Itzel: La sombra de Bian Que

Capítulo 13: Despertar entre los vivos

Abrió los ojos y lo primero que vio fue el fluorescente. Zumbaba. Seguía zumbando.

—Bienvenida, muchacha.

Doña Rosa estaba sentada a su lado, con una taza de café en una mano y el delantal de girasoles en la otra. Tenía los ojos húmedos.

—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?

—Tres semanas.

Itzel intentó incorporarse. Un dolor agudo le atravesó el hombro derecho. La contractura. La migraña del sexto Conservador. La úlcera del tercero. Todo seguía allí, alojado en su cuerpo como huéspedes que se negaban a pagar renta.

—No te muevas —dijo Doña Rosa—. La doctora Valdés dice que tienes una arritmia y una contractura crónica en el trapecio.

—¿La doctora Valdés?

—La del juicio. La que temblaba. Lleva dos semanas viniendo todos los días.

Itzel se dejó caer sobre la almohada. La voz de Bian Que dijo:

“汝之用渡厄针。已损元神。三月之内。勿再用禁术。”

(Traducción: “Usaste la Aguja de Transferir la Aflicción. Tu yuan shen está dañado. No uses las técnicas prohibidas durante tres meses.”)

—¿Y si no puedo esperar?

“则死。”

(Traducción: “Entonces morirás.”)

Alejandro apareció en la puerta. Estaba más delgado. Tenía ojeras de no dormir.

—Despertaste.

—Eso parece.

—No vuelvas a hacer eso.

—¿El qué?

—Usar esas técnicas. Casi te mueres.

—Pero no me morí.

—Por poco.

Se sentó en el borde del catre. Le tomó la mano. Itzel la retiró.

—No soy una damisela en apuros.

—Lo sé. Pero yo no soy un héroe. Solo soy un hombre que lleva tres semanas sin dormir esperando a que despertaras.

—Eso es muy cursi.

—Es la verdad.

Esa tarde, Ricardo llegó con noticias. Llevaba una carpeta nueva y el ceño más fruncido de lo habitual.

—He estado rastreando los documentos de Alejandro. La Fundación Eterna tiene una base en Singapur. Allí es donde Zheng Wei se ha refugiado.

—¿Singapur? Eso está al otro lado del mundo.

—Sí. Y no podemos ir sin prepararnos.

—No pienso esperar tres meses.

—No hace falta. Pero sí necesitas recuperarte. Al menos unas semanas. Y yo necesito investigar. Si vamos a Singapur a por Zheng Wei, tenemos que saber exactamente dónde está y con qué fuerzas cuenta.

Itzel asintió.

—Investiga. Yo me recupero. Pero no voy a esperar mucho.

Esa tarde, la doctora Valdés apareció con su maletín. Su mano derecha apenas temblaba.

—Veo que ha despertado.

—Eso parece.

—Le hice un electrocardiograma mientras dormía. Tiene una arritmia. Leve, pero persistente. Y una inflamación en las articulaciones. Su cuerpo ha sufrido un estrés enorme.

—¿Puedo trabajar?

—Puede atender pacientes. Pero nada de levantar cajas, ni correr, ni usar técnicas que drenen su qi.

—Eso último no se lo puedo prometer.

—Lo sé. Pero se lo digo igual.

Abrió el maletín. Sacó un estetoscopio.

—Respire hondo.

Itzel obedeció. La doctora auscultó su pecho durante un minuto entero.

—El corazón está bien. Pero escúchelo de vez en cuando. Los corazones rotos no se oyen con estetoscopio.

—El mío no está roto.

—Lo sé. Pero ha estado a punto.

Esa noche, Itzel se sentó en el escalón de la clínica. Era la primera vez que salía desde que despertó. La calle estaba en calma. Los vecinos habían limpiado las pintadas. Los vidrios estaban nuevos. Doña Rosa se sentó a su lado.

—¿Cómo estás?

—Cansada.

—Eso no es nuevo.

—No. Pero ahora es distinto. Es un cansancio que no se va con café.

—Eso es la edad.

—Tengo veintitrés años.

—Pues la edad del alma. Que es distinta.

Itzel apoyó la cabeza en el hombro de Doña Rosa.

—Encontré un frasco con el nombre de mi madre. En la colección de Zheng Wei. Decía «Adquirida. 1998».

Doña Rosa apretó los labios.

—Lo sabía.

—¿Qué sabía?

—Que no fue cáncer. Tu madre estaba sana. Demasiado sana para un carcinoma así. Pero nunca tuve pruebas.

—Ahora las tengo.

—¿Y qué vas a hacer?

—Voy a ir a Singapur. Y voy a terminar lo que Zheng Wei empezó.




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