Itrix: La primera hechicera

Cuentos de Intiorem

La pequeña Itrix era muy joven cuando, aquel día, se lavó las manos en el río y de esta salieron luces de un color rojo intenso que no comprendía. No sabía que esas mismas serían el inicio de algo más grande de lo que cualquiera podría imaginar. Y también parte del peso con el que tendría que cargar por muchos años. Más años de los que puedo contar sin equivocarme.

Los aldeanos se asustaron cuando empezó a hacer preguntas sobre esas luces que nadie más podía ver. Su madre lo atribuyó a la imaginación de una niña, ignorando su insistencia. Oh, sí que hacía muchas preguntas curiosas, mas los adultos estaban todos preocupados por recuperarse después de la Gran Guerra y no tenían tiempo para escucharla.

El clima hostil de los terrenos nevados y la falta de comida condujeron a una manada de perros salvajes hambrientos hasta allá. Olieron el miedo de las personas y acecharon con cuidado hasta que los valientes se lanzaron al ataque. Hubiera sido una gran tragedia de no ser por la pequeña Itrix, quien acompañó a su papá al frente sin que nadie la notara y sin permiso. Estando allí, la magia que llevaba dentro fluyó como el agua del río.

Aunque no tuve la dicha de presenciar un evento así, las historias dicen que fue todo un espectáculo. Yo pienso que fue todo lo contrario, pues pocos saben que ese mismo día acusaron a la pobrecita de engendro y la expulsaron junto a sus padres.

El peligro se desvaneció al instante cuando lanzó rayos carmesí desde sus manos. Los perros corrieron despavoridos y la niña cayó hacia atrás. En lugar de salir de sus casas sin miedo, los lugareños se juntaron para señalarla. Adultos y niños, todos asustados por igual.

Nadie se acercó para agradecerle a ella ni a sus padres, solo esperaron, parados en fila, hasta verlos partir muy lejos. Querían verlos irse con la cabeza baja. No les dieron el gusto, pero era solo una niña. ¿Qué podría hacer si no llorar?

Perdidos entre la nieve, no hubo guía ni maestros que le mostraran el camino a Itrix. Cualquiera pensaría que se daría por vencida, pero no fue así. Ella encontró la senda que debía seguir. Un Sabio, fue un gran amigo mío años después de esto, la invitó a hablar con él y con los dioses. Ya no era una niña entonces y esas luces de color rojo ya no eran algo súbito, sino más controlado y emocionante.

No solo era excepcional con la magia, también fue la primera que pudo practicarla sin ningún artilugio. Hasta yo, que había vivido ya más de cien años, quedé impresionado al saber de ello.

Muchos lo vieron como una bendición, pero fueron más ruidosos quienes repitieron hasta el cansancio que no era más que una anomalía problemática. A los brujos no les gustó que sus años de entrenamiento valieran poco, así que predicaron esto junto a los reyes, líderes y jefes por todos lados.

Gracias a los dioses, ella no escuchó las quejas de quienes desconocían el origen de su poder y se quedó al lado de quienes la apoyaron. Quiso regresar un poco de la bondad que le fue compartida: viajó por el mundo ayudando a quienes estaban dispuestos a recibir su ayuda.

Un día descubrió que no era la única con el don de la magia innata. Se llevó una sorpresa al ver a un niño, víctima de ese incómodo rechazo al que ella misma se enfrentó, haciendo magia sin saberlo. Fue el primero de muchos que encontró en su camino. No la conocí tan bien como a Dyvion, pero sé muy bien que su deseo era guiarlos. Aun así, no pudo hacerlo porque su destino no estaba en esa región, sino en los confines del continente más lejano.

Se estableció y estudió la magia más primitiva para descubrir de dónde venía su poder. Me confesó al oído que fue un proceso doloroso y difícil. Quise entenderla, ya que, como yo, vio cosas que se ocultaban de otros. Verdades que nadie más querría ver.

Su introspección fue tan impresionante que pudo viajar a un lugar que nadie había visitado antes. Un lugar sin suelo ni cielo, sin ruido ni oscuridad. Un lugar guardado solo para quienes fueran capaces de llegar hasta allá.

Ella abrazó esa energía y esta la abrazó de vuelta. Pronto formó un vínculo incomprensible que le permitió vivir sin envejecer y le dio más poder del que pudo controlar al principio. Tuvo muchos aciertos y errores, pero estos últimos son los que la hacen vivir en la memoria de los que la conocimos. Recuerdo esa vez que provocó un tornado o cuando el día se hizo noche por doce minutos en todo el continente.

Se hizo notar a donde iba. Todos podían recordar el color de su cabello y su peculiar túnica, usando colores prohibidos por los Consejos de Brujos de todos los reinos. Aunque no fueron muchos, hubo quienes quisieron seguirla.

Roca a roca, sus seguidores le ayudaron a crear un edificio impenetrable para guardar el conocimiento que reunió por siglos. Era un refugio en donde podía practicar su magia y descubrir cosas nuevas sin miedo a ser juzgada o criticada. Un espacio seguro en el que otros hechiceros poderosos podrían aprender de ella. No me dejó conocerlo hasta hace unos pocos siglos. Tampoco fuimos muy cercanos, así que entiendo esa parte.

Hizo grandes amigos y tuvo un amor prohibido en esa época. No le gustaría que hable de eso en esta narración, pero heme aquí. Sin embargo, el tiempo le arrebató lentamente todo lo que construyó, excepto la fortaleza en la montaña más alta de Kardinal. Se encerró en su dolor el tiempo necesario y después volvió a lo que hacía.

Continuó viajando sola para encontrarse con la realidad. La magia creció mientras el mundo se expandía y ella no se había dado cuenta. Había hechiceros por todos lados. No eran muchos, pero llamaban la atención. No puedo imaginar su sorpresa cuando los vio congregados en pueblos bien establecidos.



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En el texto hay: fantasia, magia, hechicera

Editado: 28.05.2026

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