El sol de la mañana se filtraba por las ventanas de la Academia Seishun, pero el ambiente estaba cargado de una electricidad pesada.
León no había dormido bien; las imágenes del mapa de invasión seguían quemando en su mente. Sabía que las defensas digitales no serían suficientes.
En el patio central, León reunió a su círculo de confianza. Tomás, Esdras, Danae y Valen lo rodearon.
—No podemos seguir esperando el siguiente movimiento de Kael —dijo León, con la voz firme pero baja—.
Ayer fue el servidor, mañana será la vida de alguien. Hay que devolverlo al reino espiritual oscuro de donde vino.
Sus compañeros intercambiaron miradas de determinación. No hubo dudas, solo un asentimiento colectivo.
Eran un equipo, pero todos sabían que León, como su líder, cargaba con el peso más grande.
Minutos después, León interceptó a Kael en el pasillo principal. El aire pareció enfriarse diez grados.
Los estudiantes que pasaban cerca se apresuraban, sintiendo el choque invisible de voluntades.
—Tú y yo, Kael —sentenció León, mirándolo fijamente a esos ojos gélidos—. Fuera de la ciudad, donde nadie salga herido. Si pierdo, dejo el liderazgo de los Guardianes y el mundo queda a tu merced. Pero si gano, te largas de aquí y regresas con tus jefes, Ruko y Bumi.
Kael soltó una carcajada seca, que sonó como metal rozando piedra.
—Acepto, Guardian. Tu sola presencia me da ganas de enterrarte en el suelo. Disfruta de tus últimas horas de luz, porque esta noche cenarás sombras.
A las afueras de la ciudad, donde la civilización se rinde ante la naturaleza salvaje, los Guardianes esperaban. León se adelantó unos metros, dejando a sus amigos atrás.
—Chicos, pase lo que pase, no intervengan —ordenó León sin mirar atrás—.
Esta batalla es mía. Si salgo herido, es mi sacrificio por nuestro mundo. No quiero que se arriesguen.
De entre las sombras de los árboles, surgió Kael.
Su transformación fue aterradora: una armadura de rubí cubría su cuerpo, desprendiendo un brillo malévolo, y en su mano derecha sostenía una espada color sangre, cuya hoja parecía palpitar con vida propia.
—He venido a reclamar lo que es de mi reino —rugió Kael.
León cerró los ojos un segundo. El tatuaje de la corona de espinas en su brazo comenzó a brillar con un verde flúor intenso.
La energía de la naturaleza respondió a su llamado, y en un estallido de luz, su escudo esmeralda se materializó en su brazo izquierdo, mientras que en su mano derecha apareció la espada dorada, forjada con el poder solar de los Sabios.
—¡Por la luz de la academia y el futuro de este mundo! —gritó León.
El primer encuentro fue como un trueno. Kael se lanzó con una velocidad cegadora, descargando un golpe descendente que León bloqueó con su escudo. El impacto creó una onda de choque que agrietó el suelo bajo sus pies.
Kael no dio tregua. Su espada de sangre lanzaba estocadas rápidas que dejaban rastros carmesí en el aire. León esquivaba, pero la armadura de Kael era pesada y cada roce le quemaba la piel.
Un corte lateral alcanzó el hombro de León, rasgando su ropa y dejando una herida que humeaba oscuridad.
—¡Eres débil, León! —gritó Kael, propinándole una patada en el pecho que lo mandó a volar varios metros.
León tosió, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca. Se levantó tambaleante.
Kael volvió a la carga, esta vez envolviendo su espada en un aura de sombras. El combate se volvió brutal: golpes de escudo, chispas saltando entre el oro y el rubí, y el sonido constante del metal chocando.
León recibió un fuerte golpe en las costillas con el pomo de la espada de Kael. Cayó de rodillas, con la respiración entrecortada.
Su espada dorada perdió intensidad por un momento. Kael se posicionó sobre él, levantando su arma para el golpe final.
—Se acabó el juego, "líder".
En el último milisegundo, cuando la hoja roja descendía, León activó el impulso máximo de su escudo. Un destello verde cegador desvió la trayectoria de la espada de Kael, que se clavó profundamente en la tierra.
Aprovechando la apertura, León canalizó toda la energía de la naturaleza en su brazo derecho. Sus venas brillaban con el mismo verde flúor de su tatuaje.
—¡ESTO ES POR MIS AMIGOS! —rugió León.
Su puño cargado de energía impactó directamente en la mandíbula de Kael. El casco de la armadura de rubí se hizo añicos y el villano salió despedido, rodando por el suelo hasta quedar inconsciente.
León respiró hondo, creyendo que el silencio significaba la victoria.
Pero el cuerpo de Kael comenzó a retorcerse. Con un grito inhumano, Kael se lanzó desde el suelo con un puñal de sombras oculto.
León, actuando por puro instinto de supervivencia, giró y clavó su espada solar en el pecho de la armadura carmesí.
La luz dorada purificó la oscuridad. El cuerpo físico de Kael comenzó a desvanecerse en partículas de ceniza negra, siendo succionado por un vórtice hacia el reino espiritual.
—Volveré... —susurró la voz de Kael antes de desaparecer por completo.
León aguantó en pie lo suficiente para ver el cielo despejado, pero sus heridas eran demasiadas. Sus ojos se cerraron y cayó al suelo antes de que sus amigos pudieran llegar a él.
El Despertar y el Brindis por la Paz
León despertó tres días después. El olor a antiséptico y el suave murmullo de la enfermería de la academia lo recibieron. Tenía el torso vendado y el brazo del tatuaje sentía un hormigueo constante.
Al abrir los ojos, vio cuatro rostros cansados pero radiantes. Danae y Esdras habían usado sus habilidades de sanación para estabilizarlo, mientras Tomás y Valen vigilaban la puerta.
—¿Despertó el héroe? —dijo Tomás con una sonrisa de oreja a oreja.
León intentó incorporarse, pero un pinchazo en las costillas lo obligó a soltar una pequeña risa dolorida. Miró a su equipo, a su familia elegida.