Itzel: La sombra de Bian Que

Capítulo 10: Medalla de honor, daga en la espalda

La ceremonia duró veinte minutos. El presidente le entregó la Medalla al Mérito Sanitario, leyó un discurso sobre la importancia de la medicina tradicional y posó para las fotos. Itzel sostuvo la medalla en la palma de la mano. Pesaba menos de lo que esperaba.

De vuelta en Iztapalapa, encontró la calle en silencio. Demasiado silencio. Doña Rosa la esperaba en la puerta de la clínica con los brazos cruzados.

—Te han pintado otra vez.

La fachada estaba cubierta de pintura roja. DESALOJO. 20 DÍAS. Las letras eran más grandes que las de la vez anterior. Más furiosas.

—¿Quién ha sido? —preguntó Itzel.

—Los mismos de siempre. Pero esta vez no se escondieron. Vinieron de día. Con un notario. Dijeron que el edificio tiene nuevo dueño.

—¿Qué dueño?

—Una empresa. Inmobiliaria del Valle.

Itzel sintió un frío en la nuca. Inmobiliaria del Valle era una subsidiaria del holding de los Calderón.

—Alberto —murmuró.

—Eso parece.

Esa noche, Alejandro apareció en la clínica. No llevaba chaqueta. Tenía la camisa arrugada y los ojos hinchados.

—Mi padre ha comprado el edificio —dijo, sin preámbulos—. Lo sé porque vi los papeles en su despacho. Usó una empresa fantasma para que no se notara.

—¿Y por qué me lo dices?

—Porque no estoy de acuerdo. Porque no quiero ser cómplice.

—Ya eres cómplice. Por acción u omisión.

Alejandro apretó los puños.

—Lo sé. Por eso estoy aquí. Quiero ayudar.

—¿Cómo?

—No lo sé. Pero tengo acceso a los archivos de mi padre. A sus cuentas. A sus contactos. Si hay algo que pueda servir para detenerlo, lo encontraré.

—Eso es traicionarlo.

—Sí.

—¿Y estás dispuesto?

Alejandro la miró. Sus ojos castaños tenían motas doradas que brillaban bajo el fluorescente.

—Llevo tres semanas sin dormir. Cada noche veo la cara de mi padre ofreciéndote un trato mientras sus abogados te quitaban la clínica por la espalda. Ya no quiero ver esa cara.

—Entonces ayúdame. Pero sin héroes. Sin sacrificios innecesarios. Encuentra algo que podamos usar y tráemelo.

—Trato hecho.

Cuando Alejandro se fue, la voz de Bian Que habló.

“此子已择。但其心仍未定。”

(Traducción: “Este joven ha elegido. Pero su corazón aún no está firme.”)

—Lo sé. Pero es lo que hay.

“善用其助。但勿全信。”

(Traducción: “Aprovecha su ayuda. Pero no confíes del todo.”)

—Eso hago.

Esa noche, Itzel no durmió. Se quedó sentada en la silla de los pacientes, con las páginas prohibidas sobre las rodillas. La tercera técnica, la Aguja de Fijar el Alma, era la que más le interesaba. Podía estabilizar a un paciente al borde de la muerte durante días. Pero tenía un precio: cada uso le costaba una parte de su yuan shen, su espíritu primordial.

—Maestro. ¿Cuántas veces puedo usar estas técnicas antes de que me maten?

“不知。无人用过三次以上而存活。”

(Traducción: “No lo sé. Nadie las ha usado más de tres veces y ha sobrevivido.”)

—Yo ya usé dos.

“然。故需慎。”

(Traducción: “Lo sé. Por eso debes ser cuidadosa.”)

—No tengo tiempo para ser cuidadosa. Tengo veinte días.

A la mañana siguiente, el Curador apareció.

No llamó a la puerta. Simplemente estaba allí, sentado en la silla de los pacientes, cuando Itzel salió de la trastienda. Llevaba un traje gris impecable. Su rostro afilado no mostraba emoción.

—Buenos días, Itzel.

—Usted no está invitado.

—Nunca lo estoy. Pero vengo con una oferta. La última.

—No me interesa.

—Debería. —El Curador cruzó las piernas—. Las páginas prohibidas. Entréguemelas. A cambio, retiro la orden de desalojo, cancelo la deuda de su clínica y le doy el nombre del hombre que mató a su madre.

Itzel sintió un golpe en el pecho.

—Mi madre murió de cáncer.

—Su madre murió intoxicada con un veneno lento que imita los síntomas de un carcinoma hepático. Alguien se lo administró durante meses. Alguien que recibió una orden.

—¿De quién?

—Eso es parte del trato.

Itzel apretó los puños. La voz de Bian Que dijo:

“彼言或实。但彼不会守信。”

(Traducción: “Puede que diga la verdad. Pero no cumplirá su palabra.”)

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué decide?

Itzel lo miró fijamente.

—No.




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