Invocando traición.

1̶2̶ ̶

Azar se dejó caer contra el grueso tronco de un roble. El aire le quemaba los pulmones y las punzadas en las piernas eran un recordatorio constante de la carrera que acababa de protagonizar. Exhausto, sí, pero, sobre todo, estaba a salvo y con dignidad. También, lo más importante: seguía conservando su pureza.

La idea de ser el novio de un salvaje de tres metros era suficiente para inyectarle una energía de pánico que superaba el cansancio.

Azar se arrancó de la cabeza el ridículo tocado nupcial. Las espinas de los tallos secos le arañaron la frente, dejando finas líneas de sangre. Lo arrojó con toda la rabia que le quedaba, viéndolo desaparecer entre los helechos.

—¡Maldita sea! ¡Maldita sea mil veces!

En su aldea, una maldición así le habría costado tres días de silencio forzoso.

Aquí, era un desahogo necesario, una pequeña victoria en medio de su gran humillación.

—Pero todo sea por encontrar a Aileen... —recordó su motivación para seguir en pie.

El sol empezaba a caer, tiñendo el cielo de naranjas y violetas. Azar recuperó el aliento y se puso en pie, sacudiéndose el polvo. Tenía que seguir. La idea era simple: alejarse lo suficiente de los salvajes y encontrar a Aileen o, en su defecto, a Sarah.

Caminó por lo que parecieron horas, el denso follaje cediendo paso a un sendero más transitado. Justo cuando la desesperación por la sed y el hambre comenzaba a hacerse tangible, un aroma dulce a humo y especias llegó a sus fosas nasales. A través de la penumbra, vislumbró luces parpadeantes y estructuras bajas: una aldea.

Se acercó con cautela. Las construcciones eran modestas, de madera y barro, pero el ambiente era vibrante. Eran Chaneques, una tribu de estatura baja, piel morena y cabellos trenzados. Azar se adentró en el pequeño mercado que bullía en el centro de la aldea. Había cestos de frutas exóticas, cerámicas de colores chillones y telas que parecían haber sido tejidas con el arcoíris.

La boca se le hizo agua al ver un puesto rebosante de Masa Dulce. El mercader a cargo, un hombrecillo con mostacho que se agitaba con cada respiración, pregonaba sus productos con una energía desmedida.

Azar se acercó, tratando de parecer lo más inofensivo posible.

—Disculpe, buen hombre —dijo con voz áspera por la falta de agua.

—¿Qué quieres? —bramó el mercader, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Desearía comprar un trozo de esa masa, si es tan amable —respondió Azar, su voz sonando débil en comparación.

El Chaneque se giró con un aspaviento, su rostro arrugado en una mueca de curiosidad.

—Claro que sí, joven. ¡La mejor Masa Dulce de los Reinos! ¿Tienes cómo pagar, eh? Un trozo de este tamaño te costará uno... ¡no! ¡Tres diamantes!

Azar metió la mano en un bolsillo de su pantalón y extrajo una moneda élfica de oro puro. Delicada y delgada, brillaba con una luz propia bajo el sol. En una cara mostraba el rostro del rey elfo; en la otra, el perfil de Azar.

Se la ofreció al mercader.

—No tengo diamantes —admitió—, pero esto vale mucho más. Puedes quedarte con el cambio, no es problema.

El Chaneque tomó la moneda, la acercó a sus ojos y la mordió. Su rostro pasó de la curiosidad a la indignación.

—¡¿Qué es esto?! —chilló, sosteniendo la moneda en alto para que la viera todo el mercado. Su voz era aguda, diseñada para el drama—. ¡¿Una broma de mal gusto?! ¿Intentas pagarme un pan con metal de juguete?

El rostro de Azar se tensó en una mezcla de asombro y creciente molestia.

—No es una... Es real, se lo aseguro. Y si no cree que sea de oro, puede...

—¡Cállate, ladrón! —interrumpió el Chaneque, su cuerpo vibrando con furia simulada—. ¡Vienes a mi humilde puesto, a la vista de todo el mercado, y pretendes estafarme! ¡Eres un criminal! ¡Un rufián!

La multitud se agrupó, atraída por los gritos. Murmullos de desconfianza rodearon a Azar.

—¡Guardias! —aulló el Chaneque, guardándose la moneda de oro con la misma rapidez—. ¡Han intentado robarme! ¡Atrapen a este embaucador!

Azar no dudó. Inocente, pero con pánico, el mismo que lo había salvado de un matrimonio forzado volvió a inundarlo.

Apenas se había movido cuando dos Chaneques armados con bastones emergieron de la multitud gritando órdenes. Azar tuvo que ser rápido: esquivó un golpe dirigido a su cabeza, y la maniobra le hizo perder el equilibrio.

Mientras se lanzaba a correr por un callejón lateral, tropezó y un bulto pesado se deslizó de su hombro.

¡La mochila!

Vio con horror cómo su pequeña mochila de viaje y el único mapa que poseía caían al suelo, esparciendo algunas de sus pertenencias. No podía detenerse. Los guardias venían demasiado rápido.

Se lanzó a través del callejón, que terminaba abruptamente en un corral. Intentó frenar, pero la inercia lo llevó hacia adelante justo cuando uno de los guardias gritaba al creer que lo había acorralado.

Azar saltó hacia la derecha, esquivando al guardia, pero no vio el borde. Sus pies resbalaron en algo viscoso y, con un grito de pura desgracia, cayó en el estiércol comunitario de la aldea.

El impacto fue un splash inmundo, seguido de un silencio breve y apestoso. Azar emergió segundos después, jadeando, empapado en un hedor que desafiaba toda clasificación.

El estiércol escurría de su cabello, cubría su rostro y sus ropas.

Los guardias Chaneque se detuvieron en seco, se miraron entre ellos y, sin mediar palabra, estallaron en una carcajada colectiva, sosteniéndose el estómago.

Azar se arrastró, dejando un rastro nauseabundo y marrón verdoso. Derrotado y doblemente humillado, corrió hacia el bosque con la risa burlona de sus perseguidores resonando detrás de él. Lo había perdido todo: la corona, la dignidad, el mapa... y ahora apestaba a mierda.

Pero, al menos, pensó con un fugaz toque de ironía, seguía puro y virginal para su reencuentro con Aileen.

Pero, al menos, pensó con un fugaz toque de ironía, seguía puro y virginal para su reencuentro con Aileen




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