Itzel: La sombra de Bian Que

Capítulo 6: La mujer que me tendió la mano

Jimena Torres llegó un martes, sin cámaras. Vaqueros, una blusa blanca, el cabello suelto. Sin maquillaje. Parecía otra persona.

—Hoy no soy periodista. Soy paciente.

—¿Qué le pasa? —preguntó Itzel.

—No duermo. Desde el juicio. Todas las noches me despierto a las tres y no puedo volver a dormir.

—Eso es la vesícula. Las tres de la mañana es la hora del meridiano del hígado.

—¿Y eso se cura con té?

—Con té de diente de león y dejar de cenar a las diez de la noche.

Jimena se rio.

—Es usted increíble. Diagnostica infartos, cirrosis, insomnio. ¿De dónde sale todo eso?

—De aquí —Itzel se tocó la sien—. Y de aquí —se tocó el pecho.

—¿Su madre se lo enseñó?

—Mi madre me enseñó a mirar. Lo demás… lo demás me lo enseñó alguien que ya no está.

—¿Quién?

—Alguien que vivió hace mucho tiempo. Y que todavía no se ha ido del todo.

Antes de que Jimena pudiera responder, se oyeron sirenas. No eran de policía. Eran de la Secretaría de Salud.

Tres inspectores irrumpieron en la clínica. El jefe era un hombre calvo con un maletín de cuero.

—Itzel García Hernández. Tiene orden de clausura por ejercicio ilegal de la medicina.

—¿Qué? —Jimena se puso de pie—. ¿Quién ha dado esa orden?

—La Secretaría de Salud. Hemos recibido múltiples denuncias. Esta clínica no tiene licencia. Usted no tiene título. No puede ejercer.

—Llevo meses curando gente —dijo Itzel.

—Pues ya no.

Itzel miró a Jimena. Jimena ya tenía el teléfono en la mano.

—¿Está transmitiendo?

—En vivo. Para mi canal.

Jimena giró el teléfono hacia el inspector.

—Señor inspector. ¿Podría repetir lo que acaba de decir? Para la audiencia.

El hombre se puso tenso. Miró la cámara. Miró a Itzel. Luego dijo:

—Esto no se va a quedar así.

—Estoy segura —dijo Itzel—. Pero ya que está aquí, ¿quiere que le diga qué tiene usted?

—¿Perdón?

—Ese temblor en la mano izquierda. El sudor excesivo. La pérdida de peso. ¿Se ha hecho un análisis de tiroides?

El inspector enmudeció. A su lado, una de las inspectoras —una mujer de unos cuarenta años, con el moño apretado— dio un paso atrás.

—Usted —dijo Itzel girándose hacia ella—. Tiene hipertiroidismo. Lo sé por los ojos. Están demasiado abiertos. Y por el pulso. Lo tiene a ciento diez pulsaciones por minuto. ¿Toma medicación?

La mujer se llevó la mano al cuello.

—No.

—Pues debería. Y usted —se giró hacia el tercer inspector, un hombre joven con acné en la frente—. Tiene colon irritable. Lo sé por la lengua. ¿Sabe lo que es la lengua geográfica?

—No.

—Pues búsquelo en internet.

Jimena estaba grabando todo. Sonreía.

—Señores —dijo—. Esto está siendo visto por doscientas mil personas. ¿De verdad quieren seguir?

Los inspectores se retiraron. El jefe farfulló algo sobre volver con una orden judicial. La puerta se cerró.

Jimena apagó el teléfono.

—Esto va a ser la entrevista más vista de mi carrera.

—No era una entrevista.

—Lo sé. Era mejor.

Esa noche, cuando la clínica se quedó vacía, Itzel encontró un sobre negro en su escritorio. No lo había dejado nadie. Simplemente estaba allí, como si hubiera aparecido. Dentro, una sola línea escrita a mano: «Tiene treinta días».

Y el sello de la serpiente que se mordía la cola.

Fin del Capítulo 6

¿Quién dejó el sobre? ¿El Curador, Alberto Calderón o alguien más?

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