El sol comenzaba a ocultarse sobre la ciudad, tiñendo el cielo de un naranja profundo, pero para los cinco jóvenes en el parque, la belleza del atardecer pasó desapercibida.
El brillo intermitente y punzante de sus tatuajes era lo único que importaba.
—No hay tiempo que perder —dijo León, ajustándose el cuello de su uniforme—. Si los tatuajes reaccionan así, es porque el equilibrio del Reino Espiritual se está rompiendo. ¡Al centro del parque, ahora!
Se tomaron de las manos formando un círculo.
León cerró los ojos, visualizando las raíces de energía que conectan su mundo con el plano espiritual.
—¡Concéntrense! —ordenó—. Busquen la paz en su interior, pero mantengan la guardia alta.
¡Lleguemos al Reino Espiritual!
En un parpadeo de luz esmeralda y destellos dorados, la realidad se curvó. Los cinco aterrizaron sobre el cristal líquido del Reino de la Luz.
No perdieron un segundo y corrieron hacia el Templo de la luz, donde los tres Sabios Maestros los esperaban con rostros marcados por la fatiga y la preocupación.
—¡Maestros! —exclamó Esdras, sus martillos materializándose por instinto—. ¿Qué ha pasado? Sentimos el llamado de auxilio.
—¿Están todos bien? —preguntó Danae, buscando señales de daño en el entorno.
El primero en hablar fue el Maestro Helios, el sabio de la luz solar; lo siguió la Maestra Maris, guardiana de las corrientes puras, y finalmente el Maestro Zephyrus, regente de los vientos del cambio.
—La noche anterior, el cielo fue rasgado —explicó Helios con gravedad—. Bumi y Ruko no vinieron solos; trajeron consigo el frío del abismo.
Aparecieron aquí mismo, desafiando las leyes de este reino.
Maris intervino, mostrando una leve cicatriz de energía oscura en su túnica.
—Intentaron plantar la semilla de la corrupción en el Árbol de las Almas.
Tuvimos que luchar. Fue un enfrentamiento breve pero violento.
Bumi lanzó ráfagas de sombras que consumían la luz a su paso, mientras Ruko intentaba encadenarnos con sus lazos de odio.
—Zephyrus y yo logramos repelerlos con una onda de choque de pureza —continuó Helios—, pero antes de retirarse, sus voces resonaron en todo el valle.
Juraron que la oscuridad no es un momento, sino el destino final. Amenazaron con que el Reino de la Luz caerá y que ellos se alzarán como los únicos soberanos de todo el plano espiritual.
Tomas y Valen escuchaban con el corazón acelerado. Sabían mejor que nadie de lo que eran capaces sus antiguos maestros.
—Por eso enviamos la alerta, alumnos —dijo Zephyrus, mirando fijamente a los cinco—.
No pueden descuidar sus habilidades ni un solo segundo. Deben caminar por la senda de la justicia con más firmeza que nunca. El día de la pelea final llegará, y cuando ese momento ocurra, el Reino de la Oscuridad deberá caer... pero no será fácil. Ellos se están fortaleciendo.
Los chicos asintieron en silencio, con una determinación renovada. Tras una larga charla sobre tácticas de defensa y el manejo del miedo, regresaron a su mundo.
Al pisar de nuevo el césped del parque Seishun, el ambiente se sentía diferente. La escuela ya no era suficiente.
—Si queremos ganar esta guerra, el entrenamiento de la academia se queda corto —sentenció León—. Necesitamos llevar nuestros cuerpos y nuestras armas al límite.
A partir de ese momento, la rutina de los guardianes cambió drásticamente. Los fines de semana y dias después de clases, cuando la mayoría de los estudiantes descansaban, ellos subían al primer tren de la madrugada con rumbo a las montañas del norte.
Allí, oculto entre la niebla y los picos nevados, se encontraba un antiguo Dojo abandonado, un lugar donde el aire era más fino y la energía espiritual más concentrada.
—¡Otra vez! —gritaba Esdras, mientras sus martillos dorados chocaban contra las rocas gigantes, aprendiendo a concentrar toda su potencia en un solo punto para crear explosiones de luz.
Danae practicaba bajo las cascadas congeladas, aprendiendo a manipular el agua en estados que nunca creyó posibles, creando lanzas de hielo cristalino que no se quebraban. Tomas y Valen, por su parte, entrenaban en conjunto; Tomas aprendía a combinar sus guanteletes para lanzar un "Fuego de Eclipse" (naranja y azul mezclados), mientras Valen perfeccionaba sus flechas de aire para que fueran tan rápidas que resultaran invisibles al ojo humano.
León, en el centro del dojo, mantenía el escudo esmeralda activo durante horas mientras sus amigos lo atacaban simultáneamente. Su resistencia estaba creciendo, y con ella, una nueva habilidad: la capacidad de imbuir las armas de sus compañeros con energía de la naturaleza para darles más durabilidad.
Al final de cada dia, agotados pero con los ojos brillando de poder, miraban hacia el horizonte.
Sabían que el entrenamiento los estaba transformando en algo más que estudiantes... se estaban convirtiendo en leyendas.