El plano terrenal disfrutaba de una paz aparente, pero en los pasillos de la Academia Seishun, el precio de la victoria se hacía notar.
Aunque la enfermería estaba en silencio, el ambiente dentro de ella era tenso.
León yacía en una de las camillas, con el torso cubierto de vendajes que Danae cambiaba con extrema delicadeza.
El tatuaje de la corona de espinas en su brazo derecho, que antes brillaba con un verde flúor imponente, ahora se veía opaco, casi grisáceo.
La batalla contra Kael lo había dejado severamente debilitado; la energía de la naturaleza en su cuerpo se sentía como un hilo delgado a punto de cortarse, y cada respiración profunda le causaba una punzada de dolor en las costillas.
—Tenés que quedarte quieto, León —le reclamó Tomas en voz baja, cruzado de brazos junto a la ventana—.
Estuviste a nada de que esa espada de sangre te partiera al medio. Tu energía espiritual está por el suelo.
—Tomás tiene razón —añadió Esdras, pasando un paño húmedo por la frente de su amigo—.
Lograste desterrarlo, pero el costo físico fue enorme. Si un nuevo peligro aparece mañana, no vas a poder levantar ese escudo dorado ni por cinco segundos. Estás medio herido, leon. Tenés que asimilarlo.
León soltó una mueca de dolor al intentar acomodarse, pero clavó su mirada decidida en sus amigos.
—Lo sé... siento el cuerpo como si me hubiera pasado un camión por encima.
Pero Kael ya no está. Cumplí mi palabra. Ahora... solo queda resistir hasta que mi poder regrese.
Mientras los Guardianes cuidaban a su debilitado amigo en el mundo de la luz, en lo más profundo del abismo, la realidad era sumamente distinta.
Lejos de la calidez del sol, el Reino Espiritual Oscuro se extendía como un desierto de cenizas negras y cielos desgarrados por relámpagos de color violeta.
En el centro de este páramo se alzaba el Palacio de la Desolación, una estructura hecha de piedra maldita donde las almas corruptas vagaban sin rumbo.
En el salón del trono, la atmósfera se congeló. Un torbellino de partículas carmesí y humo negro comenzó a materializarse en el suelo de piedra.
Con un grito de agonía espiritual, la forma de Kael emergió del vórtice, cayendo de rodillas.
Su armadura de rubí estaba completamente agrietada, rota en el pecho donde la espada solar de León lo había atravesado, y su espada color sangre se había transformado en un pedazo de metal mellado y sin brillo.
Desde lo alto del trono, dos figuras imponentes observaron la patética escena.
Ruko, el soberano de la destrucción espiritual, un ser envuelto en una capa de oscuridad viviente con ojos que devoraban la luz, se inclinó hacia adelante.
A su lado, Bumi, el estratega del reino oscuro, una entidad de piel pálida y runas malditas flotando a su alrededor, soltó una risa burlona que resonó en las paredes de piedra.
—Mírate, Kael... o debería decir, Ren —siseó Bumi, descendiendo los escalones del trono con pasos lentos y calculados—.
El gran soldado carmesí, el heraldo de la invasión, arrastrándose como un gusano herido. ¿Qué pasó con tus promesas de arrancar el corazón de la academia?
Kael, respirando con dificultad y sosteniendo su pecho espiritual herido, levantó la cabeza con furia contenida.
—El Guardián... León... —logró articular con la voz quebrada—.
Su lógica en la red era fuerte, pero su poder en el plano físico... desató la energía de la naturaleza y el poder de los Sabios del Sol.
No era un humano común. Su puño... su espada... me destruyeron el cuerpo físico.
—¡SILENCIO! —Grito Ruko, y el suelo del palacio tembló, haciendo que las almas del exterior gritaran de terror—.
No nos interesan las excusas de los caídos. Te dimos la armadura de rubí, te dimos el virus de sombras, y fuiste superado por un mocoso que lleva una planta en el brazo.
—Mi señor Ruko —intervino Kael, desesperado por no ser destruido por completo—.
No todo está perdido. El mapa... el mapa de invasión que diseñé ya está implantado. Aunque León me expulsó, logré debilitarlo.
Vi sus ojos antes de desaparecer. Está destruido, medio muerto.
Su escudo está roto y sus amigos están desprotegidos.
Es el momento de atacar los puntos marcados. El Gimnasio de la academia, el parque, y el centro de la ciudad... ¡todo está listo para la corrupción!
Bumi se detuvo frente a Kael y le levantó el mentón con un dedo frío como el hielo.
—El mapa es lo único que salva tu miserable esencia de ser borrada de la existencia, Ren.
Pero estás demasiado débil para volver al plano terrenal. Tu forma física tardará una eternidad en reconstruirse.
Bumi se giró hacia el trono de Ruko, con una sonrisa malévola dibujándose en su rostro.
—Oye ruko, Kael dice la verdad en algo: el líder de los Guardianes está debilitado.
Su luz está opaca. Si atacamos ahora que León no puede pelear, la Academia Seishun caerá como un castillo de naipes.
No necesitamos a Kael para la fase dos. Podemos enviar algo... más voraz.
Ruko se levantó de su trono, extendiendo sus enormes manos sombrías.
—Bien. Kael, te quedarás en las mazmorras del dolor hasta que tus heridas espirituales sanen y aprendas el significado de la victoria.
Bumi, activa a las bestias de las sombras. Que vayan directamente al primer punto del mapa: El Gimnasio de la academia.
—¿Y qué hacemos con el líder de los Guardianes si intenta interponerse, Ruko? —preguntó Bumi con preocupación.
Ruko soltó una carcajada oscura que apagó las pocas antorchas del salón.
—Si León intenta levantar su espada dorada en ese estado de debilidad, la misma energía solar consumirá lo que queda de su vida.
Que vigilen sus movimientos. Si se mueve... aplástenlo. La invasión de la Academia Seishun ha comenzado oficialmente.
De vuelta en la enfermería, León sintió un escalofrío repentino que le recorrió la espalda.