El olor a café recién hecho la despertó.
Frunció el ceño mientras miraba la lampara de techo muy familiar.
No.
Era imposible.
Lo último que recordaba era el club, el caos, el jaguar.
Ella se incorporó de golpe.
―¿Qué…?
La puerta se abrió y entró Björn con una taza en cada mano.
―Buenos días, dormilona. Supuse que necesitabas uno de estos, luego de-
Ella lo interrumpió sin darle oportunidad de terminar.
—Primero que nada ¿Qué rayos sucedió? ¿Qué era eso? ¿Cómo llegué aquí? —. Las preguntas salían atropelladamente de sus labios.
Los recuerdos terminaron de golpearla.
Bajó la vista hacia su pierna, con algo de miedo de levantar la sabana por lo que vería, aun así, lo hizo y se estremeció por dentro.
No encontró nada.
Ligeras manchas de sangre seguían allí. Pero la piel estaba intacta.
No había ninguna cicatriz.
Ninguna marca.
Ella recordaba perfectamente el dolor, había visto aquellas garras atravesar su pierna. Los hechos y la evidencia se contradecían y eso, era imposible.
―Hubo un ataque. Tu fuiste uno de los heridos.
El hombre no dijo nada más, como si con eso explicara todo. Su boca se abrió un momento sin que las palabras saliesen. No podía creer que eso era lo único que diría.
―¿Quiénes atacaron? ¿Por qué no está aquí la policía?
Björn sostuvo su mirada. Había algo contenido en sus ojos, una respuesta que claramente había decidido no darle.
―No estás preparada para la verdadera respuesta.
―Prepárame. ―dijo automáticamente.
―No funciona de esa manera. ― su negativa la frustraba, porque ella era quien había sido herida, aunque ahora no hubiese marca de ello.
Björn le acercó una de las tazas de café, la cual recibió, pero no sin darle una mala mirada. Sabía por experiencia que, respecto a ese tema, en ese momento, no lograría sacarle alguna buena respuesta.
―Gracias. Ahora, necesito que te vayas. No me darás respuestas y es sábado. ―sintió un pequeño tirón.
―Domingo. Estuviste dos días inconsciente. ― replicó él.
Sus ojos se abrieron como platos y buscó de forma inconsciente su celular.
―Tu bolso está en la mesa de noche. ― indicó Björn.
Ella lo tomó apresuradamente y sacó el celular, 15 llamadas perdidas, apretó los ojos y las manos, por lo menos no era lunes y aun tenía tiempo para ponerse al día con el papeleo de su trabajo.
―Ahora, en serio. Necesito que te vayas. ―Le miró bastante seria. Su propio corazón dolió. Extraño.
―No. ― su voz sonó fuerte, aunque casi contenida. ―Necesitamos hablar. No del ataque. De nosotros. ― apretó los ojos, pero el rugido aún se escuchó en su voz ― Eres mía, Morgan. ― por un instante vio sus ojos cambiar, que no estaba segura si era o no producto de su imaginación.
Su corazón dio un vuelco mientras ella lo miraba algo incrédula.
Había repetido aquellas palabras.
¿Estaba loco?
―¿Nosotros? No soy de nadie. Así que no insistas. Si me trajiste aquí, sabes dónde está la salida. ― se levantó, su mente tratando de racionalizar la evidencia que tenía ante si misma. Pero, le tomaba algo de tiempo procesarla en su totalidad.
Fue al baño y se enjuago el rostro con agua, su corazón empezaba a latir desbocado que temía hiperventilar. Se cepilló intentando calmarse y cuando giró el seguía allí.
―Necesitamos hablar. ― volvió a decir y aunque intentaba mentirse, la evidencia frente a ella eran esos brillantes ojos amarillos ámbar. ―Eres mi compañera.
―¿Compañera? Hasta donde sé, no compartimos oficina. Y ahora soy yo quien no quiere decirte nada o hablar de nada. ― mentía. Pero continuaba molesta.
Björn aprovechó su salida del baño y la acorraló contra la pared, estaban casi en las mismas circunstancias que en el bar, sus ojos no dejaban ese tono raro.
―No intentes negarnos, Gatita. Te encantó besarme. ― su voz grave resonó contra sus labios.
Ella se resistía.
Aunque algo en su piel tiraba hacia él.
―Eso no importa ahora. ― susurró, pero empezaba a ablandarse.
Como todo felino él rozó la barba contra su mentón, causándole cosquillas, no entendía que sucedía consigo misma. Era un impulso que no controlaba que la hacía querer acariciarlo.
Las manos fueron a sus cabellos y con la tentación siendo tanta, cuando él la atrajo de la cintura ella no se negó, dejó que sus cuerpos se amoldasen en un abrazo donde podía escuchar su corazón.
―Solo yo puedo protegerte. ― le susurró mientras dos dedos acariciaban su espalda baja.
Se enojó. Una parte de ella quería creerle. La otra recordaba demasiado vívidamente las garras atravesando su pierna.
―¿Protegerme de qué? ¿Por qué no eres claro? ― Morgan lo empujó, rompiendo el abrazo. ―¿Qué era eso? Porque no era un ser humano, pero tampoco un animal ¿No es cierto? Soy nueva aquí. Mi casa es el lugar más seguro para mí. ― la diatriba salió libre, acida, tajante.
Morgan evito mirarlo. Cada vez que lo hacia el tirón dentro de ella se hacía más fuerte.
―Te iras conmigo. Quieras o no. Te rastrearán. No puedo estar aquí más. Debo volver a mi trabajo. ¿Quieres que te maten? ― al parecer la había cuidado esos dos días, sus ojos no habían dejado el amarillo.
Lo miró y antes de poder arrepentirse escupió el veneno que había en su garganta.
―No. No quiero morir. Pero, lo que sea que hizo esto. Si tu pudieses protegerme, no hubiese resultado herida, pero me hirieron ¿verdad? Bajo tu “protección” ― Morgan hizo comillas en el aire.
El rostro de Björn se descompuso en una mueca.