El cielo sobre Villa Green no era azul esa mañana; era de un color violeta eléctrico, cruzado por grietas de estática que hacían vibrar los dientes de los artesanos. El Puente Dimensional, la estructura más antigua y compleja de la ciudad, estaba fallando.
Sus anillos concéntricos, que usualmente giraban en un silencio magnético, emitían un chirrido metálico que se escuchaba en toda la ciudad.
Leokun llegó a la base de operaciones con su caja de herramientas metálica golpeando su muslo.
A sus sesenta años, su presencia imponía un respeto que el silencio de la multitud confirmaba.
No llevaba armadura de combate, sino su overol de trabajo reforzado y sus inseparables gafas de protección sobre la frente.
-¡Atrás todos! -ordenó con voz ronca pero firme-. Si el núcleo cuántico colapsa, no quedará ni el polvo de esta plaza.
Se subió a la plataforma elevadora. A medida que ascendía, el viento de Albion soplaba a través de las grietas, un aire frío y con olor a ozono. Frente a él, el panel de control del puente estaba al rojo vivo. Las runas que Leokun mismo había grabado años atrás estaban parpadeando, perdiendo su cohesión.
Leokun activó su brazo robótico. El dispositivo emitió un escaneo de luz azul que penetró las capas de acero rúnico.
-Maldita sea... -murmuró-. No es desgaste. Es una sobrecarga de retroalimentación.
Alguien o algo había intentado forzar un portal desde el otro lado, dejando una esquirla de "cristal de tiempo" incrustada en el engranaje primario. Si intentaba sacarla a la fuerza, el puente explotaría. Si la dejaba, Villa Green sería absorbida por un bucle infinito.
Abrió el compartimento del núcleo. El calor era sofocante, pero Leokun no retrocedió.
Sus dedos de carne, endurecidos por décadas de forja, se movieron con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de su brazo mecánico. Sacó un soplete de plasma y comenzó a calentar la zona alrededor de la esquirla.
-Vamos, vieja amiga... colabora conmigo -susurró, hablándole a la máquina como si fuera un ser vivo.
De repente, una descarga de energía púrpura saltó desde el núcleo, golpeando el hombro de Leokun. El dolor fue agudo, pero él no soltó la herramienta.
Sabía que en ese momento, si la estabilidad del portal colapsaba, sería el fin de la vida de su esposa y de Kenji, Sora y su querida ñieta.
-¡Leokun! -gritó Mailu desde la base, con su abanico de fénix preparado para intervenir si el viento se salía de control.
-¡No te acerques, Mailu! ¡Mantén el flujo de aire estable afuera! -respondió él sin quitar la vista del engranaje.
Leokun cambió la configuración de su brazo. Las pinzas de precisión emergieron de sus dedos metálicos. Con un movimiento sincronizado con los latidos de su corazón, atrapó la esquirla de cristal. El puente entero rugió.
Las plataformas empezaron a girar en sentidos opuestos a gran velocidad.
-¡Ahora! -gritó Leokun.
Usando una técnica que le había enseñado su padre Valerius, Leokun aplicó un golpe seco con su martillo de inercia en el punto exacto de presión rúnica.
La vibración anuló la energía de la esquirla, que se pulverizó en una lluvia de chispas doradas.
El chirrido cesó de inmediato.
El sonido fue reemplazado por un zumbido profundo y armónico.
Los anillos del puente recuperaron su rotación suave y los portales a Albion y el reino de las máquinas se estabilizaron, brillando con una luz azul clara y segura.
Leokun se dejó caer sentado en la plataforma, respirando con dificultad. Su rostro estaba manchado de grasa y hollín, pero sus ojos brillaban con la satisfacción del deber cumplido. Se quitó las gafas y se secó el sudor con el antebrazo.
Bajó de la plataforma y Mailu fue la primera en recibirlo.
No hubo palabras de héroe, solo un fuerte abrazo que valía por mil discursos.
-Sigue funcionando -dijo Leokun, mirando hacia la estructura-. El acero todavía me obedece.
Kenji y la pequeña emily se acercaron corriendo.
Emily miraba los restos de la esquirla con fascinación.
-Abuelo, ¿cómo supiste dónde golpear? -preguntó la niña.
Leokun le revolvió el cabello con su mano y le guiñó un ojo.
-Las máquinas no son solo metal, Emily. Tienen un ritmo. Si aprendes a escuchar ese ritmo, siempre sabrás cómo arreglarlas.
Esa tarde, el Puente Dimensional de Villa Green no solo volvió a conectar mundos; volvió a conectar la confianza de un pueblo que sabía que, mientras el viejo artesano tuviera un martillo en la mano, su futuro estaría siempre bien forjado.