Itzel: La sombra de Bian Que

Capítulo 2: Lo que los doctores no vieron

—Señorita Itzel García Hernández. Usted no tiene título médico. Su madre era una yerbera callejera que vendía hierbas en el mercado de Sonora. ¿Qué la hace creer que tiene el derecho de tocar a un paciente?

El doctor Salazar estaba de pie en el estrado del Zócalo, con siete médicos a su espalda. Las cámaras de Televisa apuntaban. La pantalla gigante mostraba el rostro de Itzel en primer plano: veintidós años, tres cicatrices recién cerradas en la mejilla izquierda.

—Responda —exigió una de las médicas del jurado, una mujer mayor con el cabello blanco recogido en un moño severo. En la pechera llevaba bordado: Dra. Mercedes Valdés. Asociación Médica Mexicana.

Itzel se acercó al micrófono.

—No tengo título. Pero he estado curando gente desde los nueve años. En mi barrio no hay hospital. Hay curanderas. Y la gente no se muere más que en los hospitales.

Un murmullo recorrió la plaza. Alguien gritó «¡mentira!». Alguien aplaudió.

—Usted fue acusada de causar la muerte de un menor —dijo la doctora Valdés, quitándose las gafas—. ¿Qué tiene que decir?

—Que no lo toqué. Hay un video de mí entrando a la sala. No hay video de mí tocando al niño.

Salazar sonrió. Una sonrisa fina, sin dientes.

—La cámara de seguridad de la sala de reanimación se apagó esa noche. Una falla técnica.

Itzel lo miró fijamente. Sostuvo la mirada.

—No se apagó. Usted la borró. Lo vi.

La sonrisa de Salazar no se movió, pero sus dedos se tensaron sobre la mesa.

—Eso es una acusación muy grave, señorita. ¿Tiene pruebas?

Itzel iba a responder, pero la voz dentro de su cabeza habló de nuevo.

“望之。观其面色。赤者心火,黄者脾湿,白者肺寒。台下有三人面色异常。汝已能见。说出即可。”

(Traducción: “Observa. Mira el color de sus rostros. El rojo es fuego del corazón. El amarillo, humedad del bazo. El blanco, frío del pulmón. Entre la multitud hay tres con rostros anormales. Ya puedes verlo. Solo dilo.”)

—¿Qué?

“望之。用汝之眼。非用汝之口。”

(Traducción: “Observa. Usa tus ojos. No tu boca.”)

Itzel se giró hacia el público. La multitud era un mar de rostros borrosos. Pero ahora sabía qué buscar. La voz le guiaba. No veía diagnósticos. Veía colores. Manchas amarillentas. Puntos negros palpitantes. Neblina oscura.

Se volvió hacia los micrófonos.

—No necesito un título para ver lo que les pasa. ¿Quieren pruebas? Aquí están.

Señaló a un hombre de traje en primera fila.

—Usted. Su hígado está inflamado desde hace dos años. Bebe para dormir, pero el alcohol le está quemando las vísceras. Si no para hoy, en Navidad estará en una cama de hospital.

El hombre se puso pálido. Su esposa giró la cabeza hacia él con los ojos muy abiertos. La cámara les hizo un primer plano.

La doctora Valdés frunció el ceño.

—Eso no es medicina. Eso es un truco de feria.

Itzel se giró hacia el estrado. Señaló a la doctora Valdés.

—Usted. Tuvo un infarto hace tres meses. No lo reportó. Sigue operando. Cada vez que levanta el bisturí, su corazón tiembla. Si no deja de operar, el próximo infarto no la va a encontrar en un quirófano.

La doctora Valdés dejó caer las gafas sobre la mesa. Su mano derecha —la de operar— temblaba. La cámara hizo zoom.

El silencio cayó sobre la plaza.

Itzel siguió. Señaló al borde de la multitud, donde una mujer joven con un niño en brazos intentaba esconderse.

—Su hijo tiene una infección renal crónica. Los antibióticos no funcionan. ¿Lo llevó al Hospital General? ¿Le dijeron que no era nada grave?

La mujer rompió a llorar. No hizo falta que hablara.

Salazar intentó intervenir.

—Esto es una farsa. No podemos permitir que una…

Pero la presentadora del evento, Jimena Torres —la periodista más vista de Televisa, Premio Nacional de Periodismo— se levantó de su asiento. Apagó su micrófono de solapa. Bajó del estrado. Caminó hacia Itzel y, en el silencio del Zócalo, le tendió la muñeca.

—Señorita Itzel. Soy Jimena Torres, periodista. Y estoy dispuesta a ser su primera paciente voluntaria. En vivo. Ahora.

Itzel tomó la muñeca. Colocó tres dedos sobre la arteria radial. Cerró los ojos. Los abrió casi de inmediato.

—Señorita Torres. Su problema no es grave. Ciclo irregular. Tres semanas de té de canela con caléndula. Y duerma más.

Jimena soltó una carcajada.

—¿Té de canela? ¿En serio?

—En serio.

Jimena se giró hacia las cámaras.

—Señoras y señores, esto no es un juicio. Esto es una ejecución pública. Y la única persona que ha dicho la verdad en este escenario es la acusada. Si esta mujer acierta conmigo, le daremos el beneficio de la duda.

El Zócalo rugió. En el estrado, Salazar estaba inmóvil. La doctora Valdés se puso de pie lentamente y salió por la escalerilla trasera, con su temblor y sus gafas en la mano.




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