La jornada en la fábrica de tubos estructurales fue agotadora tras la batalla en Villa Luz.
Al salir, Laion decidió caminar un rato por la ciudad para despejar la mente. Cerca de una plaza, se detuvo frente a una vieja estatua de metal: un robot de diseño retro, oxidado y silencioso.
Durante unos segundos, se quedó mirando los ojos vacíos de la figura. "¿Habrá un lugar donde estas cosas respiren?", se preguntó.
Esa noche, al apoyar la cabeza en la almohada, la imagen del robot fue lo último que cruzó por su mente. El tirón en su ombligo fue instantáneo. No hubo transición, solo el parpadeo de una realidad a otra.
Laion abrió los ojos y el cielo no era azul, sino de un tono gris plomizo, cruzado por cables de alta tensión que zumbaban como enjambres de abejas.
Se encontraba en una metrópolis donde el concreto había sido reemplazado por placas de acero. A lo lejos, el sonido de pisadas metálicas rítmicas anunciaba peligro.
—Androides... —susurró Laion, viendo una patrulla de máquinas con luces rojas en sus visores—. Este lugar no es para humanos.
Sin perder tiempo, divisó una ferretería industrial que parecía abandonada pero intacta. Entró corriendo y, con la agilidad que le daban sus anteriores viajes, comenzó a equiparse. No buscaba armas de fuego, buscaba herramientas de trabajo pesado que él sabía usar.
Se ajustó un chaleco de cuero de soldador para proteger el torso, se calzó botines con punta de acero y se colocó guantes anticorte. Para la cabeza, usó una máscara de protección de policarbonato reforzado. En su cinturón enganchó una amoladora portátil de disco de diamante; en la mano derecha empuñó un martillo de demolición y, cruzada en su espalda, un hacha de leñador de doble filo.
—Ahora sí —dijo, bajándose la visera—. Vamos a ver quién controla este lugar.
El Avance hacia el Castillo de Metal
Al salir a la calle, la ciudad cobró vida. Los androides lo detectaron. Eran máquinas estilizadas pero letales. Laion no dudo.
Cuando el primer grupo de robots intentó rodearlo, desenfundó su hacha y, con un movimiento circular, corto los sensores de las máquinas.
La batalla fue una sinfonía de chispas y metal retorcido.
Laion recibió golpes que habrían quebrado a cualquiera, pero sus botas de punta de acero le permitieron derribar enemigos de una patada mientras la amoladora, encendida con un rugido agudo, cortaba las articulaciones metálicas como si fueran mantequilla.
A medida que avanzaba, la arquitectura se volvía más opresiva hasta que llegó a la base de una estructura colosal: el Castillo de Metal.
En el trono más alto, conectado a miles de cables, se encontraba Imperiobot, un androide gigante cuya sola presencia emitía una señal de frecuencia que vibraba en los dientes de Laion.
Laion subió por las rampas de acero, eliminando a los guardias de élite con golpes precisos de su martillo.
Cuando finalmente estuvo frente al gigante, la señal de frecuencia casi lo hace caer de rodillas.
—¡¿Qué rayos estás haciendo?! —gritó Laion, jadeando, con la cara manchada de aceite y sudor
—. ¡¿Por qué destruiste esta ciudad?! ¡¿Dónde estan las personas?!
Imperiobot procesó la voz y emitió una risa metálica y distorsionada que sacudió las paredes.
—La humanidad es obsoleta, pequeño infiltrado —respondió Imperiobot—.
Los tengo a todos donde deben estar: en las fosas, debajo de mis pies. Son inferiores. No merecen la superficie.
Sin aviso, el gigante disparó un rayo rojo desde su pecho.
Laion rodó por el suelo, sintiendo el calor del rayo rozando su espalda. Usando la cobertura de unas columnas de metal, se acercó a las piernas del coloso. Con un grito de guerra, hundió su hacha en los cables hidráulicos de la rodilla de Imperiobot y remató con tres martillazos brutales.
El gigante perdió el equilibrio. El estruendo de su caída fue como el de un edificio colapsando.
Laion no perdió el segundo: trepó por la espalda de la máquina mientras esta intentaba Levantarse.
—¡Se terminó el turno de guardia! —gritó Laion.
Encendió la amoladora al máximo. El disco brilló al rojo vivo mientras abría el panel de control en la nuca de Imperiobot. Una vez expuesto el Núcleo de Energía, un cristal de plasma puro, Laion soltó la herramienta, tomó el hacha con ambas manos y la descargó con toda su fuerza de voluntad.
Una explosión de luz azul cegó todo.
La onda expansiva lanzó a Laion contra la pared del fondo, sacándole todo el aire de los pulmones.
Imperiobot empezó a convulsionar mientras los cortocircuitos se extendían por todo el castillo.
Ese colapso energético desbloqueó automáticamente los seguros de las fosas subterráneas.
De repente, el silencio de la ciudad fue reemplazado por voces humanas.
Miles de personas empezaron a salir a la superficie, sorprendidas al ver que los androides supervivientes ya no eran hostiles; solo estaban allí, parados, esperando órdenes que nunca llegarían.
Un grupo de personas llegó corriendo a la cima del castillo. Encontraron a Imperiobot destruido y, a unos metros, a un joven con el chaleco de soldador destrozado, tratando de respirar.
—Lo... lo logré —susurró Laion cuando los primeros brazos lo levantaron—. Ya pueden salir.
Son libres.
Laion esbozó una sonrisa cansada mientras veía las lágrimas de alivio de los ciudadanos.
Una mujer lo abrazó con fuerza, agradeciéndole entre lágrimas.
—Gracias... gracias, héroe —escuchó a lo lejos.
Sus ojos se cerraron por el agotamiento extremo.
Laion despertó en su habitación ya en su dimensión.
El dolor en su espalda y hombros era real, una punzada que le recordaba la explosión del núcleo.
Se miró las manos: todavía podía sentir la vibración de la amoladora.
—Otra vez —susurró al techo, pero esta vez no había angustia—. Hice una diferencia.
Dio un suspiro de alivio, agradeciendo a Dios por haber vuelto una vez más.
Editado: 20.05.2026