La rutina en la fábrica exigía una concentración absoluta, una cualidad que Laion había pulido hasta convertirla en un reflejo.
Como nuevo Líder de sector, ahora tenía bajo su estricta supervisión dos gigantescos galpones donde el metal resonaba con un eco industrial constante y las grúas puente movían toneladas de tubos sobre las cabezas de los operarios.
Era una tarde de martes cuando el instinto, ese radar invisible que lo conectaba con el plano astral, se activó en el mundo físico.
Laion caminaba por el pasillo central del Galpón B, verificando las planillas de despacho, cuando una súbita punzada de advertencia le recorrió la nuca.
A unos metros de distancia, su compañero Juan avanzaba cargando un pesado lote de herramientas, sin notar que un taco de madera rebelde se interponía directamente en su paso.
El tiempo pareció ralentizarse.
Juan pisó el borde del taco; su cuerpo perdió el equilibrio y comenzó a vencerse hacia adelante, directo hacia una pila de perfiles de acero con puntas cortantes. Un accidente que habría sido fatal.
Laion no lo pensó. Activó la energía astral en sus músculos y se movió con la velocidad de un rayo plateado, dejando una estela casi invisible a la vista humana.
Cruzó la distancia en una fracción de segundo. Justo antes de que Juan impactara contra el metal, la mano firme de Laion lo sujetó por el hombro y el torso, frenando la caída con una fuerza descomunal pero controlada.
Juan abrió los ojos, pálido y con el corazón en la boca, mirando el acero a escasos centímetros de su rostro. Luego miró a Laion, quien respiraba con total tranquilidad.
—¡Dios mío, Leo!—exclamó Juan, temblando mientras recuperaba el aliento—. No... no sé cómo hiciste para llegar desde allá tan rápido. Me salvaste la vida, hermano. De verdad, muchísimas gracias.
Laion le sonrió con la calidez y humildad que lo caracterizaban, ayudándolo a reincorporarse.
—No fue nada, Juan. Para eso estamos los compañeros. Fijate bien por dónde pisás la próxima, que el galpón no perdona.
Dejando a Juan completamente asombrado, Laion continuó su camino.
El resto de la semana transcurrió entre el sonido de los motores y el control de los despachos, pero su mente ya estaba puesta en el mañana.
La siguiente semana trajo consigo el primer gran hito de su nueva vida.
Sonó el teléfono en su bolsillo a media mañana. Al atender, una voz formal pero amable del departamento de admisiones habló desde el otro lado:
—¿Hablamos con el señor Laion? Le informamos que su solicitud ha sido aprobada con éxito. A partir de este momento, usted es oficialmente parte de la Universidad Green.
Al cortar la comunicación, Laion tuvo que morderse el labio para no gritar en medio de la oficina de su sector.
Dio un salto de alegría contenido. ¡Lo había logrado! El sueño de estudiar programación estaba en marcha.
A partir de ese día, el ritmo de su vida se volvió frenético, un testimonio de su inquebrantable voluntad de hierro.
Sus jornadas eran un ciclo de superación constante: se esforzaba al máximo en la fábrica, liderando el sector con precisión, y apenas sonaba el silbato de salida, se cambiaba para dirigirse a la universidad.
El cansancio físico era real, pero su hambre de superación era mucho más grande.
Al llegar el fin de semana, mientras la ciudad dormía, la habitación de Laion permanecía iluminada por el resplandor azulado de su computadora.
Entre líneas de código, algoritmos complejos y cálculos matemáticos, una idea brillante cruzó su mente. Miró el compás místico de su abuelo que descansaba sobre el escritorio.
—Si la programación es estructura y lógica...—pensó en voz alta—, el Plano Astral también lo es.
La forma en que usé la geometría del compás para levantar el escudo contra Rion en el Rio fue como ejecutar un comando.
Puedo usar este aprendizaje científico para perfeccionar y estructurar mis habilidades astrales.
Esa revelación le dio un nuevo propósito. Ya no solo estudiaba para su futuro profesional; estudiaba para convertirse en un guardián mucho más eficiente.
La semana de exámenes parciales llegó como una tormenta de fuego.
La presión era inmensa, pero Laion, acostumbrado a las batallas dimensionales y a las jornadas bajo el sol, no retrocedió.
Estudió en los descansos del trabajo, en el parque, en las mañanas en su hogar.
Examen tras examen, su mente procesaba la información con la precisión de un reloj.
Siete días después, las notas fueron publicadas en el portal de la universidad.
Laion contuvo el aliento mientras deslizaba el dedo por la pantalla.
Ocho. Nueve. Ocho. Nueve. ¡Había aprobado todo con calificaciones sobresalientes!
El pecho se le llenó de una felicidad desbordante.
Para festejar semejante logro, decidió darse un gusto merecido. Salió de su casa y caminó hasta un restaurante cercano, su rincón preferido de la ciudad.
Pidió una hamburguesa completa —su comida favorita— con papas fritas y un refresco helado.
Cada bocado sabía a gloria, el sabor dulce de la victoria tras semanas de puro sacrificio.
Al regresar a su casa, se recostó a descansar con el corazón liviano.
Llegó el sábado de la siguiente semana. El invierno empezaba a sugerir su presencia en el aire y Laion repasaba unos apuntes de código avanzado.
En medio del silencio, la pantalla reflejó sus ojos heterocromáticos y, de la nada, el rostro de Mary apareció en sus pensamientos.
Se dio cuenta de que, sin ella, la versión de él que existía hoy no sería posible.
Sus palabras de motivación en aquella cafetería habían sido el combustible espiritual que lo impulsó a inscribirse en la universidad y cambiar su destino. Ella había creído en él cuando más solo se sentía.
—No puedo dejar pasar más tiempo —se dijo, cerrando el cuaderno—. Mañana es domingo. Voy a ir a visitarla.
Editado: 20.05.2026