Laion no pudo dormir bien el resto de la semana. El recuerdo de ese alfajor granizado, Que nunca habia sentido un sabor igual, se desvanecía en su mente, pero la sensación de "tirón" en su ombligo seguía allí, latente, como una cuerda tensa esperando ser pulsada. Esa noche, tras horas de dibujar en su techo nuevos mapas de lo que él llamaba el Multiverso Astral, el cansancio finalmente lo venció.
Esta vez no hubo oscuridad. Hubo un estallido de luz blanca y el sonido de agua corriendo.
Cuando Laion abrió los ojos, se encontró sentado en un banco de madera tallada. El aire olía a tierra mojada y a flores silvestres. Estaba en una ciudad que parecía un cuadro: puentes de piedra cruzaban arroyos cristalinos que serpenteaban entre edificios de estilo colonial y calles arboladas.
Un cartel de hierro forjado rezaba: "Bienvenidos a De los Arroyos City".
-¿Otra vez? -Laion sonrió, su ojo café y su ojo gris brillando con entusiasmo-. Esta ciudad es... más tranquila que la anterior. Pero, ¿qué es esto?
Sintió un peso en su espalda. Al quitársela, descubrió una mochila de lona gruesa. Al abrirla, se quedó sin aliento: estaba repleta de fajos de billetes de un color dorado brillante, con inscripciones que nunca había visto.
Desde pequeño, Laion había tenido un sueño sencillo pero profundo: tener su propio camioncito para viajar por las rutas, ser libre. Y parecía que esta dimensión conocía sus secretos.
Caminando por la avenida principal, entre la gente que vestía ropas coloridas y sombreros de paja, sus ojos se clavaron en una esquina. Allí, bajo la sombra de un sauce llorón, brillaba una camioneta roja impecable. Era robusta, con neumáticos grandes y un brillo que desafiaba al sol naranja de ese mundo.
Laion se sentó en un banco cercano, nervioso. Empezó a contar el dinero, fajo por fajo.
-Diez mil... veinte mil... treinta mil "Arroyos"... -
murmuraba mientras los transeúntes lo miraban con curiosidad.
Una vez terminada la cuenta, se acercó a la camioneta. Un hombre de unos cincuenta años, con una gorra gastada y camisa de cuadros, estaba puliendo el espejo retrovisor.
-Es una belleza, ¿no? -dijo el hombre, dándose vuelta con una sonrisa amable-. Soy Charly.
-Es perfecta -respondió Laion con la voz temblorosa de emoción-. Charly, ¿cuánto pide por ella?
Charly lo miró de arriba abajo, notando la bondad en los ojos de diferentes colores del chico.
-Cincuenta mil Arroyos, ni uno más, ni uno menos.
Laion sintió que el corazón le daba un vuelco.
Abrió la mochila y le entregó el dinero. Estaba justo, hasta el último billete. Charly, sorprendido por la exactitud, soltó una carcajada.
-¡Muchacho, el destino quería que esta máquina fuera tuya! Subí, vamos a probarla antes de que te la lleves. No quiero que me reclames después -bromeó Charly.
Salieron de la ciudad y se enfilaron hacia una ruta que bordeaba una imponente cordillera de picos rocosos. La camioneta roja rugía con fuerza, subiendo las pendientes con facilidad. Laion estaba en la cima del mundo, manejando el vehículo de sus sueños junto a un nuevo conocido o.
-¡Mirá ese paisaje, Charly! -gritó Laion sobre el ruido del motor.
Pero de repente, el volante empezó a vibrar violentamente. Un sonido profundo, como si la tierra misma estuviera gritando, llenó el aire.
-¡¿Qué es eso?! -preguntó Laion, frenando en seco.
-¡Un terremoto! ¡Salí de acá, Laion! -gritó Charly señalando hacia arriba.
La cordillera empezó a desmoronarse. Rocas gigantescas caían como meteoritos. El suelo se partió justo debajo de ellos y, en un instante de puro terror, la camioneta roja, Laion y Charly cayeron al vacío, directo hacia el caudaloso río que corría en el fondo del valle.
El impacto con el agua helada fue brutal. Laion luchó por salir a flote, buscando aire desesperadamente. A unos metros, Charly emergió tosiendo y chapoteando.
-¡Charly! ¡Acá! -Laion nadó hacia él y lo ayudó a sostenerse.
Vieron con tristeza cómo la camioneta roja se hundía lentamente, desapareciendo en las profundidades oscuras del río. Pero no tuvieron tiempo para lamentos. Un sonido de bocina ensordecedor los hizo girar. Un barco de carga gigantesco, del tamaño de una montaña de metal, pasaba a gran velocidad por la zona, generando olas masivas que amenazaban con ahogarlos.
-¡Es el fin, no vamos a aguantar estas olas! -gritó Charly, aterrado.
-¡Allá! ¡Mirá! -Laion señaló unas ramas que sobresalían de la orilla. Atrapada entre los matorrales había una balsa de madera vieja y podrida.
Nadaron con todas sus fuerzas, la adrenalina quemando sus músculos. Lograron subirse a la balsa justo cuando la primera gran ola del barco los golpeó, elevándolos metros por el aire. La madera crujía, pero aguantaba. Con unos maderos viejos como remos, empezaron a alejarse desesperadamente de la estela del gigante barco.
Tras minutos de lucha contra el río, la corriente los empujaba hacia un borde de piedra donde se veía un cercado extraño.
-¡Podemos subir por ahí! -dijo Charly intentando saltar.
-¡No! ¡Cuidado! -Laion lo agarró de la camisa justo a tiempo-. Mi papá siempre me decía: "Ese tipo de alambre tiene la fuerza para dejarte electrocutado en un segundo". Es peligroso, Charly. Busquemos otro camino.
Charly agradecido por la advertencia de laion, vuleve a sentarse en la balsa y seguir remando.
Remaron por lo que parecieron horas, el sol naranja empezaba a ocultarse, tiñendo el agua de un color sangre. Finalmente, tras doblar un recodo del río, encontraron una pequeña playa de arena blanca y mansa.
Al tocar tierra firme, ambos se desplomaron en la arena, empapados y exhaustos, pero vivos.
-Gracias a Dios -susurró Charly mirando al cielo-. Nos salvamos de milagro, muchacho.
Laion, a pesar de haber perdido su camioneta, soltó una carcajada limpia y bondadosa.
-¡Hay que volverlo a hacer, Charly!
Editado: 20.05.2026