El taller de Leokun ya no olía solo a metal fundido y aceite de motor; ahora, entre las estanterías de herramientas rúnicas y planos de Albion, había un pequeño rincón con crayones de colores y bloques de madera.
Leo, con su cabello ahora completamente canoso y su barba recortada con precisión, ajustaba una pequeña pieza de un juguete mecánico. Su brazo robótico, una versión mucho más avanzada y silenciosa que la de su juventud, se movía con una delicadeza asombrosa. A su lado, Emily, de apenas ocho años y con la misma chispa de curiosidad en los ojos que su abuelo tuvo alguna vez, lo observaba sin parpadear.
-Abuelo Leo, ¿por qué el brazo brilla cuando tocas esa pieza? -preguntó la pequeña, señalando las líneas azules que recorrían el metal de la prótesis.
Leo sonrió, dejando la herramienta a un lado.
-Es la energía del nucleo azul, pequeña Emily. Nos recuerda que los nucleos son la herramienta más valiosa que tenemos.
Leo le dice a Emily (hoy mi tiempo es todo tuyo. ¿Qué quieres aprender hoy?).
Antes de empezar a entrenar, Emily insistió en jugar. Pero en la casa de un artesano, los juegos nunca eran comunes. En el patio, Leo había diseñado una "Rayuela Interdimensional". Cada cuadrado que Emily saltaba activaba una pequeña runa en el suelo que cambiaba el color de las flores cercanas o emitía un sonido de viento de Albion.
Leo, a pesar de sus años, se unió al juego. Ver al legendario guerrero que enfrentó a Valthar. saltando en un pie para no pisar la "línea de fuego" mientras Emily reía a carcajadas era una imagen que Mailu solía fotografiar desde la ventana con una sonrisa nostálgica.
-¡Me ganaste, abuelo! -exclamó Emily, abrazando la pierna de Leo.
-Es que tienes más resortes en los pies que mis máquinas -bromeó él, cargándola en hombros-. Pero ahora, tenemos un problema que resolver en el taller. ¿Me ayudas con tu visión de ingeniera?
Leo llevó a Emily a la mesa de trabajo. Allía habia un antiguo artefacto: un Reloj de Viento, un dispositivo que Mailu le había regalado años atrás y que se alimentaba de la brisa para marcar las estaciones. Pero el reloj se había detenido.
-El problema, Emily, es que el engranaje central está atascado con cristal de maná endurecido -explicó Leo-. Mis dedos mecánicos son muy fuertes, pero demasiado grandes para entrar ahí sin romper el cristal. Necesito a alguien con manos pequeñas y mucha precisión.
Emily se puso seria. Se colocó unas gafas de protección que le quedaban un poco grandes y asintió.
-Yo lo haré, abuelo. Dime qué hacer.
Juntos comenzaron el desafío. Leo usaba la luz de su brazo robótico para iluminar el interior del mecanismo como si fuera un faro. Con su mano de carne, sostenía el reloj con firmeza, mientras que con la mecánica le entregaba a Emily una pinza fina de precisión.
-Con calma, pequeña. No tires fuerte. Tienes que sentir la vibración del metal -le susurraba Leo con voz suave.
Emily introdujo la pinza. Sudaba un poco por la concentración. El cristal de maná brilló con un tono púrpura, resistiéndose.
-¡Está muy duro! -dijo ella, a punto de rendirse.
-Recuerda lo que te enseñé en la rayuela -le dijo Leo-. No uses solo la fuerza, usa el ritmo. Espera a que la runa parpadee... ¡ahora!
Emily hizo un movimiento rápido y certero. Se escuchó un "clic" metálico y el pequeño trozo de cristal saltó fuera del mecanismo. Instantáneamente, los engranajes del reloj empezaron a girar y una suave brisa con olor a flores de Albion salió del artefacto, despeinando el cabello de ambos.
Emily saltó de alegría, chocando los cinco contra la mano metálica de su abuelo. El sonido del metal contra la palma pequeña de la niña resonó en todo el taller.
-¡Lo logramos! ¡Somos el mejor equipo! -gritó la niña.
Leo la miró con una mezcla de orgullo y melancolía. Sabía que algún día, ella sería quien liderara el cuerpo de artesanos, o quizás algo más grande en los mundos que él y sus amigos habían salvado.
-Sí, Emily. Somos el mejor equipo. Nunca olvides que no importa qué tan grande sea el problema, siempre hay una pieza que encaja, solo hay que tener la paciencia para encontrarla.
Al finalizar el dia se sientan en el portico, mirando el atardecer cuando emily le dice a su abuelo (Tengo el mejor abuelo del mundo).
Y leo le responde, (y yo ala mejor ñieta del mundo).
Juntos se abrazaron y con una gran sonrisa vieron el cielo llenarse de estrellas.
Leo le cuenta historias sobre un joven que llegó a un mundo mágico sin nada más que su ingenio, mientras Emily se queda dormida apoyada en su brazo de acero, sabiendo que, bajo el metal frío, el corazón de su abuelo era lo más cálido que conocía.