Las vacaciones en la costa argentina eran el respiro que Laion necesitaba. Tras las batallas contra brujas y bestias metálicas, el sonido de las olas en la arena parecía la única melodía capaz de sanar su fatiga.
Aquella tarde, el sol caía suavemente mientras él se mecía en una hamaca paraguaya, tensada entre dos palmeras que bailaban con la brisa marina.
Con el aroma a salitre y el calor del atardecer, Laion cerró los ojos, hundiéndose en un sueño que, por una vez, esperaba que fuera solo eso: un sueño.
Pero el universo tenía otros planes.
Un escalofrío repentino lo hizo reaccionar.
Al abrir los ojos, Laion ya no sentía el balanceo de la hamaca. Estaba tumbado sobre el asfalto frío de una calle que conocía de memoria: la esquina de su casa en la ciudad.
Sin embargo, algo estaba mal. El aire se sentía más denso, y el silencio no era el de una tarde tranquila, sino el de un lugar que contenía la respiración.
—¿Otra vez? —murmuró Laion, poniéndose en pie—. Pero... esta es mi ciudad.
Caminó hacia la casa de sus padres, con el corazón latiendo con fuerza contra sus costillas.
Todo se veía idéntico: el color de la puerta, las plantas que su madre cuidaba con tanto esmero, incluso el viejo banco de madera en el porche.
Con una mezcla de alivio y nerviosismo, golpeó la puerta.
La puerta se abrió y apareció su padre.
Laion sintió que se le quitaba un peso de encima y estiró los brazos para darle un abrazo.
—¡Papá! No sabés lo que me pasó, estaba en la playa y de repente...
Su padre retrocedió un paso, con el ceño fruncido y una expresión de desconfianza.
—¿Quién es usted? —preguntó con una voz fría que Laion nunca había escuchado—.
¿Busca a alguien?
Laion se quedó congelado, con los brazos en el aire.
—Papá, soy yo... Laio. ¿De qué estás hablando?
En ese momento, su madre se asomó desde la cocina.
—¿Quién es, querido? —preguntó ella.
Al ver a Laion, no hubo ni una chispa de reconocimiento en sus ojos, solo la cortesía distante que se le ofrece a un extraño—.
Buenas tardes, joven. ¿Se le ofrece algo? ¿Está buscando alguna dirección?
—Mamá... soy yo, su hijo —dijo Laion, con la voz quebrada—.
Vivo aca cerca. Mi casa esta a unas pocas cuadras de distancia, y esta es la casa que me crie de chico con ustedes, en mi cuarto tengo mis cosas, mis libros...
—Mire, joven —interrumpió su padre, ahora más serio—, no sé si es una broma o si se equivocó de casa, pero nosotros no tenemos hijos.
Vivimos acá solos desde hace treinta años. Por favor, váyase antes de que llame a la policía.
La puerta se cerró con un golpe seco. Laion se quedó solo en la vereda, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies.
En esta dimensión, su vida nunca había ocurrido. Él no era nadie.
Caminó sin rumbo por el barrio que solía ser suyo, sintiéndose como un fantasma. Cada vecino que pasaba lo ignoraba; cada perro que antes lo saludaba, ahora le ladraba como a un intruso.
Estaba a punto de rendirse cuando notó algo extraño.
En una casa cercana, una luz blanca y pulsante emanaba desde una ventana del segundo piso.
No era la luz de una lámpara ni de un televisor; era un brillo puro, rítmico, como un latido.
—Si este mundo no me reconoce, es porque algo lo cambió —pensó Laion, recuperando su voluntad—.
Y esa luz no debería estar ahí.
Se dirigió hacia la propiedad. Al acercarse, notó que no había paredes que lo detuvieran; la casa parecía haber sido "vaciada" por dentro.
Al asomarse por lo que antes era una ventana, Laion se quedó sin aliento.
En el centro de lo que debería haber sido la sala de estar, no había muebles ni recuerdos.
Había un gigante cráter. El agujero era perfectamente circular, de unos diez metros de diámetro, y se hundía en una profundidad infinita que emitía ese resplandor blanco.
Laion se acercó al borde. En el fondo del cráter, vio algo que lo dejó mudo: miles de partículas de luz flotaban como polvo en el aire, y en cada una de ellas, se proyectaban fragmentos de su propia vida.
Vio el día que nació, sus tardes de juego con sus padres, sus horas de trabajo en la fábrica, sus momentos escribiendo sus novelas y leyendo sus libros preferidos.
—Están acá... —susurró—. Mis recuerdos. Esta dimensión no me olvidó... me los robó.
De repente, una voz profunda y sin género resonó desde las profundidades del cráter:
—En este plano, la existencia es un recurso, viajero astral. Tu historia ha sido extraída para alimentar el equilibrio de este mundo vacío. Si quieres recuperar tu lugar, debes saltar.
Laion miró hacia la puerta de la casa de sus padres, donde seguía siendo un extraño, y luego hacia el abismo de luz. Sabía que si no hacía nada, quedaría atrapado para siempre en una realidad donde no tenía pasado ni futuro.
—Si para existir tengo que pelear contra el olvido, que así sea —dijo con determinación.
Se ajustó la ropa, tomó aire y, con un salto valiente, se lanzó al centro del cráter. La luz lo envolvió por completo, y por un momento, sintió que se desintegraba en mil pedazos de memoria.
¡ZAS!
Laion se despertó con un sobresalto, cayendo de la hamaca paraguaya y aterrizando sobre la arena tibia.
El sol ya se había ocultado y las estrellas empezaban a asomar. Se tocó la cara, los brazos, y rápidamente sacó su celular para llamar a su casa.
—¿Hola? ¿Laio? —la voz de su madre al otro lado de la línea fue el sonido más hermoso que había escuchado jamás—.
¿Pasó algo, hijo? Te escucho agitado.
Laion soltó un suspiro largo, con lágrimas de alivio en los ojos.
—Nada, mamá. Solo quería decirte que te quiero mucho. Llego en unos días para cenar con ustedes.
Colgó el teléfono y se quedó mirando el mar. Esta vez no hubo enemigos físicos ni armas de ferretería. La batalla había sido por su identidad.
Editado: 20.05.2026