Pov. Sarah
El golpe me arrancó el aire de los pulmones.
Durante unos segundos solo existió el zumbido en mis oídos y el retumbar insistente de mi corazón. Intenté incorporarme, pero el suelo se movía como si respirara bajo mí. Cuando al fin logré inhalar, lo que escapó de mis labios fue más un quejido que una respiración.
—¿A–Azar? —llamé con la voz entrecortada.
Nada.
Solo el eco devolviéndome mi propio miedo.
La cueva respondió con su silencio, como si se burlara de mí. La luz que se filtraba por el agujero del que había caído era apenas un hilo dorado suspendido en la penumbra, tan delgado que parecía a punto de romperse. Allá arriba, el mundo seguía existiendo. Aquí abajo, no estaba tan segura.
El aire era espeso, cargado de humedad y ese olor a tierra vieja, casi podrida. Cada bocanada me dejaba un sabor metálico en la lengua. Silencio. Solo el monótono goteo del agua en algún lugar... y mi objetivo, Aileen. Sentía una intensa necesidad de moverme, de no perder ni un segundo.
—Tengo que salir de aquí.
Cerré los ojos e intenté concentrarme. Sentí el pulso de la tierra, el rastro de vida en ella, y lo llamé como lo había hecho mil veces antes. Quise que el musgo se encendiera, que las raíces despertaran, que algo —lo que fuera— respondiera a mi toque.
Nada.
El suelo era una losa muerta.
Unas hebras de moho se estremecieron débilmente, apenas respiraron... y murieron.
—Es inútil —mascullé, abriendo los ojos.
Me adentré en la cueva, alejándome de la única luz. La oscuridad era un muro, pero no podía quedarme en el suelo. Me obligué a avanzar con la daga de Azar en alto. Por suerte, no tuve que avanzar mucho a ciegas. Unos metros más adelante, noté un brillo débil. Al acercarme, vi que eran pequeños cristales incrustados en las paredes. No eran diamantes, pero destellaban con una luz azulada y fría, apenas suficiente para ver mis manos. Era una iluminación deprimente, fantasmal, pero al menos no iba totalmente a ciegas.
Caminé así por lo que pareció una eternidad, solo escuchando el goteo
goteo constante del agua acompañaba mis pasos, marcando un ritmo lento y opresivo. El eco hacía que cada movimiento sonara ajeno, como si alguien más caminara detrás de mí. No quise mirar atrás.
Mis pensamientos se centraban en Aileen.
Tenía que encontrarla. No importaba cuánto me costara.
El túnel terminó abriéndose en una caverna más amplia, donde la luz azul se desparramaba como un suspiro. Frente a mí, dos caminos. Uno hacia la izquierda, otro hacia la derecha. Ambos envueltos en una oscuridad tan densa que parecía tener peso.
Entonces escuché algo que no era mío: una tos.
—¡Ah! —exclamé. La daga de Azar ya estaba en mi mano antes de que lo pensara.
El sonido provenía de la entrada del túnel de la derecha. Me acerqué con cautela, tensa, y distinguí una silueta acurrucada contra la pared. Era un hombre... o algo parecido. Estaba vestido con ropas de viaje desgarradas. Su rostro quedaba en sombras, pero lo vi encogerse y agarrarse el costado.
—¿Quién está ahí? —pregunté, tratando de que mi voz no delatara el temblor.
Una voz suave, sorprendentemente dulce, resonó en la oscuridad.
—Por favor... —la respuesta fue un hilo de voz—. Ayuda... estoy herido.
Bajé un poco el cuchillo, aunque seguía alerta. Me acerqué lo suficiente para ver su silueta. Era alto, incluso sentado, y noté que su pierna estaba extendida.
—¿Qué te pasó?
—No entres en el túnel de la izquierda —dijo antes de que yo pudiera hablar.
Su advertencia me congeló. Hice una mueca, mirando el túnel prohibido.
—¿Por qué? ¿Qué hay ahí?
—Una bestia —dijo con un suspiro ronco y doloroso—. Fui atacado cuando intenté pasar. Apenas pude arrastrarme hasta aquí.
Guardé el cuchillo y me arrodillé a su lado.
—De acuerdo. No voy a ir a ningún sitio por ahora. Déjame ver esa herida.
El hombre exhaló un gemido de alivio. Me tendió el brazo. Sentí un bulto en la parte superior de su cabeza: dos cuernos pequeños y curvos, apenas perceptibles en la oscuridad.
¿Era un sátiro?
—Me llamo Orion —dijo; su voz dulce se debilitaba.
—Soy Sarah —respondí sin mirarlo.
—Gracias, Sarah.
Al extender su mano para tocar la mía, la tenue luz de los cristales brilló un momento sobre su rostro. Lo que vi me desconcertó. Los sátiros que conocía eran peludos, robustos y con poca higiene. Pero Orion... su pelo era oscuro y cuidado, su mandíbula fuerte, y aunque su ropa estaba rasgada, su piel parecía impecablemente limpia. Era alto, de extremidades largas, con una constitución que se sentía más humana que fauno.
Vaya, si todos los sátiros fueran así, las ninfas no necesitaríamos a los elfos.
Me concentré.
Puse una mano cautelosa sobre su costado, allí donde se sujetaba.
—Esto va a doler, Orion. Pero necesito ver qué tan grave es.
—Hazlo —respondió, apretando los dientes.
Estaba perdida y mis poderes no servían dentro de la cueva. La búsqueda de Aileen podía esperar. Por ahora, tenía a un sátiro herido en una encrucijada peligrosa, y no me permitiría dejarlo solo.
Orion apretó los dientes.
Duele más de lo que parece.
—No te muevas. —Intenté concentrarme, buscando desesperadamente el hilo de vida que pudiera usar para una curación rápida, pero la caverna seguía siendo una tumba de piedra.
La frustración me hizo gruñir.
Tomé una decisión rápida y brusca. Alcancé el bajo de mi falda, desgarrando un trozo de tela con un rasgón seco. Limpié la herida con la parte más limpia que pude encontrar.
—Tendré que usar esto como vendaje. No tengo hierbas —dije. Mis movimientos eran rápidos, casi agresivos, impulsados por la necesidad de acabar pronto. Enrollé la tela fuertemente alrededor de su torso.
—Aprietas demasiado —se quejó Orion, soltando un siseo.
—Sobrevivirás. Es para que no te desangres en mi presencia —repliqué, aunque la verdad era que mi corazón latía con ansiedad por él.
#13662 en Novela romántica
#6894 en Fantasía
romance demonios angeles, fantasia amor magia, aventura comedia amistad
Editado: 11.01.2026