar aire en un pasillo que parecía cada vez más estrecho. Su mente se había quebrado. Había visto a su conserje morir a golpes y, minutos después, había presenciado cómo una mujer ser derretía en ácido.

—Deberíamos… deberíamos habernos quedado a rezar por ella… —balbuceó Arturo de repente, deteniéndose y apoyando una mano temblorosa contra la pared cubierta de papel tapiz victoriano—. Dios no nos va a perdonar esto. Nos va a enviar al infierno.

Me detuve. Giré sobre mis talones y lo iluminé directamente a la cara.

—No hay Dios en este hotel, Arturo. Si te detienes a rezar ahora, el sistema de ventilación nos ahogará en menos de veinte minutos. Camina.

Juliette pasó por mi lado, su vestido de seda rozando la alfombra. El destello dorado de su mejilla brilló en la penumbra.

Sabía que Léa me estaba poniendo a prueba, evaluando si mi ruptura moral era permanente o solo un episodio de shock. Pero no tenía tiempo para jugar al psicoanálisis. El reloj corría.

Kzzzt.

El intercomunicador del pasillo cobró vida. El chasquido eléctrico nos hizo tensar los músculos a los tres.

—La vanidad se ha escurrido por el desagüe—anunció la voz. El tono sonaba casi satisfecho—. Un final poético para nuestra querida Margaux. Pero el tiempo de las lecciones individuales ha terminado. Quedan quince minutos antes de que el ciclo de purificación del aire del segundo piso se active. Sugiero que no respiren profundamente cuando escuchen el gas salir de las rejillas.

Un siseo lejano y agudo, como el de una olla a presión a punto de estallar, comenzó a resonar desde las profundidades de los muros del hotel.

—¡Tenemos que bajar al vestíbulo! —Arturo soltó un quejido agudo y echó a correr, torpe y desesperado, adelantándonos—. ¡Las rejillas principales de ventilación están todas en este nivel!

Corrimos tras él. Atravesamos las puertas que separaban el ala este de la galería central. Frente a nosotros se abría el balcón interior que dominaba el gran vestíbulo del hotel.

Pero no estábamos solos.

Al llegar al borde de la barandilla, un haz de luz errático nos cegó desde la mitad de la escalera.

—¡Alto ahí! —rugió una voz áspera, rasgada por los gritos y la locura—. ¡Un paso más y les abro la cabeza!

Cuando mis ojos se adaptaron, vi a Bastien.

Estaba parado en el descanso intermedio de la gran escalera, bloqueando el descenso. Su aspecto era monstruoso. El esmoquin de diseño estaba hecho jirones; había perdido la chaqueta y la camisa blanca estaba empapada en un patrón macabro de sudor y sangre. Aún aferrado la barra de hierro con ambas manos.

—Bastien —dije, bajando mi linterna—. Somos nosotras.

—¿Nosotras? —Bastien soltó una carcajada estridente—. Ya no existe nosotros, Amélie. Todos son cómplices. ¿Dónde está la perra traidora? ¿Dónde está Margaux?

—Está muerta, Bastien —respondió Juliette.

Bastien parpadeó, procesando la información. Lejos de mostrar horror o dolor por la mujer con la que se había estado acostando a escondidas durante seis meses, su rostro se relajó en una mueca de alivio asqueroso.

—Mejor —escupió Bastien, golpeando la barra de hierro contra el pasamanos de mármol—. Un peso muerto menos que cargar.

—Nos van a gasear. Las rejillas ya están sonando—tartamudeó Arturo, acercándose al borde de las escaleras, con las manos juntas en posición de súplica—. Tenemos que bajar al primer piso, buscar un área sin ventilación…

—¡Nadie baja! —rugió Bastien, apuntándole con la barra—. ¡Abajo están las puertas bloqueadas! ¡Abajo están las trampas!

—Bastien, piensa un segundo—intervine, dando un paso hacia el primer escalón. Apreté el abrecartas de bronce en mi mano derecha, oculta tras mi espalda—. Arriba va a haber gas letal. Si nos quedamos aquí, moriremos asfixiados en menos de diez minutos. Tenemos que llegar al vestíbulo.

Me miró de arriba a abajo. Luego miró a Juliette detrás de mí. Finalmente, su mirada se posó en Arturo. El eslabón más débil.

—Quiero tus llaves —exigió Bastien—. Y sus linternas. Las necesito para encontrar el cuarto de control en el sótano. Yo voy a salir de aquí y voy a recuperar mi vida. Tengo empresas, tengo miles de empleados, ¡tengo una carrera política! Mi vida vale más que la de ustedes tres juntos.

—Eres un fraude, Bastien, un infiel —dijo Juliette—. Todo lo que has construido está cimentado sobre el sufrimiento de otros. Eres un cascarón vacío envuelto en trajes caros.

—¡Cállate! —le gritó él, la vena de su cuello a punto de estallar—. ¡Tú no eres nadie! ¡Tú también me usaste por mi dinero!

—¿Cuál dinero? Si ni tenías —se rio ella.

—¡Arturo, dámelas! ¡Ahora!

Arturo temblaba de pies a cabeza. Hizo un amago de desenganchar el llavero de su cinturón.

En ese preciso instante, un ruido mecánico, brutal y sordo, sacudió los cimientos de la escalera.

No fue la voz de los altavoces. Fue el hotel mismo reaccionando.

En menos de dos segundos, el descanso de la escalera se convirtió en una red mortal, una telaraña de cuchillas cruzadas que bloqueaba completamente el paso hacia la planta baja.

Bastien soltó un grito y se tiró hacia atrás, cayendo de espaldas sobre los escalones inferiores justo cuando uno de los cables de acero pasó a centímetros de su garganta, cortando el aire con un silbido letal.

Un fuerte clic resonó bajo sus pies. Los cinco escalones inferiores, los que llevaban del descanso al vestíbulo principal, cedieron bruscamente, retrayéndose hacia adentro como si fueran cajones. Bastien resbaló, aferrándose desesperadamente al pasamanos para no caer por el hueco oscuro que se había abierto debajo de él. Quedó colgando, balanceando las piernas sobre el abismo del sótano que se veía allá abajo.




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