Itzel: La sombra de Bian Que

Capítulo 14: El sótano donde guardan a los muertos

Singapur olía a orquídeas y a aire acondicionado. Itzel bajó del avión con la mochila apretada contra el pecho. Dentro llevaba las páginas prohibidas, el estuche de agujas, la brasa de Shu y una copia de los documentos de Alejandro. Ricardo iba a su lado. Alejandro, detrás, con la mandíbula apretada.

—Es la primera vez que salgo de México —dijo Alejandro.

—Yo también —dijo Itzel.

—¿Cómo te sientes?

—Como si mi corazón quisiera salirse del pecho. Pero no por la arritmia.

La sede de la Fundación Eterna estaba en el centro financiero. Un edificio anodino de cristal y acero, con un logo en la puerta: una serpiente que se mordía la cola.

—Qué discreto —dijo Ricardo.

—Los monstruos no necesitan esconderse —respondió Itzel—. Solo necesitan parecer normales.

Entraron. El vestíbulo era frío, impersonal. Un recepcionista les preguntó a qué venían. Itzel mostró el sello de la serpiente —el que había copiado de la tarjeta del Curador— y dijo: «Vengo a ver al Fundador». El recepcionista palideció y los condujo al sótano.

La cripta subterránea era una sala abovedada con paredes de piedra. Vitrinas iluminadas. Frascos de formol con especímenes. Manuscritos en chino y español. Agujas antiguas de bronce y jade. Y en la vitrina central, un frasco. Pequeño. Con una etiqueta: «María Hernández. 1998. Adquirida».

Itzel se quedó mirando la etiqueta. No lloró. No gritó. Se quedó muy quieta, con las manos apretadas contra el vidrio.

—Mi madre no fue adquirida. Fue asesinada.

—Sí —dijo una voz a su espalda—. Lo fue.

Zheng Wei estaba en la entrada de la cripta. Llevaba la misma túnica oscura de Teotihuacán. Sus ojos tenían el peso de tres siglos. Pero su cuerpo era joven. No tendría más de cuarenta años.

—¿De quién es ese cuerpo? —preguntó Itzel.

—De un médico que se negó a colaborar. Era joven. Sano. Un buen recipiente.

—Usted es un monstruo.

—Soy un coleccionista. Es distinto.

—No. Es lo mismo.

Zheng Wei dio un paso hacia ella.

—He esperado trescientos años este momento. La séptima generación. La que reúne. Usted tiene lo que yo he buscado durante siglos.

—¿Las páginas prohibidas?

—Eso. Y más. Usted tiene la sangre de Chang Sang Jun. La voz de Bian Que. El conocimiento de los siete discípulos. Todo está en usted. Todo es usted.

—¿Y qué quiere?

—Quiero que sea mi heredera. La Fundación Eterna necesita un nuevo líder. Yo estoy cansado. Trescientos años cansan. Si usted acepta, todo esto será suyo.

—¿A cambio de qué?

—A cambio de su lealtad. Y de una cosa más. Quiero hablar con Bian Que.

La voz de Bian Que dijo:

“吾在此。”

(Traducción: “Estoy aquí.”)

—Dice que está aquí —dijo Itzel.

—Lo sé. Lo siento. Bian Que fue mi amigo. Mi maestro. Mi rival. Lo admiré más que a nadie. Y lo traicioné.

—¿Por qué?

—Porque era demasiado puro. Creía que el conocimiento debía compartirse. Que la medicina debía ser gratis. Que los médicos debían curar sin pedir nada a cambio. Y yo creía que eso era un error. Que el conocimiento sin control es peligroso. Que la medicina sin precio se devalúa.

—Él creía en la generosidad. Usted en el control.

—Exactamente. Y durante trescientos años, mi modelo ha funcionado. La Fundación ha preservado conocimientos que se habrían perdido. Ha financiado investigaciones que han salvado vidas. Ha creado una red de médicos que abarca todo el mundo.

—¿A costa de cuántos muertos?

Zheng Wei suspiró.

—He dejado de contar. Al principio los contaba. Luego dejé de hacerlo. Cuando has vivido tanto como yo, los números pierden sentido.

—Mi madre está en una de sus vitrinas.

—Su madre fue una pérdida. No la deseaba. Pero se negó a colaborar.

—No le estoy preguntando. Le estoy informando.

Itzel se giró hacia la vitrina. Forzó la cerradura con el mango del estuche de agujas. El vidrio se rompió. Tomó el frasco con el nombre de su madre.

—Esto me lo llevo.

—No se lo estoy impidiendo.

—Y esto —dijo Itzel, girándose hacia Zheng Wei— se acaba hoy.

—¿Cómo piensa detenerme?

—Con esto.

Sacó una aguja del estuche. La de jade. La que el Aprendiz le había regalado. La que Chang Sang Jun le había dado a su primer discípulo cuatrocientos años atrás.

Zheng Wei la miró. Su rostro no mostró miedo. Pero sus ojos sí.

—La aguja de Chang Sang Jun.

—La misma. ¿Sabe lo que hace?

—Sí. Puede destruir mi alma.




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