El profesor McKenna guiaba al joven matrimonio de los Clementine-Woods para llevarlos al ala donde se hospedaban los matrimonios conformados por profesores.
–Somos dos matrimonios, con ustedes sumamos tres. -comentó Angus-. Mi esposa, Felicia y yo, pero ella ya se encuentra en casa de su madre, para el nacimiento de nuestro hijo, yo no tardo mucho en irme, en cuatro o cinco días. -explicó el profesor-. El otro matrimonio, son un par de jóvenes, muy jóvenes, si me lo preguntan, son un par de alumnos: Taylor Cortéz aún Domestia de octavo curso y Dominique Fewrtz, Electria de séptimo. -dijo.
–¿La chica que fue atrapada por el Teneskhlam? -preguntó Marlon Clementine.
–Sí, la misma. -respondió el profesor Angus McKenna-. Trágico lo que le pasó.
–Tragedia sería si Dominique muere dentro del monstruo. -defendió Sophie.
–¡Pues yo no pienso permitirlo! -exclamó de pronto Taylor Cortéz, saliendo de la habitación que le había sido asignada, vestía su uniforme de Domestia, todo arrugado y con algunas manchas amarillentas en la camisa que debería ser blanca, no propias de los colores de su Casa, balanceaba frenéticamente su varita, apuntando de manera peligrosa a los tres adultos.
–Mi esposo y yo hemos venido para ayudarlos a evitar que eso suceda. -dijo Sophie con voz tranquila, tomando control de la situación, como la Astylige que era-. Pero primero necesito que bajes la varita. -explicó la Astylige, de reojo miraba hacia atrás, hacia su esposo y al profesor McKenna, como advirtiéndoles que no sacaran sus varitas.
Taylor Cortéz pasó la mirada de la delgada, pero con autoridad, figura de la mujer que tenía enfrente, hacia los dos hombres que estaban detrás de ella, reconocía al profesor Angus McKenna. El joven se pasó un nudo, y apretó su varita en su mano, antes de bajarla; algo en la mirada de esa mujer, aunque no la había visto nunca antes, le parecía algo familiar.
–¿Q’quiénes son ustedes? -preguntó Taylor Cortéz, que aunque había bajado su varita, aún la sostenía firmemente en su mano que colgaba casi laxa, se mantenía preparado.
–Soy Sophie B. Woods, soy Astylige de campo, y escuché que Schadraio estaba a punto de una calamidad. -explicó Sophie, que pasaba la mirada del rostro de Taylor Cortéz a su mano que todavía sostenía la varita, tenía que estar preparada por si el joven lanzaba un hechizo-. Él es mi esposo, Marlon Clementine. -dijo señalando a su espalda a su esposo, sin despegar la vista del muchacho.
Taylor Cortéz aflojó el agarre de la varita, un dedo a la vez.
–¿Marlon Clementine, el zoólogo mágico? -preguntó Taylor Cortéz.
–Sí, el mismo. -habló Marlon Clementine.
–¡No! -exclamó Taylor Cortéz desesperado-. ¡Todo está mal! -exclamó el muchacho, levantando su varita, cuya punta empezaba a brillar con un hechizo incipiente que podría lanzar a cualquiera de los presentes.
–¡Stadiriq! -exclamó Sophie de inmediato, con su varita al aire, velocidad de reacción presumiblemente de sus años de servicio como Astylige de campo, había estado servicio a muchas misiones y si velocidad de respuesta la había ayudado a salvar muchas vidas.
Taylor Cortéz se quedó paralizado en su sitio, el brillo en la punta de su varita comenzó a palidecer, hasta extinguirse, mientras el muchacho, comenzó a temblar como gelatina al encontrarse completamente detenido, incapaz de moverse.
La Astylige Sophie B. Woods, al confirmar que Taylor Cortéz estaba totalmente paralizado, se acercó a él y le retiró la varita, e inmediatamente después lo cacheó para asegurarse de que no tenía otra varita en su poder, cuando estuvo segura, teniendo la varita de Taylor Cortéz lejos del alcance de él, y no habiendo ninguna otra, finalizó el hechizo.
El muchacho, que prácticamente había estado congelado en su lugar, sintió sus piernas vencerse, y no estrelló las rodillas contra el piso, porque la Astylige estaba lo suficientemente cerca que pudo sostenerlo.
–Necesitas un baño, chico, y con urgencia. -dijo Sophie B. Woods, haciendo pucheros por el olor fuerte que el joven desprendía-. Y dónde está la cortesía, no puedo cargarlo yo sola, el chico está en calidad de bulto. -llamó la atención tanto a su esposo Marlon Clementine como al profesor Agnus McKenna, quienes reaccionaron inmediatamente al regaño y se acercaron para ayudar.
Una hora más tarde, después de que los tres adultos ayudaran al joven a lavarse se encontraban los cuatro en el comedor escolar, acompañando al chico mientras cenaba, comía desesperado, como si no lo hubiera hecho en los días pasados, y no debía haberlo hecho, así como que tampoco se había aseado, por la preocupación que sentía por la situación en la que se encontraba Dominique.
–Come con calma, nadie te va a quitar el plato. -dijo Sophie B. Woods, con empatía, después de ver cómo Taylor Cortéz se atragantaba con los últimos bocados.
–No ha comido, y si lo ha hecho, ha sido el mínimo. -comentó el profesor Angus McKenna.
–Pues qué falta de compromiso con los alumnos, podría haberle llevado algo de comer y haberlo obligado. -dijo con reclamo Sophie B. Woods al profesor McKenna, recargándose con los codos sobre la mesa.
–Sophie… -susurró Marlon Clementine, el esposo, con preocupación.
El profesor McKenna se removió incómodo, pero no dijo nada, tampoco hizo nada, ¿qué podría hacer delante de una Astylige consumada, aunque joven, como Sophie B. Woods?