Juliette y yo avanzamos por el corredor del subsótano, hacia la entrada a la cocina.
—Está ahí dentro —susurró Juliette, deteniéndose a un par de pasos de la puerta.
La cocina era un mausoleo de acero inoxidable. Mesas de preparación larguísimas, hornos industriales, campanas extractoras colosales y una fila de refrigeradores del tamaño de habitaciones pequeñas.
Y allí estaba él.
Bastien estaba apoyado contra una de las islas de preparación centrales. Su respiración era ruidosa. Su esmoquin ya no existía; la camisa blanca estaba teñida de un rojo óxido casi en su totalidad, pegada a su piel por el sudor y la sangre que manaba de los múltiples cortes que la red de alambres de púas le había infligido.
Pero no estaba solo.
Acorralado contra la puerta de la cámara frigorífica había un hombre con uniforme de chef.
—¡Atrás! —rugió Bastien en cuanto nos vio entrar, levantando la barra de hierro y apuntando al chef—. ¡Nadie se mueve o le reviento la cabeza!
—Hazlo, ¿Qué me importada?
—¡Juliette!
—Señor, por favor, no me hada nada… —sollozaba encogiéndose hasta hacerse casi un ovillo.
—¡Cállate! —le gritó Bastien, pateando un carrito de sartenes que salió disparado con un estruendo ensordecedor—. ¡Todos ustedes son cómplices! ¡Arturo lo era, Fermín lo era, y tú también lo eres! ¿Dónde está el cuarto de control? ¿Dónde está el servidor principal?
Avancé lentamente. Ya no sentía terror. Sentía una claridad gélida, la misma claridad que experimenta el fotógrafo cuando por fin encuentra el encuadre perfecto para documentar un desastre.
Sobre la mesa frente a mí había un taco de cuchillos profesionales. Saqué tres.
—Suéltalo, Bastien —advertí.
Bastien giró su rostro ensangrentado hacia mí. Sus ojos estaban desorbitados, inyectados en sangre y paranoia
—¿Y tú qué sabes, Amélie? ¿Ah? Ahora vienes a darme órdenes. ¡Yo soy el que sobrevivió él que los mantuvo con vida a todos!
— No, tu los mataste a todos —respondí, sin inmutarme—. Eres un monstruo cobarde.
—¡NOO! —rugió Bastien, golpeando la mesa de acero con la palanca, dejando una abolladura profunda—. ¡Es la supervivencia del más apto! Ustedes no lo entienden. ¡El mundo real funciona así! Los débiles son peldaños. Siempre lo han sido. Margaux era un peldaño. Lucien era un peldaño. ¡Todos ustedes son prescindibles!
Juliette caminó hacia el centro de la cocina, colocándose bajo la luz más potente. Su vestido de seda oscura absorbía la blancura clínica del ambiente.
—Es curioso escucharte hablar de peldaños, Bastien —murmuró Léa—. Sobre todo, cuando has pasado los últimos dos años subiendo por una escalera que construí yo misma.
Bastien frunció el ceño, confundido. Miró a Juliette, y luego miró la barra de hierro en sus manos
—¿De qué estás hablando, amor? Ya olvida todo, salgamos de aquí. Conozco a gente. Si logramos salir de aquí llamaré a mis inversores, mandarán un helicóptero…
—No habrá helicóptero, Bastien —lo interrumpí.
Me alejé de mis cuchillos perfectamente alineados y caminé hasta quedar al lado de Juliette.
—¿No te has preguntado por qué el asesino sabía tantas cosas de ti? —le pregunté a Bastien—. ¿Por qué conocía los desvíos de fondos que Lucien te ayudaba a encubrir? ¿Por qué sabía lo de tu aventura de seis meses con Margaux? ¿Por qué gastó millones de dólares en comprar un hotel en la cima de una montaña solo para atraparte?
Bastien me apuntó con la barra de hierro. Sus manos temblaban violentamente
—Fueron mis rivales, así es la política… Me espiaron. Contrataron investigadores privados. Quieren arruinar mi vida.
Negué con la cabeza lentamente
—No, Bastien. Fue alguien que dormía a tu lado. Alguien que tenía acceso a tu chequera, a tus teléfonos, a tu vida privada. Alguien que te convenció de transferir millones de dólares a Inversiones León Dorado para invertirlos en "proyectos europeos" y fondos fiduciarios en las Islas Caimán, empresas fantasmas llamadas Kintsugi Holdings.
El color abandonó el rostro ensangrentado de Bastien. La barra de hierro pareció volverse de plomo en sus manos, bajando un par de centímetros hacia el suelo. Sus ojos se fijaron en Juliette.
—¿Qué está diciendo, Juliette? —balbuceó Bastien, la negación luchando desesperadamente contra la lógica—. Dile que se calle.
Juliette no se movió. No parpadeó.
—Mírala bien, Bastien —dije, señalándola.
Juliette levantó las manos hacia su rostro. Desató las finas cintas de seda negra que sujetaban su máscara dorada cayendo al suelo con un tintineo agudo.
El rostro al descubierto de Juliette era una obra maestra de la cirugía plástica perfectamente imperceptible. Finas líneas blancas nacaradas cruzaban su pómulo, bajando hacia su mandíbula. Su ojo izquierdo, el que había estado oculto por el oro, tenía una leve desviación, una caída en el párpado reconstruido con piel de otra parte de su cuerpo. Era hermosa, de una manera aterradora y elegante, como una muñeca de porcelana rota que había sido pegada con pegamento.
Bastien parpadeó, confundido, mirando a su prometida como si fuera una extraña.
—La rigidez de su cuello, esa postura inquebrantable que te hacía sentir tan orgulloso de llevarla del brazo en tus galas políticas… no es porte aristocrático. Es una malla de titanio anclada a su espina dorsal para mantener unida una estructura ósea que fue molida a golpes.
Bastien retrocedió un paso, chocando contra la isla de cocina.
—¿Qué locura es esta? —susurró Bastien, negando con la cabeza—. Juliette sufrió un accidente de tránsito en Mónaco antes de conocernos. Ella me lo dijo.
—No fue un accidente, Bastien —espeté—. Fue una paliza. Fue la consecuencia directa de un grupo de abusadores acorralando a una chica en la preparatoria hace diez años.
La respiración de Bastien se cortó. El aire en la cocina pareció volverse de plomo. El silencio que siguió fue absoluto, solo interrumpido por el leve zumbido eléctrico de los refrigeradores industriales.
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Editado: 28.04.2026