Itzel: La sombra de Bian Que

Capítulo 12: Sangre en la Pirámide de la Luna

El mensaje llegó en un sobre negro. Sin remitente. Solo una fecha: «Mañana, al atardecer. Teotihuacán. Venga sola o no venga». Y el sello de la serpiente que se mordía la cola.

—Es una trampa —dijo Ricardo.

—Obviamente.

—¿Vas a ir?

—Sí.

—No deberías.

—Lo sé.

Itzel preparó una mochila. El estuche de agujas. Las páginas prohibidas. Una copia de los documentos de Alejandro. La brasa de Shu, envuelta en un paño húmedo.

—¿Y si no vuelves? —preguntó Doña Rosa.

—Voy a volver.

—Eso decía tu madre.

—Y siempre volvió.

Doña Rosa le dio un abrazo. Olía a café y a caléndula.

—Que Dios te acompañe.

—No creo en Dios.

—Él sí cree en ti.

Salieron al atardecer. Itzel, Ricardo, Alejandro y un grupo de vecinos armados solo con cámaras de video. Jimena Torres iba detrás, con su equipo de grabación. «Si esto sale mal, el mundo va a saber quiénes son», dijo.

Teotihuacán estaba vacío a esa hora. Las pirámides del Sol y de la Luna se recortaban contra el cielo anaranjado. El viento soplaba del norte, frío y seco. Las piedras milenarias crujían bajo sus pies.

Al pie de la Pirámide de la Luna, una figura los esperaba. No era el Curador. Era un hombre mayor, de rasgos chinos, con una túnica oscura. Sus manos estaban metidas en las mangas.

—Itzel García —dijo, con una voz que no era del todo humana—. La séptima generación. La que reúne.

—¿Es usted Zheng Wei?

—Soy lo que queda de él. Mi cuerpo es nuevo. Mi espíritu es antiguo. He esperado este momento durante trescientos años.

—Pues ya puede esperar otros trescientos. No voy a entregarle nada.

Zheng Wei sonrió.

—Eso dijeron otros antes que usted. Todos están muertos.

Hizo un gesto con la mano. De detrás de las ruinas, una docena de figuras emergieron. Eran Conservadores, con sus gabardinas oscuras y sus agujas negras. No eran los mismos de Acapulco. Eran más. Y estaban mejor entrenados.

—Esto es un secuestro —dijo Ricardo.

—Esto es una ofrenda —respondió Zheng Wei—. Usted será el recipiente del conocimiento que ha reunido. Su cuerpo albergará mi alma. Y juntos, gobernaremos la Fundación Eterna.

—Ni lo sueñe.

Itzel sacó el estuche de agujas. Los Conservadores avanzaron.

El primero atacó con una aguja negra. Itzel esquivó y le insertó una aguja en el punto Quepen. El brazo se le paralizó. El segundo intentó rodearla. Itzel giró y le clavó otra en el punto Zusanli. La pierna falló. El Conservador se derrumbó.

Pero eran demasiados.

—¡Itzel! —gritó Alejandro, forcejeando con un Conservador.

—¡Grábenlo todo! —gritó Jimena.

Itzel retrocedió hacia la pirámide. Zheng Wei la observaba sin moverse, con las manos aún metidas en las mangas.

—Es buena. Mejor de lo que esperaba. Pero no suficiente.

Tres Conservadores atacaron a la vez. Itzel no podía con todos. Uno de ellos le clavó una aguja en el hombro. Veneno. Lo sintió entrar en su sangre como fuego helado.

La voz de Bian Que dijo:

“散毒针。速!”

Itzel insertó una aguja en su propio punto Hegu. Buscó el veneno con su qi. Lo encontró. Lo expulsó. Pero el esfuerzo la dejó sin aire.

—Ha aprendido la segunda técnica —dijo Zheng Wei—. Impresionante.

—He aprendido más.

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

Itzel lo miró. Estaba a diez metros. Demasiado lejos para atacarlo. Pero no para la cuarta técnica.

“渡厄针。人之经络如江河。病气如淤塞。以自身之气通其淤塞,病气可导出。然导至何处?唯有导入己身。此乃医者之极道。非牺牲,乃医道。”

—¿Y si no puedo con todos?

“先退其众。再图其首。”

Itzel asintió. Se giró hacia los Conservadores.

—Vengan.

Atacaron todos a la vez. Itzel no esquivó. Dejó que la tocaran. Y con cada toque, absorbía su aflicción.

El primero. Una contractura crónica en el hombro derecho. La absorbió y sintió el dolor ajeno como un calambre que le recorría el trapecio. Pero también sintió algo más: la imagen del Conservador cayendo de un caballo a los doce años, el golpe seco contra la tierra, la vergüenza de llorar delante de su padre. La contractura venía con una memoria.

El segundo. Una migraña antigua, de esas que se alojan detrás del ojo izquierdo y no se van con nada. La absorbió y sintió el latido en la sien. Pero también sintió el sabor de una fruta podrida —un mango demasiado maduro que el Conservador había comido de niño, la primera vez que le dolió la cabeza— y el miedo de no saber qué le pasaba.

El tercero. Una úlcera de estómago, ardiente y ácida. La absorbió y sintió el ardor subirle por el esófago. Pero también sintió las noches en vela del Conservador, la rabia contra un superior que lo humillaba, el café bebido a deshoras para mantenerse despierto. La úlcera venía con una rabia que no era de Itzel, pero que entendía.




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