El fin de semana en la ciudad de los arroyos, había sido diferente. Por primera vez en mucho tiempo, Laion no temía cerrar los ojos.
La siesta del sábado fue reparadora, profunda y, sobre todo, bajo su control. Ya no había abismos inesperados ni caídas violentas; solo el silencio de su habitación y la paz de su mente.
Sin embargo, al llegar la tarde del domingo, mientras el sol empezaba a teñir de naranja los techos de la ciudad, una sensación de vacío comenzó a instalarse en su pecho.
—¿Qué me pasa? —se preguntó, sentado en el borde de su cama—. Por fin tengo el control... pero siento que me falta algo.
Recordó las dimensiones pasadas: la lucha contra la bruja, el derrocamiento de Imperiobot.
Aunque fueron momentos de peligro extremo, había algo que lo hacía sentir vivo: ayudar.
En su mundo cotidiano, entre el calor de la fábrica y el estrés de las responsabilidades, ser el "Protector Astral" le daba un propósito que trascendía los turnos rotativos y las facturas por pagar.
Eran las seis de la tarde. El lunes acechaba con su rutina laboral, pero Laion decidió que su último acto de descanso sería una misión de servicio.
Se recostó, relajó cada músculo y encendió el motor de su voluntad.
Entró al Plano Astral no como un fugitivo, sino como un radar humano.
—Si alguien me necesita... que su energía llegue a mí —susurró en la quietud de su mente.
Pasaron minutos de silencio absoluto. Laion estaba a punto de desconectarse cuando, de pronto, una vibración aguda le sacudió el corazón.
No era un estruendo, era un grito sordo, una frecuencia de auxilio cargada de miedo puro.
—Ahí estás —dijo con determinación.
Sin dudarlo, se lanzó al vacío plateado, navegando entre corrientes dimensionales a una velocidad que antes le habría parecido imposible. Cruzó el umbral y aterrizó.
Apareció en una dimensión muy similar a la suya, cerca de un viejo edificio escolar de ladrillos rojos.
El aire olía a lluvia reciente. A pocos metros, sus ojos captaron la escena: tres jóvenes rodeaban a una chica que retrocedía contra una pared, aterrada.
Eran más grandes que ella, y sus malas intenciones resonaban con una crueldad que hizo que la sangre de Laion hirviera.
—¡Déjenla en paz! —gritó Laion mientras corría a toda velocidad.
En su trayecto, su instinto de supervivencia (forjado en batallas industriales y bosques oscuros) lo hizo actuar.
Vio un palo de madera resistente en el suelo y una vieja tapa de metal de un contenedor cercano.
Los recogió sin detener su marcha y se plantó frente a la joven, llamada Mary, sirviendo como un escudo humano.
—¿Y este quién es? —se mofó el líder de los agresores, lanzando un puñetazo directo al rostro de Laion.
Laion recibió el golpe. El dolor fue real, pero su voluntad de hierro no cedió ni un milímetro. No retrocedió.
Con una habilidad pulida por la experiencia, usó la tapa metálica para desviar el siguiente ataque y contraatacó con el palo de madera, golpeando con precisión en los hombros y piernas de los atacantes.
—¡Es un loco! ¡Vámonos! —gritó uno de ellos al sentir la fuerza de un hombre que no tenía miedo a sufrir daño con tal de proteger a otros.
Adoloridos y frustrados por la mirada intensa de Laion, los tres jóvenes huyeron calle abajo hasta perderse de vista.
Laion soltó el palo y la tapa, respirando agitado. Se giró hacia la chica, quien lo miraba con los ojos muy abiertos.
—¿Estás bien? —preguntó él con voz suave.
—Sí... gracias. De verdad, muchas gracias —respondió ella, tratando de calmar sus temblores—. Soy Mary. No sé qué habría pasado si no aparecías.
Laion sonrió con esa humildad que lo caracteriza.
—No hay por qué agradecer, Mary. Era mi trabajo salvarte. Sentí que necesitabas ayuda y, gracias a Dios, llegué a tiempo.
Mary se sonrojó levemente, impactada no solo por su heroísmo, sino por la sencillez de sus palabras.
—No puedo dejar que te vayas así. Por favor, dejame invitarte a una cafetería acá cerca.
Necesito agradecerte como corresponde... y me gustaría conocerte mejor. No quiero arriesgarme a no volver a verte.
Sentados en una pequeña cafetería con aroma a café tostado, el tiempo pareció detenerse.
Laion se sintió cómodo y, por primera vez, le contó a alguien de otra dimensión quién era realmente.
—Trabajo en una fábrica de tubos, en el área de despacho —le contó—. Y cuando puedo, cuido parques y corto el césped.
Me gusta leer mangas, ver películas y escribo mis propias novelas ligeras. Es mi forma de escapar un poco de la realidad.
Mary escuchaba fascinada, apoyando la barbilla en sus manos.
—Sos una caja de sorpresas, Laion.
Yo estoy trabajando como contadora en un hipermercado, pero mi verdadera pasión es lo que estoy estudiando en la universidad: Recursos Humanos.
Laion se iluminó.
—¡Qué buena carrera! Es fundamental saber tratar con las personas. Yo, por mi parte, tengo el sueño de estudiar programación. Me encantan los sistemas.
—Entonces hacelo —le dijo Mary con una sonrisa alentadora—. Siempre perseguí tus sueños, Laion.
Con la voluntad que demostraste hoy, no tengo dudas de que podés lograr lo que quieras.
Al finalizar la tarde, ambos intercambiaron números de teléfono.
Laion, con un poco de pesar, le explicó que debía "irse de viaje" por unos días.
—Te voy a estar esperando —dijo Mary con un brillo especial en los ojos—. Cuando vuelvas, quiero que salgamos a pasear y me cuentes más de tus historias.
Laion la acompañó hasta la puerta de su casa para asegurarse de que estuviera a salvo.
Antes de entrar, se fundieron en un abrazo largo y cálido.
—Siempre que necesites a alguien, no dudes en llamarme —le susurró él.
Laion se ocultó tras unos grandes árboles y, con un pensamiento claro y lleno de felicidad, regresó a su habitación en su mundo.
Editado: 20.05.2026