Las dos semanas siguientes al entrenamiento en el Templo de Cristal fueron, paradójicamente, las más cansadoras y estresantes para los cinco guardianes.
La Academia Seishun no daba tregua. Los pasillos, usualmente llenos de risas, ahora estaban en silencio, solo interrumpido por el pasar de páginas y el murmullo de repasos de último minuto.
—Si vuelvo a ver una ecuación diferencial más, creo que mi cerebro se va a derretir antes de que Bumi nos encuentre —se quejó Esdras, frotándose la cabeza en la biblioteca.
Valen sonrió de lado, sin levantar la vista de su libro de historia.
—Vamos, Esdras. Si pudiste correr sobre cenizas ardientes sin quemarte, puedes sobrevivir a un examen de matemáticas. Se trata de control mental, ¿recuerdas?
Danae y León compartían una mesa cercana, repasando literatura.
León se veía cansado; equilibrar su rol de líder bondadoso, el entrenamiento intenso y las responsabilidades académicas estaba pasando factura.
Danae, notándolo, puso una mano suave sobre la suya.
—Estás haciendo un buen trabajo, León —susurró—. En todo. Solo... recuerda respirar.
Tomas, por su parte, estaba extrañamente concentrado. Estudiaba química, la materia que más se asemejaba a su poder del fuego dual.
"Estructuras moleculares, reacciones exotérmicas... es como controlar mi Fuego de Eclipse, pero en papel", pensaba.
Llegó el día de los exámenes finales más difíciles.
Los cinco estaban distribuidos en diferentes aulas.
León estaba en medio de su examen de biología cuando sintió un calor repentino en su brazo izquierdo. Miró su tatuaje disimuladamente.
Su tatuaje de corona de espinas, usualmente verde oscuro, brillaba con una luz verde flúor casi cegadora, palpitando con urgencia.
No era una simple alerta de presencia; era una alerta de invasión masiva.
Al mismo tiempo, en otras aulas, Danae sintió un frío glacial en su muñeca, Valen un zumbido eléctrico en su palma, Esdras un pinchazo en su pecho y Tomas un calor intenso en su mano. La señal era constante.
León entregó su examen a medio terminar.
—Profesor, no me siento bien. Necesito ir a la enfermería inmediatamente.
No esperó respuesta. Salió corriendo. En los pasillos, se encontró con los otros cuatro, que venían con excusas similares.
—Es en el Reino de la Luz —dijo León, con la voz tensa—. Y tiene que a ver una amenaza grande.
Corrieron hacia el gran parque detrás de la academia, buscando la zona más densa de árboles. Era su punto de acceso habitual.
Se tomaron de las manos en círculo, cerraron los ojos y concentraron su voluntad. El portal de luz esmeralda se abrió, absorbiéndolos.
Al cruzar al Reino de los Espíritus, la visión fue aterradora. El cielo estaba oscurecido no por auroras, sino por un humo negro que brotaba del suelo.
Al llegar al templo de sus maestros, vieron la magnitud del ataque.
Un Gigante Oscuro, una abominación de piedra y sombras de veinte metros de altura, estaba golpeando las defensas del templo.
A sus pies, cuatro Soldados de Élite del Reino Oscuro, cubiertos de armaduras negras y armados con espadas que goteaban oscuridad, atacaban a los Sabios Maestros.
Los Maestros Helios, Maris y Zephyrus estaban luchando valientemente, usando escudos de luz y ráfagas de energía, pero el Gigante estaba a punto de romper su barrera principal.
Los Soldados Oscuros eran rápidos, hiriendo a los maestros con cortes superficiales que drenaban su energía.
—¡No podemos atacar de frente al gigante! —gritó León, evaluando la situación instantáneamente.
Su mente funcionaba a mil por hora, el control instintivo del Templo de Cristal funcionando a pleno—. ¡Primero, hay que salvar a los maestros!
¡Ataquen a los soldados!
Los guardianes se lanzaron al combate. Valen y Danae formaron un dúo letal.
Danae creaba barreras de hielo para bloquear los ataques de los soldados, mientras Valen disparaba flechas de aire invisibles que los derribaban.
Tomas usó su Fuego de Eclipse, creando un muro de fuego azul y naranja que separó a dos soldados de los maestros.
Esdras cargó de frente contra un tercer soldado, sus martillos dorados chocando con la espada negra con un estruendo metálico.
—¡Son más fuertes que los anteriores! —exclamó Esdras, sintiendo la resistencia de la armadura negra.
León vio su oportunidad. Mientras sus amigos distraían a los soldados, él corrió hacia el Maestro Helios.
—¡Maestro, concéntrese en el gigante! ¡Nosotros nos encargamos de los soldados!
Con una mano en el hombro del maestro, León usó su poder de sanación para cerrar sus heridas superficiales y devolverle vitalidad.
El Maestro Helios asintió.
—¡Disípulos, el Gigante es el núcleo del ataque! ¡Si cae él, los soldados perderán su poder! ¡Debemos coordinarnos!
El Gigante Oscuro, frustrado por la interferencia, lanzó un rugido que sacudió el reino y levantó un puño enorme para aplastar a Esdras.
—¡Esdras, a mi posición! —ordenó León.
León se plantó en la trayectoria del ataque y activó su Escudo Esmeralda al máximo.
El escudo brilló con una luz flúor y se expandió, formando un domo de energía natural reforzada con la voluntad del cristal.
El puño del gigante impactó con un sonido ensordecedor. El escudo vibró, y León sintió la presión, pero aguantó.
El domo sirvió no solo para proteger, sino para absorber parte de la fuerza del impacto.
—¡Ahora, Esdras! ¡Usa el domo!
Esdras, entendiendo el plan, corrió hacia el escudo de León.
Usó la superficie curva del domo como una rampa perfecta.
Saltó con una fuerza increíble, impulsado por la energía acumulada del escudo. Se elevó por los aires, superando la altura del gigante.
—¡Toma esto, monstruo!
Esdras giró sobre sí mismo y descargó sus dos martillos dorados con todo su poder en la parte superior de la cabeza del gigante.