Invocando traición.

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Pov. Aileen

El sonido de las alas de Fausto rasgando el aire fue lo primero que escuché antes de verlo descender a la cueva con una elegancia casi obscena. Sus plumas negras estaban cubiertas de polvo y en su rostro había esa expresión tan suya: mitad aburrimiento, mitad fastidio, y como si planeara hacerme algo malo por simple diversión.

El cachorro me siguió cuando me levanté de inmediato, preocupada. El tiempo que había estado fuera se sentía demasiado largo.

—¿Estás bien? ¡Tardaste mucho! —noté el rastro de ceniza y hollín que dejaba a su paso—. ¿Y el mango? —pregunté, al ver que no traía nada.

Fausto me miró de reojo.

—¿Acaso me reclamas, humana? —dijo con ese tono que casi escupía sobre la última palabra.

—Bueno... es que...

Antes de que pudiera terminar, Fausto estiró una mano y, con un leve chasquido, una ráfaga de viento oscuro se formó a su alrededor. Cuando el polvo se disipó, un pequeño paraíso había brotado a mis pies: frutas exóticas, flores de colores imposibles y hojas que aún goteaban rocío.

Lo miré, arqueando una ceja.

—¿Esto es una broma? —dudé.

—Claro que no. Todo lo que sale de mí es rico y tragable.

Me ruboricé al instante.

—¡No digas esas cosas!

Entonces extendió la otra mano, mostrando un mango perfecto, pero cubierto de ceniza y suciedad.

Fruncí el ceño y di un paso hacia él.

—Estás completamente sucio. Te ves horrible. ¿Dónde estuviste? ¡Parece que te revolcaste en un volcán!

—Digamos que el bosque no está en su mejor momento —replicó con indiferencia, encogiéndose de hombros.

Suspiré y me acerqué a él. El polvo cubría cada pliegue de su ropa, su cabello y hasta la punta de sus alas. Sin decir palabra, tomé su brazo y lo obligué a sentarse sobre la roca.

Fausto no se movió.

—¿Qué haces? —entrecerró los ojos.

—Vamos, estás cubierto de ceniza.

—No es necesario.

—Sí lo es —repliqué, empujándolo para que se sentara sobre una roca.

—Estás insoportable —murmuró él con una media sonrisa.

—Y tú, sucio —le devolví, estirando la mano para desabotonar parte de su camisa.

—Ah, ya entiendo —interrumpió Fausto con voz grave y burlona—. Si querías verme desnudo, la limpieza no era una excusa tan convincente.

Sentí cómo el calor me subía hasta las orejas.

—¡No seas ridículo!

Él arqueó una ceja, divertido.

—Insistir así podría malinterpretarse.

—¡Fausto!

Con un chasquido de dedos, su ropa se desvaneció en un leve destello y reapareció impecable, como recién salida de un sueño oscuro: una camisa negra limpia, botas relucientes y un leve aroma a azufre y rosas secas.

—¿Feliz? —preguntó con fingida solemnidad.

Bufé y me di vuelta para ocultar la vergüenza.

—Idiota...

Me senté entre las flores y comencé a pelar el mango. La carne dorada y jugosa contrastaba con la grisura del entorno. Fausto seguía de pie, observándome con una intensidad que me incomodaba y fascinaba a la vez.

—¿Qué? —pregunté, clavando los dientes en el mango.

—Nada —respondió, pero no apartó la mirada.

Rompí un trozo y se lo ofrecí.

—Toma. No digas que no comparto.

Él frunció el ceño, como si acabara de ofrecerle veneno.

—Los demonios no comemos frutas, Aileen. Devoro almas.

—Vamos, solo un bocado. Está dulce.

—No tengo papilas gustativas —replicó con frialdad—. Si lo comiera, se convertiría en odio condensado en mi estómago.

Le di un mordisco exagerado al mango.

—Estás arruinando una fruta perfectamente buena con tu retórica de sufrimiento.

Él sonrió apenas.

—No es retórica. Es fisiología infernal.

Rodé los ojos.

—Oh, por favor. ¡Solo abre la boca, Fausto! —insistí, alzando el trozo frente a él.

Fausto soltó una carcajada.

—¿Sabes qué pasaría si lo hago?

—Sí. Probablemente dirías otra de tus frases trágicas sobre la condena eterna.

Por un segundo pareció considerar la idea. Luego, con la paciencia de un mártir, tomó el trozo entre los dedos y lo observó como si fuese un artefacto maldito.

Sonreí, triunfante.

—Entonces... —intenté romper el silencio—, ¿prefieres almas o frutas tristes?

Fausto soltó una breve carcajada.

—Depende de quién las ofrezca.

Sonreí a pesar de mí misma. El cérbero, que dormía a mis pies, emitió un suave ronquido, y por un instante, la cueva se llenó de algo que parecía... paz.

Solo por un instante.

El mango estaba dulce, jugoso... pero por alguna razón, no podía disfrutarlo del todo.

Mientras masticaba distraída, mis ojos se desviaron hacia la boca de la cueva. Afuera, el bosque era apenas una sombra gris; el cielo, una masa apagada que devoraba la luz.

No había estrellas.

Y eso dolía más de lo que quería admitir.

En el bosque, cuando todo aún tenía sentido, solía contarlas. Me gustaba pensar que las estrellas eran ojos de los que ya no estaban, mirando en silencio desde arriba.

Ahora, solo me observaba la oscuridad.

Fausto lo notó. Lo notaba todo, aunque fingiera lo contrario.

Sin decir palabra, se incorporó y caminó hacia una pared lisa de roca. Su sombra se movía larga, elegante, casi etérea, mientras extendía una mano. De su palma brotó una luz azul helada que se deslizó sobre la piedra, trazando líneas con precisión milimétrica.

Primero fueron puntos. Luego, figuras. Constelaciones.

Pero no las que yo conocía.

Estas eran... diferentes. Las estrellas parecían moverse, retorcerse en patrones imposibles, como si respiraran. Brillaban con un resplandor oscuro, casi líquido, con un tono azul que parecía venir desde muy, muy lejos.

Fausto se volvió hacia mí y señaló una figura formada por tres puntos conectados en espiral.

—Esa es la Garra de Malphas —su voz fue apenas un susurro—. Es la más constante. Nunca se apaga.

Me acerqué despacio. La roca aún estaba fría. Pasé los dedos sobre las líneas y sentí una vibración tenue, como si la piedra tuviera pulso.




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