Invitación al Purgatorio.

Capítulo 16: La tercera opción

Bastien, el hombre que una vez gobernó nuestras vidas con una sonrisa de porcelana, estaba ahora fundido con una silla de acero, con su nuevo rostro de hilos de oro y carne viva supurando.

Léa se apartó de la máquina. Sus movimientos eran lentos, el cansancio de una década de odio se le notaba en la forma en que sus hombros caían apenas unos milímetros. Se giró hacia mí. En su mano derecha sostenía un revólver.

Caminó hacia mí.

¡Es mi turno! ¿Lo era? Me lo merecía, lo acepto.

A fin de cuentas, yo también había sido parte de su sufrimiento, si tan solo la hubiera ayudado, defendido, o dicho algo para evitar que la destrozaran… merezco mi final.

Se detuvo a escasos centímetros. Pude ver el mapa de su dolor en las costuras de su mejilla.

—Toma—extendió el arma hacia mí.

Mis manos temblaron violentamente.

—¿Para qué? Ya terminó. Ya lo destruiste—Mi voz sonó pequeña.

—¿Terminó? —Una sonrisa triste y deforme cruzó su rostro—. Una obra no termina cuando el villano cae, Amélie. Termina cuando el protagonista toma una decisión.

Me obligó a abrir la palma de la mano. El metal del revólver estaba helado, pero pesaba como si estuviera hecho de plomo puro. Mis dedos se cerraron de forma instintiva. El peso era real. El peligro era real.

—Solo hay una bala, Amélie —susurró ella al oído, y su aliento olió a ese té blanco que ahora asociaría para siempre con el olor de la venganza—. Una sola oportunidad para que dejes de ser un fantasma.

Léa retrocedió tres pasos. A su izquierda, Bastien empezó a emitir un sonido ronco, un intento de súplica que moría en sus cuerdas vocales. A su derecha, el panel de control de la Máquina de Kintsugi parpadeó. Un cronómetro digital apareció en la pantalla principal.

01:00.

El segundero empezó a descontar con un pitido electrónico que martilleaba mis sienes.

—Tienes un minuto, Amélie —anunció Léa—. Sesenta segundos para decidir quién eres realmente.

—¿Qué quieres decir? —grité, apuntando el arma al suelo.

—Míralo a él —señaló a Bastien con un gesto despreciativo—. Si disparas a la consola central de la máquina, los brazos robóticos se retraerán y el sistema de inyección de adrenalina se activará. Bastien vivirá. Podrás sacarlo de aquí. Podrás ser la heroína que lo salvó en el último segundo. Podrás ir a la policía y entregar mis archivos como prueba.

Bastien me miró. Sus ojos, rodeados de suturas de oro, eran una súplica desesperada. Sus dedos se movieron espasmódicamente sobre el reposabrazos. "Ayúdame", decían sus labios deformados por la cirugía inversa.

—O —continuó Léa, y su mirada se volvió un cuchillo—, puedes dispararme a mí. Puedes decir que fuiste obligada, que fue defensa propia. Borra mi existencia y conviértete en la única dueña de la historia. Libérate de mi. Mátame y vuelve a tu vida de bibliotecaria, pretendiendo que nada de esto ocurrió.

00:45.

El pitido se volvió más rápido. El aire en el sótano parecía estar espesándose, cargado de la electricidad de la muerte inminente.

—Léa, no me hagas esto —supliqué, sintiendo que las lágrimas desbordaban mis párpados—. No soy una asesina.

—Entonces tienes la tercera opción —dijo Léa, recuperando una calma que me dio más miedo que sus gritos—. No hagas nada. Quédate ahí, con el arma en la mano, y observa cómo los últimos segundos de Bastien se desvanecen. Deja que la máquina complete el ciclo final de limpieza. Quédate inmóvil, como siempre lo has hecho. Sé la testigo silenciosa una vez más. Observa cómo muere, y carga con su sangre por el resto de tus días, sabiendo que podrías haberlo evitado con un solo movimiento de tu dedo.

00:30.

Miré a Bastien. El hombre que una vez fue el sol alrededor del cual todos girábamos. Recordé a Fermín. Recordé a Arturo. Recordé a Léa, sangrando en el pasillo escolar.

Si lo salvaba, estaba salvando a un asesino. Estaba validando que su vida valía más que la de todos los que él había pisoteado. Si la mataba a ella, estaba matando a la víctima que el mundo habíamos creado.

00:20.

—Decídete, Amélie

—¡Cállate! —mi dedo se posó sobre el gatillo. El revólver se sentía caliente ahora, como si estuviera vivo.

Giré el arma hacia la máquina. Los cables, las luces rojas, la consola que representaba la salvación de Bastien. Podía hacerlo. Un solo disparo y la pesadilla tecnológica se detendría. Podría llamar a una ambulancia. Podría intentar redimirme.

Luego giré el cañón hacia Léa. Ella no se movió. Me miraba con un reto silencioso en los ojos. Matarla a ella era terminar con la fuente del caos, pero también era convertirme en el acto final de su propia tragedia. Era darle lo que quería: la destrucción total de la Clase de Graduados.

00:10.

El temporizador se volvió rojo intenso. El sonido de los engranajes de la máquina empezó a cambiar de frecuencia, un quejido agudo que indicaba que el proceso de "limpieza final" estaba por activarse. Bastien empezó a sacudirse en la silla, sus ojos desorbitados fijos en mí.

00:05.

Mi respiración era un jadeo ronco. El mundo se redujo a ese pequeño trozo de metal en mi mano y a los tres latidos que me quedaban.

—¿Qué vas a ser, Amélie? —susurró Léa en la distancia—. ¿La heroína, la asesina… o nadie?

00:03.

Levanté el brazo. Mi visión se aclaró de repente. El visor de la cámara golpeó mi pecho, pero ya no me importaba.

00:02.

Cerré un ojo. El punto de mira del revólver se alineó con el centro de la luz halógena.

00:01.

Apreté el gatillo.

El estruendo del disparo fue absoluto. El destello iluminó el sótano por una milésima de segundo, y luego, el impacto.

El sonido del metal rompiéndose, de un cuerpo cayendo o del silencio eterno que sigue a la pólvora, se mezcló con el pitido final del cronómetro.

00:00.

—Se acabó —susurró una voz en la negrura, pero no pude saber si era la de Léa, la mía, o el eco de mi propia conciencia.




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