El silencio en el aula de computación se podía cortar con un cuchillo.
León miraba fijamente el papel que el profesor acababa de dejar sobre su banco.
Un 5. El rojo de la tinta parecía sangrar sobre el papel blanco.
A su lado, Esdras y Tomas compartían la misma suerte en sus respectivas materias: Química y Cálculo habían sido una masacre.
Solo Danae y Valen, con su disciplina de acero, habían logrado conseguir el 7 y 7.5.
—Esto es un desastre —susurró Esdras mientras caminaban por el pasillo después de clase, cabizbajo—.
Sobrevivimos a un gigante de sombras pero nos mató un examen de calculos.
—No podíamos concentrarnos, Esdras —dijo León, tratando de mantener la calma aunque por dentro estaba frustrado—.
Estábamos canalizando energía solar mientras otros memorizaban fórmulas.
Pero somos un equipo, y no vamos a dejar que esto nos hunda.
Esa misma tarde, los tres "caídos" se plantaron frente a sus respectivos profesores.
León tomó la palabra en la sala de profesores.
—Sabemos que nuestras notas no reflejan nuestro esfuerzo —dijo León con una seguridad que dejó a los maestros mudos—.
Hemos tenido problemas personales... complicados.
Les pedimos una oportunidad. Un examen oral. Si no demostramos que sabemos la materia, aceptaremos la nota.
Tras una tensa negociación, los profesores aceptaron. Tenían una semana.
Durante los siguientes siete días, la habitación de León se convirtió en un búnker de estudio. No hubo portales, no hubo entrenamientos, solo libros.
—León, si me preguntas una vez más sobre el lenguaje binario, te voy a tirar el monitor —bromeó Danae, mientras lo ayudaba a repasar.
—Solo una vez más, Danae. Necesito que esto sea perfecto. Un Guardián de la Luz no puede ser un desaprobado en su mundo.
Llegó el día del juicio. León entró al laboratorio de computación. El profesor lo miró con escepticismo.
—Bien, León. Explícame la arquitectura de sistemas y la seguridad en redes.
León cerró los ojos un segundo. Sintió el calor del Templo del Sol en su pecho y empezó a hablar.
Su mente, entrenada para la estrategia militar en el Reino de la Luz, conectó los conceptos de una forma que el profesor nunca había escuchado. Fue una defensa impecable.
—Increíble... —murmuró el docente—. Te pongo un 8.5.
Has demostrado que realmente entiendes esto.
A la salida, se encontró con sus amigos. Tomas tenía una sonrisa de oreja a oreja: un 8 en Cálculo.
Esdras, el más sorprendido de todos, gritó de alegría: ¡Un 9 en Química! Había usado analogías de sus martillos dorados para explicar las colisiones moleculares.
Fueron al comedor a festejar. La atmósfera era de triunfo. Valen y Danae los esperaban con jugos y sándwiches.
—¡Por los Guardianes más inteligentes del mundo! —brindó Valen alzando su vaso.
En el momento exacto en que los vasos chocaron, el mundo se quedó mudo.
El sonido del comedor desapareció. El pájaro que volaba fuera de la ventana se quedó suspendido en el aire. El agua que caía de un vaso volcado se detuvo en gotas perfectas de cristal.
Fueron solo dos segundos. Un parpadeo de realidad congelada que solo ellos sintieron. Luego, el bullicio regresó de golpe.
—¿Sintieron eso? —preguntó León, poniéndose de pie de inmediato.
Su tatuaje verde flúor empezó a emitir un calor sordo.
—El tiempo se dobló —dijo Danae, agarrando su lanza (invisible en el mundo humano)—. Viene del patio.
Salieron corriendo hacia el patio trasero, el que conectaba con el parque de la ciudad. Allí, bajo la sombra de un sauce llorón, la realidad parecía estar rasgándose.
Una figura negra, de casi tres metros, emergió de una grieta de sombras. Tenía alas de murciélago curtidas y una armadura que parecía hecha de obsidiana.
—Soy Kalthar, el verdugo de Ruko —rugió la criatura con una voz que hacía vibrar los huesos—.
Los maestros de túnica naranja no podrán salvarlos aquí.
—No necesitamos que nos salven —respondió León, adelantándose mientras su brazo empezaba a brillar con la corona de espinas verde—.
Esdras, Tomas, ¡formación de ataque!
Kalthar era increíblemente rápido. Lanzó una ráfaga de fuego oscuro que iba directo a Valen.
—¡No en mi guardia! —gritó León.
Activó su nueva habilidad: el Escudo Solar.
Ya no era solo una barrera de espinas y energía; ahora era un domo de luz pura que quemaba la oscuridad al contacto.
El fuego oscuro de Kalthar rebotó contra el escudo solar de León como si fuera un espejo.
—¡Ahora, el contraataque! —ordenó León.
Esdras saltó, sus martillos imbuidos en la luz solar que aprendió en el templo, golpeando el suelo y creando una onda de choque que desestabilizó al demonio.
Tomas lanzó una ráfaga de su fuego dual, pero esta vez mezclado con el brillo purificador del sol.
La batalla fue feroz. Kalthar usaba técnicas de elite, teletransportándose en ráfagas de humo negro, pero los chicos estaban en su mejor momento académico y físico.
Finalmente, Valen disparó una flecha de luz solar que inmovilizó las alas del demonio contra un árbol de energía espiritual, y Danae le asestó un golpe con su lanza de hielo solar que lo dejó sin aliento.
Kalthar, jadeando y con la armadura agrietada, escupió sombras.
—Esto... es solo el comienzo. El Reino Oscuro ya está entre ustedes.
Con una explosión de humo, el demonio se desvaneció, escapando de regreso a su dimensión antes de ser destruido.
Los cinco se desplomaron sobre el césped del parque, respirando agitados. El sol de la tarde empezaba a caer.
—Aprobamos los exámenes... y vencimos a un demonio de elite en el mismo día —dijo Tomas, mirando al cielo—.
Creo que me merezco una siesta de un año.
—No te acostumbres —rió León, aunque él también estaba agotado—. Mañana volvemos a la rutina.