«¡Mamá! ¡Piedad!... ¡Nooo! ¡Por favor, no quiero morir!».
Las voces lo perseguían desde un lugar que no era ni sueño ni realidad. Cuando abrió los ojos, todo era oscuridad. Algo pesado le oprimía el pecho; olía a hierro y carne. Con esfuerzo, movió los brazos y empujó el cuerpo que lo aplastaba. El cadáver rodó a un lado con un ruido húmedo.
El aire era denso, caliente, impregnado de humo y sangre.
Respiraba con dificultad, sintiendo el sabor metálico en la garganta. A su alrededor, los cuerpos formaban una montaña inmóvil. Uno de ellos tenía una cicatriz en la mejilla: el hombre que había estado a su lado al inicio de la batalla. Ahora tenía los ojos abiertos, vacíos, mirando a la nada.
El muchacho se mantuvo tendido, cubierto por los muertos como si fueran una manta. No se movió. Solo miró el cielo: las raíces gigantes unían la tierra con las nubes, y desde aquellas alturas caían chispas de fuego–restos de la batalla de los poderosos–, lloviendo como brasas sobre el campo de los muertos.
«Estoy tan cansado... La punta de mi espada está rota, mi escudo y mi casco desaparecieron. Todo me duele... ¡Carajo!»
Apretó los dientes.
«No estoy perdido. Solo descansaré un poco y luego huiré. Quizá encuentre algo de dinero entre los difuntos... necesito pociones curativas. Padre las necesita. Madre me espera. Tengo que sobrevivir».
Su respiración se calmó, pero la fatiga era un peso que lo hundía.
«Observaré... descansaré... y luego huiré».
El humo ondulaba entre las hierbas secas que ardían a lo lejos. Un viento súbito sopló, dispersando las llamas. El muchacho levantó la mirada: las nubes carmesí del cielo comenzaban a girar lentamente, formando un remolino, un cono que descendía con lentitud amenazante.
Con el humo disipado, pudo distinguir el campo en toda su extensión. Era un llano infinito de cuerpos y acero roto.
A lo lejos, el caballero de armadura negra partía a un oponente por la mitad. A su alrededor quedaban cinco caballeros más.
«¿Solo seis? Conmigo seríamos siete... Tal vez si me presento ante ellos me ayuden».
Pero el recuerdo de los plebeyos aplastados bajo los cascos de esos mismos caballos lo golpeó con fuerza.
«No... mejor no».
De repente, los seis caballeros clavaron sus espadas al suelo, tratando de resistir los fuertes vientos. El muchacho, oculto entre los muertos, notó con un escalofrío que, para él, la brisa apenas movía las hierbas secas. El tornado no era una tormenta; era un cazador dirigido.
Uno a uno, los hombres fueron tragados. El último, el de armadura negra, resistió con la espada clavada, gritando un desafío ahogado por el vendaval: "¡Cobarde, ven y toca tierra! ¡Mago de mierd—!"
El viento respondió. No se lo llevó de golpe; lo desnudó. El muchacho observó, paralizado, cómo las placas de acero de la armadura negra se doblaban, se abrían y salían disparadas como láminas de papel. Luego, la carne. El muchacho no vio la forma, solo la niebla roja que el tornado esparcía antes de consumir al Caballero Negro por completo.. Después de terminar su trabajo, el fenómeno se disipó.
«Ya solo quedamos yo y esas cosas, supongo». Contra todo pronóstico, una inmensa ave cayó a gran velocidad del cielo, impactando muy cerca de la montaña de cadáveres donde se encontraba el muchacho. Del cielo descendía lentamente una pequeña figura: era una joven con pelo gris y piel pálida, con su vestimenta violeta hecha trizas, el brazo izquierdo cercenado y el derecho quemado. La chica, con ojos grices y una mirada de desprecio, tocó tierra y caminó lentamente hasta pararse frente a su formidable enemigo. «¡Ahora que me están dando la espalda, es momento de huir!... ¿Tal vez podría? ¡No! ¡Definitivamente no! Debo huir».
La pequeña chica de pelo gris examinó al despreciable adversario que la hizo pasar un mal rato. El hombre de barba espesa y larga respiraba con dificultad: tenía la mitad de su cuerpo quemado con supuraciones de pus y solo un ojo disponible. El búho, agotado, con varios cortes en sus alas y un corte en el ojo, cubría a su maestro; emitía partículas de luz amarilla alrededor suyo y se volvía transparente como si estuviera desapareciendo.
La chica, ahora parada frente al anciano, mostró un pequeño signo de alegría al ver a su enemigo sufrir. Apuntó con su mano derecha quemada y empezó a recitar un hechizo:
—"llama eterna ig_____¡Mphh!"
La maga no pudo terminar el encantamiento. Una mano sucia, apestando a tumba, se abatió sobre su boca. La joven intentó gesticular, conjurar lo que podía con su lengua, pero, como si leyera sus pensamientos, el atacante forzó la mano para entrar y sujetó su órgano con fervor.
La maga intentó empujar al desconocido con su mano disponible, pero fue como tratar de mover un muro de piedra; estaba completamente a merced de su oponente.
Vio cómo una segunda mano emergía sobre su hombro, sosteniendo una espada de punta rota. La mano del atacante tembló por un instante y luego comenzó a presionar el filo mellado contra el cuello frágil de la joven.
El arma carecía de corte, por lo que la ejecución se convirtió en un acto lento y agónico de serrar la carne. La cruel ironía era que la curación de la maga, activándose de inmediato, intentaba cerrar la herida al mismo tiempo que el metal la abría, prolongando un sufrimiento despiadado.
La chica forcejeó e intentó morder los dedos que retenían su lengua, pero eso solo provocó la respuesta brutal: el enemigo la arrancó de cuajo, arrojándola a un lado. Así, con una mano libre, el atacante sujetó la mano quemada de la maga.
La joven lloró, queriendo suplicar, pero no había palabra que pudiera pronunciar, solo el ruido húmedo de su agonía.
Finalmente, el serrucho tardío de la espada cortó lo último que quedaba.
Así, un mago perdió su cabeza y su último aliento.
El chico observó la cabeza en su mano y vio el cuerpo decapitado de la chica que yacía en el suelo. Después, sintió los fluidos de su estómago saliendo por la boca. Sin opción, vomitó.