La presencia de Ren en la Academia Seishun era como una mancha de aceite en un vaso de agua: parecía integrarse, pero León sabía que no se mezclaba.
Durante toda la mañana, León no pudo quitarle la vista de encima.
Ren se sentaba derecho, respondía las preguntas de los profesores con una humildad sospechosa y, lo más inquietante, siempre parecía estar sonriendo de lado, como si conociera un chiste que nadie más entendía.
—No podemos quedarnos mirando como si fuera una atracción de circo —susurró León al grupo durante el recreo, mientras se ocultaban tras unos casilleros—.
Si es un enviado de Ruko o bumi, está esperando que bajemos la guardia.
—Sus ojos, León... —añadió Danae, cruzándose de brazos—. Ese brillo rojizo no fue un reflejo del sol. Era hambre.
León asintió y tomó el mando.
—Bien, dividámonos. Esdras, Tomas, quédense cerca del aula de Ren. Valen, tú vigila las salidas.
Danae y yo lo seguiremos cuando termine el club de literatura. Vamos a ver a dónde va cuando cree que nadie lo mira.
Al finalizar las clases, Ren salió de la academia con paso tranquilo. No llevaba mochila, solo un libro de tapa negra bajo el brazo.
León y Danae lo siguieron a una distancia prudente, usando los arbustos y las columnas del campus como cobertura.
—¿Notas eso? —preguntó León en voz baja, deteniéndose junto a un cantero de flores.
Danae se agachó. Las margaritas, que por la mañana estaban radiantes, ahora estaban negras y encogidas.
El césped por donde Ren acababa de caminar parecía haber perdido el color, volviéndose un gris cemento.
—Está drenando la vida de lo que pisa —concluyó Danae, apretando los puños—.
Es veneno puro.
Ren los guió fuera del edificio principal, hacia el antiguo invernadero de la academia, un lugar que llevaba años abandonado y cubierto de hiedra.
El ambiente allí era pesado, el aire se sentía frío a pesar del sol de la tarde.
Ren se detuvo justo en el centro del invernadero, rodeado de vidrios rotos y plantas muertas.
Se quedó de espaldas a ellos, en silencio absoluto.
—Ya pueden salir —dijo Ren.
Su voz no era estridente, pero resonó en todo el lugar con una claridad sobrenatural—.
El sigilo no es el fuerte de los Guardianes del Sol, ¿verdad, León?
León y Danae salieron de sus escondites. León dio un paso al frente, sintiendo cómo su tatuaje en el brazo derecho empezaba a pulsar con una luz verde de advertencia.
—¿Quién eres y qué buscas en nuestra escuela? —preguntó León, con la voz firme de quien ya ha enfrentado a la muerte.
Ren se giró lentamente. Sus ojos ya no intentaban ocultarse; eran dos brasas rojas ardiendo en su rostro pálido.
Soltó una pequeña carcajada que sonó como hojas secas rompiéndose.
—¿Qué busco? —Ren caminó hacia ellos, y León notó que la hiedra en las paredes se retraía, como si le tuviera miedo—.
Busco ver si el "Líder de la Naturaleza" es tan fuerte como dicen las leyendas del Reino Oscuro.
Ruko me envió para darles un mensaje: el Templo del Sol fue una distracción. Mientras ustedes jugaban a ser monjes, las sombras se mudaron a ciudad.
—¡Cállate! —exclamó Danae, amagando con invocar su arco.
—¡Espera, Danae! —la frenó León—. Quiere que ataquemos primero. Quiere ver nuestras cartas.
Ren sonrió, mostrando unos dientes demasiado afilados.
—Inteligente. Por eso eres el líder. Pero dime, León... ¿podrás proteger a todos cuando la oscuridad no venga de afuera, sino de adentro?
De repente, Ren extendió su mano y una neblina negra empezó a brotar de sus dedos, marchitando instantáneamente un rosal cercano que estalló en cenizas.
—Mi nombre es Kael, el heraldo de la desesperación. Y esta escuela... es mi nuevo tablero de juegos.
Antes de que León pudiera reaccionar, Kael cerró la mano y la neblina desapareció.
Sus ojos volvieron a la normalidad en un parpadeo.
—¡León! ¡Danae! —la voz del profesor de historia se escuchó desde la entrada del invernadero—.
¿Qué hacen aquí? Esta zona está prohibida por seguridad.
Los chicos se giraron. El profesor caminaba hacia ellos con el ceño fruncido.
Cuando miraron de nuevo hacia donde estaba Kael, el chico ya estaba al lado del profesor, con una expresión de timidez absoluta.
—Lo siento, profesor —dijo "Ren" con una voz suave y educada—.
Me perdí buscando la biblioteca y estos compañeros fueron tan amables de guiarme, aunque creo que nos perdimos todos.
León se quedó helado. La actuación de Kael era perfecta.
El profesor asintió, convencido.
—Vuelvan al edificio principal, ahora mismo. Y tú, Ren, ten más cuidado.
Mientras caminaban de regreso, Kael pasó al lado de León y le susurró al oído, tan bajo que solo él pudo escucharlo:
"Mañana en clase de computación, León. Veamos qué tan rápido puedes procesar... mi virus de sombras".
León se detuvo en seco, mirando cómo el infiltrado se alejaba riendo en silencio. La guerra ya no estaba en otro reino; estaba sentada en el banco de al lado.
Leon le dice a kael, tu reinado de oscuridad, no durará mucho, haremos que caigas, y nuestra ciudad no corra ningun riesgo.