Isla del Encanto

12

 

12

 

 

Michelle tuvo la sensación de sentirse un poco mejor. El milagroso coco había actuado en su organismo, logrando que el dolor de cabeza disminuyera y al mismo tiempo haciéndole sentir un poco más de fuerza en sus piernas. Se podría decir que una oleada de positivismo la invadió por algunos minutos. Continuó caminando al mismo tiempo que luchaba con las hojas y las ramas que se cruzaban en su camino, hasta llegar a lo que coloquialmente se conoce como un claro. Se trataba de una zona de algo más de cien metros cuadrados en la que por algún capricho de la naturaleza, no había crecido vegetación alguna con la excepción del pasto que le llegaba hasta los tobillos. Pensó que se trataba de un verdadero descanso mental después de haberse sentido rodeada por toda clase de árboles y arbustos durante varias horas. Finalmente podía mirar al cielo sin tener que escudriñar a través de innumerables ramas llenas de hojas. Fue el momento en el que se hizo evidente que no tardaría en llover: las nubes lucían bastante cargadas y parecía que no se querían mover del sitio en que se encontraban. Pensó que una refrescante lluvia no le caería nada mal, y al mismo tiempo podría idear la manera de recoger algo de agua para beber. Miró a su alrededor en busca de una hoja lo suficientemente grande para recoger el preciado líquido. No tardó en encontrar una que, al estirarla, podría medir casi lo mismo que ella. Afortunadamente estaba solo unos pocos centímetros por encima de su cabeza. No le costó trabajo arrancarla a pesar de la poca fuerza que tenía en sus brazos. Regresó a la mitad del claro y se sentó a esperar. A pesar de la tranquilidad que le brindaba aquel espacio, en su mente permanecía aún la figura de la persona vestida de blanco, y aunque el temor no se había alejado, sabía que no estaba en capacidad de hacer absolutamente nada. Se acostó boca arriba colocando su cabeza sobre los brazos, con la mirada enfocada en un cielo cada vez más poblado de oscuras nubes. No pasó mucho tiempo antes de que sintiera las primeras gotas golpeando contra su acalorada piel. Al principio no fueron más de dos o tres por minuto las que sintió llegar hasta su cuerpo, pero instantes después su intensidad la obligó a ponerse de pie y proceder a hacer lo que había tenido en mente. Agarró la hoja por los extremos tratando de formar un cuenco en su parte central. Para el momento en que lo logró, la fuerte lluvia no dejaba de caer. Hubiese querido aprovechar para frotarse las embarradas partes de su cuerpo, pero supo que si llegaba a soltar la hoja, toda el agua que había recogido hasta el momento se perdería. Sin tener mucho que hacer mientras su improvisada pieza de vajilla se llenaba, inclinó su cabeza hacia atrás, abrió la boca lo que más pudo y se dedicó a tratar de atrapar las gruesas gotas. Antes de tres o cuatro minutos, habiendo logrado tomar lo suficiente para aclarar su garganta, bajó la cabeza para confirmar cómo la cuenca se había llenado hasta sus bordes. Con el cuidado de un cirujano, la acercó a su boca y bebió su contenido hasta sentir cómo su sed quedaba totalmente saciada. Ahora sabía que no se iba a dejar morir, que no importaba de quien pudiera estar acompañada en ese sitio, de que tan lejos pudiera encontrar algo de civilización, solo sabía que las soluciones se empezarían a presentar a medida que estas fuesen exigidas. Aprovechó la incesante lluvia, la cual se había convertido en un fuerte aguacero, para volver a llenar su improvisado cuenco y beber una vez más el líquido del que se había visto privada durante varias horas; no sabía cuánto tiempo tendría que esperar para volver a tener esa oportunidad, y era preferible hastiarse ahora que tenía la oportunidad de hacerlo. La intensa lluvia fue más que suficiente para que lo llenara por una tercera ocasión. Una vez hubo terminado de beber, dejó caer la hoja y empezó a frotarse los brazos y las piernas como si estuviese bajo la ducha del baño de su casa. En medio de su tragedia, se rio para sus adentros pensando en la forma como sería criticada en caso de que fuese su costumbre el tomar esa clase de baños en los días lluviosos, los cuales eran el pan de cada día en su ciudad de origen. Cambió rápidamente de pensamiento al darse cuenta del mal que le podría hacer el recordar lo que era su vida llena de comodidades. Sería peor si a los sufrimientos físicos que estaba padeciendo le sumara los mentales. Ahora tendría que concentrarse en tratar de salir de aquel lugar con vida y no en recordar la forma como solía vivir antes de haber salido despedida hacia las aguas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.