Ixtabay: La Serpiente

Capítulo único

Don Mateo comenzó a contarles a los niños:

Eran tiempos en los que las calles eran de tierra natural; no de esa tierra blanca que se compacta antes de finalizar con el asfalto de chapopote por el que transitamos hoy cuando salimos de compras. Aquello se parecía más a una brecha. En medio, se notaban las hierbas a los lados; a izquierda y derecha, el suelo ya estaba compactado, dejando ver la tierra firme por el paso constante de bicicletas, caballos y de las mismas personas. Todas las casas eran de bajareque, con las ventanas y puertas de madera. Para cerrar la puerta, se colocaba una tabla del tamaño del umbral o un poco más grande, dependiendo del gusto del dueño, para luego asegurar una tranca vertical u horizontal; en algunos casos, se colocaba en ambos lados para mayor seguridad.

¿Desconfiaban de alguien del pueblo?

No precisamente. El lugar estaba muy alejado de la ciudad y de sus muchas comodidades. La gente vivía con lo que proveían la tierra y el monte, muy cerca de las vivencias de los antiguos mayas que habitaron de esa misma manera. Se ocultaban de los animales salvajes —pumas, tigrillos, saraguatos y jaguares— y de los espíritus: el mal aire que rondaba sin explicación en su búsqueda de algo.

Hacia el sur del pueblo se encontraba otra comunidad donde se hallaba una pequeña iglesia. Los que estaban apegados a Dios tenían que ir hasta allá a pie, en bicicleta o a caballo; en promedio, el viaje tardaba una hora y media. Desde hacía muchos años, todos los habitantes se dormían antes de que el sol se ocultara. En ocasiones, miraban cómo el astro se escondía detrás de los árboles enormes, presenciando los últimos rayos de luz para darle la bienvenida a la luna. Justo en ese instante, todos se disponían a cerrar sus ventanas y puertas.

Una mañana, un joven llamado Santi corría con su carabina, dispuesto a cazar un jabalí. El primer disparo apenas rozó la pierna del animal, que huyó despavorido con una herida no letal. Santi, lleno de vida a sus diecisiete años, saltaba los troncos caídos dentro del monte y se abría paso con las manos donde las hierbas alcanzaban su propia estatura. El jabalí corría por su vida, adentrándose en lo más profundo de la maleza. En cuestión de instantes, el joven dejó de oír los pasos de la presa y perdió su rastro. Se detuvo en seco para intentar escuchar qué había sido del animal. Tras unos minutos inmóvil, aguzando el oído, escuchó un chillido brutal. El tigrillo se le había adelantado. Santi no lo pensó dos veces: dio media vuelta y corrió de regreso al pueblo sin mirar atrás. Conociendo los caminos del monte como la palma de su mano, llegó jadeando junto a su padre, Primitivo, quien en ese momento metía las reses al corral para liberar a otras. Los gritos de Primitivo y sus constantes chiflidos hacían que el ganado obedeciera, temeroso de un castigo.

—¡Papá! —dijo Santi, agitado y con la cara pálida. Primitivo miró a sus lados hasta encontrar a su hijo. —¡¿Qué sucede?! —soltó al fin. —Estaba siguiendo a un jabalí herido por donde están las manglobas y, de repente, chilló. Un tigrillo se lo comió. —¿Qué? No estés mintiendo, chamaco. Hace mucho tiempo que no se ve a un tigrillo por aquí, y menos cerca del pueblo. —Es verdad, papá. Cola y ojos negros como el carbón. Piel de manchas verdes con puntos negros. —Y sigues mintiendo. No hay tigrillos verdes… ¿Por dónde lo viste? —Primitivo le hizo la pregunta solo para que Santi se calmara. —Por allá —señaló con la mano. Primitivo, sorprendido, cambió su gesto por uno de molestia. Se acercó a Santi a grandes zancadas. —¡Te he dicho que nadie debe llegar hasta allá! ¡No puedo creer que me hayas desobedecido y que me estés mintiendo! —Es la verdad —dijo Santi en tono de rendición. —Te lo he dicho muchas veces, nunca debes ir allí. Todo el pueblo sabe que en ese lugar hay muchos animales salvajes y… —¿Y qué más? Primitivo miró por encima del hombro de su hijo, justo en dirección al lugar donde el muchacho había estado en peligro. —Creo que ya es momento de que lo sepas. Ya estás grande; además, pronto lo sabrás de todos modos —Primitivo hubiera preferido no decírselo, pero Santi ya era un joven adulto. —Dímelo, papá —pidió al notar en él una expresión de disgusto. No era lo que esperaba. Cuando su padre le daba consejos o alguna enseñanza, como cuando aprendió a usar la carabina, siempre ponía un rostro de felicidad al ver que su hijo absorbía los conocimientos de las generaciones anteriores. —Allí, donde se encuentran las manglobas, vive la Xtabay. Nadie va por ese lado del monte; siempre te he advertido que te alejes. Los que entran en ese lugar, no regresan. —¿No me crees que yo acabo de ir y volví? —interrumpió. Primitivo hizo una mueca con la boca y se quitó el sombrero de jipi. —Solo digo que los que han ido, no regresan vivos… El joven se molestó y, sin mirar atrás, caminó con paso firme hacia la casa.

Cuando llegó, su madre permanecía en la cocina. Miró a Santi y notó de inmediato su expresión de enojo. —¿Sucede algo? —No, mamá. Ahora resulta que la Xtabay vive cerca de las manglobas. La madre se detuvo, llena de preocupación, y se acercó a él despacio. —No debes ir a ese lugar, hijo. —¿Por qué tanto miedo si no hay nada? Ya fui y no me topé con nada malo. —Qué inocente eres, hijo.

Habían pasado las semanas y el pueblo ahora disfrutaba de las fiestas patronales. Bailes, alcohol y parejas de enamorados le daban vida a la alegría del lugar. Santi y dos de sus amigos se encontraban a espaldas de la escuela primaria, ocultos detrás de la pared de bajareque para beber a escondidas. Sonreían por la travesura, convencidos de que su momento de emborracharse había llegado, marcando el inicio de su vida como hombres. Santi tomó la botella con nerviosismo, dudando si debía beber o no. Jamás había visto a su padre borracho hasta el punto de caerse; lo normal era verlo tomarse acaso dos vasos de aguardiente. Ese pensamiento fue suficiente para que le pasara la botella a su amigo Emilio sin darle un solo trago. Emilio y José se terminaron el alcohol a grandes tragos, sin reprocharle nada a Santi.




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