Itzel: La sombra de Bian Que

Capítulo 5: Cena en casa del enemigo

La mansión de los Calderón estaba en la cima de una colina en Polanco. Tres pisos, columnas que no sostenían nada, ventanales que reflejaban el cielo anaranjado del atardecer. Una fuente de piedra con un caballo esculpido en el centro. El agua brotaba de las narices del caballo y caía en una pila circular rodeada de buganvilias moradas.

—En mi barrio, el agua no sale de los caballos —dijo Itzel.

—En tu barrio, el agua no sale —respondió Ricardo, apagando el motor.

Itzel se había puesto el vestido negro de su madre. El único que tenía. Le quedaba un poco grande en los hombros, pero le llegaba justo por debajo de la rodilla. Las cicatrices de la mejilla ya no estaban rojas. Eran tres líneas plateadas.

Alejandro los esperaba en la puerta. Chaqueta azul marino, camisa blanca impecable. Sus ojos estaban menos cansados que el día anterior. O quizá mejor disimulados.

—Itzel. Ricardo. Mi padre los espera.

Los condujo por un vestíbulo de mármol. Las paredes estaban cubiertas de cuadros —originales, dijo Ricardo en voz baja, de pintores mexicanos cotizados—. El comedor era una sala ovalada con una mesa de caoba para veinte personas. Solo había cuatro puestos.

Alberto Calderón estaba de pie junto a la cabecera. Era más bajo de lo que Itzel esperaba. Más delgado. Cabello completamente blanco, peinado con raya perfecta. Traje gris claro, corbata de seda azul, gafas de montura dorada. Olía a tabaco de pipa y bergamota. Cuando sonrió, lo hizo con todos los dientes.

—Itzel García Hernández. La curandera que sobrevivió a un juicio en el Zócalo. Es un honor.

Le tendió la mano. Su apretón era firme pero no agresivo. El apretón de quien sabe exactamente cuánta fuerza está usando.

—Siéntense, por favor. La cena está a punto de servirse.

Itzel se sentó. El cubierto tenía tres tenedores. Cogió el de fuera, como había visto hacer a Alberto.

—Dígame, Itzel —dijo Alberto desdoblando la servilleta—. ¿Cómo una muchacha de Iztapalapa aprende a diagnosticar con solo mirar?

—Mi madre era curandera. Me enseñó.

—María Hernández. Nacida en Juchitán, Oaxaca, en 1962. Emigró a la Ciudad de México en 1982. Estableció su clínica en Iztapalapa. Sobrevivió a una epidemia de cólera, a tres intentos de clausura y a un incendio que nunca se investigó. Murió en 2018 de un cáncer que no se trató porque no tenía seguro médico. ¿He omitido algo?

El silencio cayó sobre la mesa. Ricardo dejó la cuchara. Itzel no se movió.

—Veo que ha hecho su tarea —dijo Itzel.

—Siempre la hago. No se ofenda. No lo digo para intimidarla. Lo digo para que sepa que no necesito que me cuente su historia. Lo que no sé es lo otro.

—¿Qué otro?

—Lo del Zócalo. Usted diagnosticó a tres personas sin tocarlas. Una de ellas era la doctora Mercedes Valdés, una de las cirujanas más respetadas del país. Acertó en su infarto no reportado. Eso no se lo enseñó su madre.

—No.

—Entonces, ¿quién?

Itzel sintió la voz de Bian Que removerse. No dijo nada. Esperó.

—Mire, Itzel —Alberto se inclinó hacia delante—. No soy su enemigo. Soy un hombre de negocios. Usted tiene un activo que vale millones: su método de diagnóstico. Yo tengo los recursos para protegerla. De los Coleccionistas. Del gobierno. De cualquiera. Le propongo una sociedad.

—¿Qué tipo de sociedad?

—Usted comparte su método. Yo financio la investigación. Desarrollamos un sistema de diagnóstico temprano. Lo patentamos. Lo exportamos. Imagínese cuántas vidas podríamos salvar.

—Suena muy noble.

—Soy un hombre práctico. Salvar vidas es noble. Ganar dinero es práctico. Se pueden hacer las dos cosas.

Itzel tomó un sorbo de agua.

—¿Y si me niego?

La sonrisa de Alberto no desapareció. Se volvió más fina.

—Entonces no seré yo quien la destruya. El sistema lo hará solo. Usted no tiene licencia. No tiene título. El Colegio Médico ya ha abierto una investigación. La Secretaría de Salud está revisando su expediente. Y los Coleccionistas… bueno, de ésos no hace falta que le hable.

—Usted sabe quiénes son los Coleccionistas.

—Sé que existen. Sé que la están buscando. Y sé que yo soy una de las pocas personas que pueden mantenerlos a raya.

—¿Por qué?

—Porque les he comprado. Información. Contactos. Durante años. Tengo una relación comercial con ellos. Si usted está bajo mi protección, no la tocarán.

—O sea, que usted también es uno de ellos.

—No. Yo solo hago negocios.

Fue entonces cuando ocurrió. Uno de los invitados —un hombre mayor, calvo, con una condecoración en la solapa— se llevó la mano al pecho. Su rostro se puso blanco. Dejó caer la copa. El vino tinto se derramó sobre el mantel.

—¡Ernesto! —gritó alguien.

El hombre se dobló sobre la mesa. Respiraba con dificultad.




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