El primer paciente llegó a las siete en punto. Era una mujer mayor, encorvada, con un rebozo negro y un bastón de mezquite. Itzel la reconoció antes de que hablara.
—Doña Eulalia.
—No me mires con esos ojos de perro agradecido. No vine para que me des las gracias. Vine porque me duele la rodilla.
La mujer del video de YouTube. La de los tres millones de visitas. La que había dicho que Itzel no mató a nadie.
—A ver —dijo Itzel, arrodillándose—. Déjeme ver.
Le palpó las rodillas. Estaban calientes y abultadas, con líquido dentro. La voz de Bian Que habló.
“此乃痹症。风寒湿三气杂至,合而为痹。此人受寒多年,寒凝经络。肉桂可散之。”
(Traducción: “Esto es el síndrome Bi. El viento, el frío y la humedad se combinan para formar la obstrucción. Esta mujer ha soportado el frío durante años. El frío ha congelado sus meridianos. La canela puede dispersarlo.”)
—¿Canela? —preguntó Itzel en voz baja.
“然。肉桂温经散寒。配姜黄活血止痛。汝有此二物否?”
(Traducción: “Sí. La canela calienta los meridianos y dispersa el frío. Combínala con cúrcuma para mover la sangre y calmar el dolor. ¿Tienes estas dos cosas?”)
—Canela sí. Cúrcuma no.
“姜黄非唯一活血之品。汝囊中有何物可活血?”
(Traducción: “La cúrcuma no es lo único que mueve la sangre. ¿Qué tienes en tu bolsa para mover la sangre?”)
Itzel pensó. Recordó las lecciones de su madre, en el puesto del Sonora, cuando tenía diez años. “La que pica en la lengua, sirve para la sangre”, le decía.
—Salvia mexicana. Es picante. Mi madre la usaba para los golpes.
“善。用此代之。配肉桂。三碗水煎至一碗。外敷姜黄。若无可代之以…”
(Traducción: “Bien. Usa esto en su lugar. Combínala con canela. Tres tazones de agua, reduce a uno. Si no tienes cúrcuma para aplicar externamente, sustituye con…”)
Itzel ya estaba mezclando. Sus manos se movían con una precisión que no era del todo suya —era como si alguien se las guiara desde dentro—. Preparó la infusión. Se la dio a Doña Eulalia.
—Bébaselo. Sabe feo. No se queje.
Doña Eulalia bebió. Hizo una mueca.
—Sabe a demonios.
—Es la canela. Pica.
Luego Itzel sacó el estuche de agujas de su madre. Lo abrió. Buscó los puntos que Bian Que le dictaba.
“犊鼻。膝眼。阳陵泉。足三里。浅刺。留针一刻。”
(Traducción: “Dubi. Xiyan. Yanglingquan. Zusanli. Inserción superficial. Retén las agujas quince minutos.”)
—No sé dónde están esos puntos.
“犊鼻在膝前。膝眼在膝侧。阳陵泉在腓骨小头前下方。汝之手知。闭眼。”
(Traducción: “Dubi está frente a la rodilla. Xiyan a los lados. Yanglingquan debajo de la cabeza del peroné. Tus manos lo saben. Cierra los ojos.”)
Itzel cerró los ojos. Sus dedos encontraron los puntos solos.
—¿No le duele? —preguntó.
—Llevo diez años con dolor. Esto es una caricia.
Quince minutos después, Doña Eulalia se levantó. Dio un paso sin apoyarse en el bastón. Luego otro.
—Mira nada más —dijo—. Mira nada más.
Dejó diez pesos sobre la mesa.
—El donativo es voluntario —dijo Itzel.
—Y yo voluntariamente quiero pagar.
A las nueve llegó un albañil de treinta y tantos, doblado por la cintura. Una hernia inguinal que le impedía cargar peso. Sin trabajo, con tres hijos.
“疝气。中气下陷。脾主升清。脾气虚则升举无力,致脏腑下垂。此人疝气,非外感,乃气虚也。”
(Traducción: “Hernia. El qi central se ha hundido. El bazo gobierna la elevación de lo puro. Cuando el qi del bazo es débil, no puede sostener los órganos. La hernia de este hombre no viene de fuera. Viene de una deficiencia.”)
—¿Eso se cura con agujas? —preguntó Itzel.
“针可治标。灸可固本。以指按其关元。灸其气海。另服补中益气之品。汝有chaya否?此物补气。”
(Traducción: “Las agujas tratan los síntomas. La moxa consolida la raíz. Presiona su punto Guanyuan con los dedos. Aplica moxa en Qihai. Y dale algo que tonifique el qi. ¿Tienes chaya? Esa planta tonifica el qi.”)
Itzel preparó una infusión de chaya con canela y le enseñó ejercicios de respiración.
—No cargue nada pesado durante un mes.
—Imposible.
—Entonces dos semanas. Negocie con su cuerpo.
A las diez, una niña de siete años con asma. Su madre se había gastado los ahorros en inhaladores que funcionaban a medias. Itzel le preparó una infusión de epazote con manzanilla y le enseñó a la madre a masajearle la espalda en la zona de los pulmones. La niña tosió, escupió una flema espesa y luego sonrió por primera vez en semanas.
A las once, la sala estaba llena. Diez pacientes. Quince. Veinte. La noticia había corrido por el barrio: la curandera había vuelto.
Y entonces entró él.
Era un hombre de unos cincuenta años, con el abdomen prominente y la piel amarillenta. Llevaba una camisa de vestir manchada de sudor. Se quedó de pie en la entrada, con los brazos cruzados.