Invitación al Purgatorio.

Capítulo 15: La última sesión de fotos

El sótano profundo del Hotel Cumbres no era como el resto del edificio.

Aquí no había paneles de caoba, ni alfombras persas, ni rastro de esa opulencia rancia que olía a linaje y secretos. Las paredes eran de hormigón desnudo, frías y húmedas, con el rastro de salitre dibujando mapas de olvido en la superficie.

Bastien estaba allí, atado a una silla de metal anclada al suelo. El dardo paralizante había hecho su trabajo; sus músculos estaban laxos, su mandíbula ligeramente caída, pero sus ojos… sus ojos eran dos pozos de terror líquido que seguían cada movimiento de Léa.

Léa —la mujer que conocía como Juliette— se quitó los guantes de seda negra con una lentitud exasperante. Los dejó sobre una mesa de metal junto a su máscara dorada. Luego, se giró hacia mí.

—Toma asiento, Amélie —dijo Léa, señalando un viejo taburete de madera en las sombras—. Esta es la parte que no pudiste fotografiar.

Me senté. Mis manos temblaban tanto que tuve que aferrarme a las rodillas.

—¿Cómo lo hiciste, Léa? —pregunté, mi voz quebrando el silencio—. ¿Cómo terminaste siendo su prometida? Él es un narcisista, un depredador, pero no es estúpido. ¿Cómo lo lograste?

Léa soltó una carcajada seca, un sonido que vibró con la aspereza de sus cuerdas vocales reconstruidas. Se acercó a Bastien y le acarició la mejilla con el dorso de la mano. Él intentó gemir, pero solo logró un gorgoteo inútil.

—En realidad, si lo es, es absurdamente estupido, Amélie. Verás, Bastien no ama a las personas; Bastien ama el estatus. Busqué al mejor cirujano, no para que me devolviera mi antigua cara sino para que creara una que él no pudiera ignorar.

Léa empezó a caminar alrededor de la silla de Bastien.

—Aparecí hace tres años, en una gala benéfica en Ginebra. Sabía exactamente a qué eventos asistiría. Me presenté como la heredera de un holding de inversiones suizo, una mujer con un linaje tan antiguo que el dinero de Bastien parecía calderilla a mi lado. Pero no fui amable con él.

—Lo desafiaste—murmuré, entendiendo la psicología del depredador.

—Exacto. Para un hombre que lo tiene todo, lo único valioso es lo que no puede tener. Lo traté con la misma indiferencia con la que él trataba a los "bichos raros" en la escuela. Y funcionó. Se obsesionó. Me persiguió por medio continente, enviándome flores, joyas, promesas. Y yo, mientras tanto, le hablaba de "oportunidades de inversión".

Léa se detuvo frente a Bastien y le levantó la barbilla para que la mirara.

—¿Te acuerdas de nuestra primera noche en Milán, amor? —le susurró al oído—. Me dijiste que yo era la mujer más perfecta que habías visto. Que mi piel era como el mármol. No sabías que ese mármol costó diez operaciones y tres injertos de piel de mi propia espalda. Te enamoraste de un catálogo de cirugía estética a cuota.

Bastien cerró los ojos, las lágrimas mezclándose con la sangre seca de su rostro.

—Pero ¿el dinero? —intervine yo, tratando de unir las piezas—. Comprar este hotel, modificarlo, las trampas… eso cuesta una fortuna que un bicho raro de preparatoria no tiene.

Léa se giró hacia mí con una sonrisa triunfal.

—Esa es la mejor parte, Amélie. La ironía más exquisita de este Purgatorio. Cuando empezamos a salir, le hablé de una "fusión confidencial" en Europa. Le dije que mis abogados podían mover sus fondos de campaña y sus "ahorros" personales a cuentas suizas libres de impuestos.

—Él te dio acceso —deduje, sintiendo un escalofrío.

—Me dio las llaves del reino. Estaba tan cegado por la idea de duplicar su fortuna y por tener a "Juliette" a su lado, que firmó cada contrato, cada transferencia, cada documento que le puse delante. Usé el dinero de Bastien para pagar mis facturas médicas pendientes. Usé el dinero de Bastien para comprar este hotel a través de una empresa fantasma llamada Kintsugi Holdings.

Léa se rió de nuevo, esta vez con más fuerza.

—¿Te das cuenta, Amélie? La red de alambres que cortó a Arturo, el ácido que derritió a Margaux, el mecanismo que aplastó a Hugo y el gas que mató a todos los demas… todo fue pagado con la tarjeta de crédito de Bastien. Él financió cada clavo de su propia cruz. Incluso el sueldo de los ingenieros que instalaron las trampas salió de su fondo.

Miré a Bastien. El hombre que se creía el dueño del mundo estaba descubriendo que había pagado por su propia destrucción. La humillación en sus ojos era casi tan profunda como el dolor físico.

—¿Y Arturo? —pregunté—. ¿El gerente?

—Un soborno generoso, también pagado por Bastien. Arturo creía que estaba ayudando a un multimillonario excéntrico a preparar una "experiencia de inmersión" para sus amigos. Cuando se dio cuenta de que la inmersión incluía cadáveres reales, ya era demasiado tarde. Estaba tan manchado de dinero sucio que no podía acudir a la policía.

Léa se acercó a la mesa y tomó un pequeño espejo de mano. Se lo puso frente a Bastien.

—Mírate, Bastien. Mírate bien. Esta noche has perdido tu dinero, tus amigos, tu carrera y, en unos minutos, perderás lo único que realmente valoras: esa cara que tanto cuidas.

—Lé-Léa —tartamudee, levantándome del taburete—. Ya es suficiente. Has ganado. Él lo sabe. El mundo lo sabrá. No tienes que hacer esto.

Ella me miró con una frialdad que me detuvo el corazón.

—¿Suficiente? ¿Fue suficiente cuando me rompieron la mandíbula y me dejaron en el suelo? ¿Fue suficiente cuando tuve que aprender a comer de nuevo con una pajita a los dieciocho años mientras ustedes iban al baile de graduación? No, Amélie.

Léa dejó el espejo y se dirigió hacia una palanca roja incrustada en la pared, justo al lado de la estructura metálica que llamaba "La Máquina de Kintsugi".

—Él creó esta cara, Amélie —escupió—. Ahora, es justo que yo sea la escultora del suyo.

—¡Léa, detente! —grité, dando un paso hacia adelante.

Pero ella fue más rápida. Con un movimiento seco, accionó la palanca. Un zumbido eléctrico llenó la habitación, y los brazos robóticos de la máquina, equipados con cuchillas de diamante y agujas de sutura cargadas de oro, empezaron a descender hacia el rostro de Bastien.




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