Las manos de Parker temblaron un poco al recibir la carta.
Ella se ubicó detrás de él y le vio leerla en silencio mientras rememoraba esas palabras, esas que había leído el día de la lectura del testamento de sus padres.
Querida hija,
Si estás leyendo esto, significa que ya hemos partido de este mundo. Nunca encontramos el valor en vida para contarte esto, pero considero que es muy injusto para ti, no conocer la verdad.
Tu verdad.
Nosotros tuvimos dificultades para concebir, tu madre sufría de Endometriosis profunda y pese a múltiples cirugías y tratamientos de fecundación in vitro, no se dio para nosotros tener hijos biológicos.
Estuvimos en la lista de adopción durante mucho tiempo. No lo conseguimos.
Entonces apareció una mujer.
Nunca nos dijo su nombre. Solo afirmo que podía darnos aquello que más anhelábamos: Una hija.
El anhelo de convertirnos en padres nos cegó.
Aceptamos.
Al día siguiente llegó contigo en brazos.
Nos impuso tres condiciones: Marcharnos de aquel lugar, no revelar jamás como habías llegado a nosotros y darte de manera periódica una infusión de hierbas. Tu “té especial.”
Nunca supimos por qué.
Sólo sabíamos que cuando dejábamos de dártelo, enfermabas. La fiebre subía, tu cuerpo ardía y temíamos perderte.
Así que nos dijimos a nosotros mismos que era necesario y seguimos haciéndolo durante todos estos años, convencidos de que era lo único que podía mantenerte sana.
Espero que algún día puedas perdonarnos.
No sabemos quienes son tus padres biológicos. La mujer nunca nos lo dijo.
Lo único que traías contigo fue una pequeña tobillera de oro. La hemos guardado para ti durante todos estos años. Quizás algún día pueda ayudarte a descubrir de dónde vienes.
Perdónanos por nuestro egoísmo y no contarlo en vida.
Pero, encima de cualquier verdad, queremos que nunca dudes de una cosa.
Eres nuestra hija.
Siempre lo fuiste.
Observa las manos de Parker tensarse en el papel, antes que vuelva a mirarla a ella. Su rostro se torna en una expresión pensativa antes de devolverle la carta.
―La tobillera ¿aun la tienes?
Morgan asiente.
―Si, está guardada con las cosas de mis padres.
Parker guarda silencio.
― ¿Qué pasa?
La pregunta parece sacar a Parker de su ensimismamiento, pero duda y solo niega.
―Nada… solo… me recordó algo.
La habitación queda nuevamente en silencio. No sabe que pensar. Imagina que Parker tampoco sabe que decirle y es que ¿Qué le dices a alguien que descubrió que sus padres de crianza no son sus padres biológicos y que a ella probablemente la robaron de alguna familia o de un orfanato?
Morgan guardo la carta en su respectivo sobre con una delicadeza casi reverencial. Desde que había leído la carta por primera vez buscaba indicios o cosas a las que aferrarse. El papel ya estaba casi desgastado por las veces que la había leído. Probablemente la leería nuevamente mas tarde.
―Recuerdo que de niña detestaba ese té. ― susurró con voz suave. ―Nunca entendí porque enfermaba cuando dejaban de dármelo. ― murmuró mas para si misma que para Parker. Todo de esa época eran recuerdos demasiado confusos en su mente.
Ella se acostumbró a la rutina que, aunque no le gustaba, pasó a ser ese sabor conocido que ya no molesta, no como hacía antes.
― ¿Cómo era? ― preguntó Parker.
Su mente quedó un momento en blanco y ladeo la cabeza con el seño fruncido.
― ¿Qué cosa?
―La infusión.
―Bastante amarga. ― hace un pequeño estremecimiento de asco. ―Me dejaba la lengua dormida y tenía un olor fuerte como a hierbas recién cortadas. No las volví a probar luego de la muerte de mis padres. Mamá solía echarle algo de miel y ni así cambiaba.
Sacudió la cabeza y negó.
― ¿La tomabas todos los días? ― preguntó Parker.
―No, eran dos veces por mes y la medida nunca era mucha.
Morgan regresó la carta a su respectiva gaveta antes de volver a la sala con Parker.
Pero, estaba demasiado distraído, lo cual era curioso, teniendo en cuenta que la que acababa de contar un gran descubrimiento era ella.
Después de eso, ninguno encontró nada importante que decir. Hablaron de cualquier cosa, más por llenar el silencio que por verdadero interés, hasta que Parker terminó despidiéndose.
La mente de Morgan seguía intranquila. Parker le había aclarado varias y diversas cosas, pero solo la había llenado de más preguntas.
Suspiró removiendo las piernas en el sofá intentando distraerse con la televisión, su mente no oía nada. Por lo que tomó su bolso, las llaves y salió de casa.
La brisa soplaba suave mientras sus pensamientos inquietos continuaban. Sus pies la volvieron a llevar al bosque, aunque no hacía la misma ruta de siempre. Ella se detuvo a si misma y cambio de dirección.
―No. ― se dijo. No mas bosque por ahora. En cambio, tomó rumbo hacia una de sus cafeterías favoritas de la zona central de la ciudad.
Con sus sentidos aumentados, era algo difícil para ella pasar olores que antes pasaba por alto.
El aroma del café recién molido predominaba sobre cualquier otro.
Antes jamás había distinguido los matices.
Ahora, cada ingrediente, la vainilla, la canela el chocolate, estaban presentes.
Podía incluso sentir el olor del perfume que llevaba la mujer que esperaba en la fila.
Era demasiado.
Debía aprender a lidiar con el exceso de información, pero todo se sentía demasiado reciente.
Una sonora carcajada se escuchó al fondo del local, se estremeció y giró apenas un instante.
Su hombro chocó con alguien y café caliente salió disparado.
Cerró los ojos de forma casi que automática, no porque no desease ver lo que había causado, sino por acto reflejo.
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Editado: 02.08.2026