Ricardo llegó al día siguiente con una carpeta marrón bajo el brazo. No saludó. Fue directo al mostrador y la abrió.
—Lo que llevas dentro tiene nombre. Bian Que. Fue un médico chino del siglo V antes de Cristo. El padre de la medicina china. Lo asesinaron por envidia y selló su alma en un colgante de jade antes de morir.
Itzel se llevó la mano al pecho. El colgante de su madre estaba caliente.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Porque mi familia ha estado buscando ese colgante durante cien años.
Extendió los documentos sobre la mesa. Eran fotocopias de registros antiguos, cartas en chino con traducciones al español, mapas de la costa del Pacífico.
—Después de la muerte de Bian Que, sus discípulos huyeron de China. La dinastía Qin quería destruir todo lo que él había enseñado. Uno de ellos, Li Zhao, cruzó el océano en el Galeón de Manila. Llegó a Acapulco en 1623. Traía consigo un cofre de sándalo.
—¿Qué había en el cofre?
—Las páginas prohibidas. Las técnicas que Bian Que ordenó destruir antes de morir. Li Zhao no obedeció. Las escondió.
—¿Dónde?
—En algún lugar de la costa. Hay un diario. —Ricardo sacó una hoja plastificada—. Esto es una copia. El original está en el Archivo General de la Nación. Lo escribió el propio Li Zhao. Dice: «He escondido el cofre donde las montañas besan al mar. Quien busque con el corazón recto, lo encontrará.»
Itzel leyó la hoja. La voz de Bian Que dijo:
“李兆。吾之徒。彼果携之渡海。”
(Traducción: “Li Zhao. Mi discípulo. Él las llevó consigo a través del mar.”)
—¿Conociste a Li Zhao?
“然。彼乃吾禁术之守护者。吾命其毁之。彼不从。言此术可救天下人。”
(Traducción: “Sí. Él era el guardián de mis técnicas prohibidas. Le ordené que las destruyera. No obedeció. Dijo que estas técnicas podían salvar al mundo.”)
—¿Y pueden?
“可救人。亦可杀人。视用者之心而定。”
(Traducción: “Pueden salvar vidas. Y también destruirlas. Depende del corazón de quien las usa.”)
Itzel se giró hacia Ricardo.
—¿Dónde está Acapulco?
—A cinco horas en coche. Pero no vamos a ir solos. Los Coleccionistas también buscan ese cofre. Llevan trescientos años buscándolo. Si vamos, tenemos que ir preparados.
—Pues vamos mañana.
—Itzel…
—No tengo treinta días para esperar. El Curador me los dio, pero no pienso quedarme sentada.
Esa noche, Itzel cerró la clínica temprano. Preparó una mochila con lo esencial: el estuche de agujas, vendas, hierbas secas, el colgante de su madre. Doña Rosa se quedó al frente.
—Si alguien pregunta, estoy de viaje.
—¿Y si preguntan los del coche negro?
—Diles que fui a visitar a una tía.
—No tienes tía.
—Pues a una prima.
Doña Rosa resopló.
—Ten cuidado, muchacha. Tu madre también se fue un día a buscar algo. Y tardó veinte años en volver.
—¿Mi madre buscaba las páginas?
—Tu madre buscaba respuestas. Como tú.
Salieron al amanecer. La carretera a Acapulco serpenteaba entre montañas cubiertas de niebla. Ricardo conducía. Itzel miraba por la ventanilla, el termo de café entre las manos.
—¿Tú crees que encontraremos el cofre? —preguntó.
—No lo sé. Pero sé que Li Zhao dejó más pistas. En el diario habla de una ermita. Una ermita en un acantilado.
—Eso es muy vago.
—Hay docenas de ermitas en la costa de Guerrero. Pero solo una fue construida por un fraile que llegó en el mismo galeón que Li Zhao.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque soy investigador. Y porque una señora muy amable del Archivo General me buscó el registro de pasajeros del galeón de 1623. Siete pasajeros chinos. Uno de ellos, Li Zhao, cirujano. Otro, un fraile agustino que luego fundó una ermita en la bahía de Puerto Marqués.
—O sea, que ya sabes dónde está.
—Sé dónde estuvo. Hace cuatrocientos años.
Llegaron a Acapulco al mediodía. La bahía brillaba al fondo, azul y tersa. Las calles trepaban por los cerros en un desorden de casas de colores. Ricardo condujo hasta Puerto Marqués, una playa de arena dorada al sur de la ciudad. Al final de la playa, sobre un acantilado, se alzaba una construcción de piedra. No era una ermita. Era una ruina. Cuatro paredes. Un techo derrumbado. Un altar vacío.
—Ahí es —dijo Ricardo.
Subieron por un sendero de cabras. El viento del Pacífico les golpeaba la cara. La ermita estaba medio devorada por la vegetación. Las buganvilias habían crecido sobre las paredes como venas moradas.
—Busca debajo del altar —dijo Itzel—. Las ermitas del siglo XVII solían tener un hueco para guardar reliquias.
Ricardo se arrodilló. Palpó la base del altar. Las piedras estaban unidas con argamasa vieja. Pero una de ellas, la del centro, estaba suelta.