Itzel: La sombra de Bian Que

Capítulo 11: Treinta días para rendirme

La campaña de acoso empezó al día siguiente.

El proveedor de hierbas de Sonora se negó a venderle. «Me han dicho que si te vendo, me cierran el puesto», dijo Don Chepe, con los ojos húmedos. «Perdóname, muchacha». Itzel le dijo que no se preocupara. Pero se preocupó.

Los pacientes empezaron a recibir amenazas. A Doña Eulalia le dejaron una nota en la puerta: «Si vuelves a la clínica, te quemamos la casa». La anciana se presentó igual a la mañana siguiente. «A mi edad, el fuego no me asusta», dijo. Pero otros pacientes dejaron de venir.

Las ventanas de la clínica amanecieron rotas un jueves. Los vidrios estaban esparcidos por el suelo como dientes rotos. Itzel los barrió en silencio. Doña Rosa la ayudó.

—No te van a doblegar —dijo Doña Rosa.

—Lo sé.

—Pero quieren que tengas miedo.

—Ya tengo miedo. Pero no sirve de nada.

Doña Rosa la agarró del brazo.

—Sí sirve. El miedo te mantiene alerta. Pero no dejes que te paralice.

Esa tarde, Doña Rosa organizó a los vecinos. Doña Lucha, la de la tienda de abarrotes, trajo una cafetera y la instaló en la acera. Doña Carmen, la de los tamales, preparó comida para todos. Los albañiles de la obra de enfrente se turnaban para vigilar la calle.

—Si quieren cerrar esta clínica, van a tener que pasar por encima de nosotros —dijo Doña Rosa.

La calle Benito Juárez se convirtió en una fortaleza improvisada. Los vecinos dormían en turnos. Las mujeres preparaban infusiones para los pacientes. Los niños hacían dibujos de la clínica y los pegaban en las paredes.

Itzel los miraba y sentía algo que no había sentido desde la muerte de su madre. Comunidad.

Alejandro apareció al tercer día con una carpeta.

—He encontrado algo. En los archivos de mi padre.

—¿Qué?

—Contratos. Transferencias. Pagos a una fundación en Singapur. La misma que mencionó Ricardo. La Fundación Eterna. Mi padre lleva años financiándolos.

—¿A cambio de qué?

—De protección. De información. De acceso a tecnologías médicas que no existen en el mercado.

—Tecnologías robadas.

—Sí. A médicos tradicionales. A curanderos. A gente como tú.

Itzel miró los papeles. Eran pruebas. Pruebas de que Alberto Calderón no era solo un empresario corrupto. Era un colaborador activo de los Coleccionistas.

—¿Puedes hacer esto público? —preguntó.

—Si lo hago, mi padre va a la cárcel. Y yo con él. Como cómplice.

—¿Quieres hacerlo?

Alejandro se quedó callado. Luego dijo:

—Sí. Pero necesito tiempo.

—No tenemos tiempo. Nos quedan dieciséis días.

Esa noche, Itzel se sentó a estudiar la cuarta técnica prohibida: la Aguja de Transferir la Aflicción. Era la más peligrosa de todas. Permitía transferir la enfermedad o la herida de un paciente al cuerpo del médico. La sanación instantánea a cambio del sufrimiento propio.

—Esto no es medicina —dijo Itzel.

“然。乃牺牲。”

(Traducción: “No. Es sacrificio.”)

—¿Tú la usaste?

“一次。为吾妻。”

(Traducción: “Una vez. Para salvar a mi esposa.”)

—¿Funcionó?

“然。彼愈。吾病三月。”

(Traducción: “Sí. Ella sanó. Yo estuve enfermo tres meses.”)

—¿Mereció la pena?

“每日皆值得。”

(Traducción: “Cada día valió la pena.”)

Itzel cerró las páginas. No sabía si sería capaz de usar esa técnica. Pero sabía que, si llegaba el momento, lo haría.

Al día siguiente, un hombre apareció en la clínica. Era alto, delgado, con un traje barato y una placa del gobierno.

—Soy de la Secretaría de Salud. Traigo una orden de clausura definitiva.

Itzel la leyó. Estaba firmada por un juez. El motivo: ejercicio ilegal de la medicina, riesgo para la salud pública, desacato a la autoridad.

—Esto es falso.

—Es legal.

—Será legal. Pero no es justo.

—La justicia no es mi trabajo.

Los vecinos se congregaron en la puerta. Doña Rosa se plantó delante del inspector.

—Usted no va a cerrar nada.

—Señora, apártese.

—No.

El inspector miró a los vecinos. Eran treinta. Cuarenta. Cincuenta. Demasiados para un solo hombre con una orden judicial.

—Esto no se queda así —dijo.

—Siempre dicen lo mismo —respondió Doña Rosa.

El inspector se fue. La clínica siguió abierta.

Pero Itzel sabía que aquello era solo el principio. El Curador no se detendría. Alberto Calderón no se detendría. Zheng Wei, el Fundador, no se detendría.




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