Jane

Capítulo 2

Le despertó un sobresalto. Alguien había tocado a la puerta.

—¿Señor Anderson?

¿Por qué tenían que llamarlo señor?

—¿Quién es?

Sólo se le ocurrió preguntar eso, medio dormido como estaba.

—No ha salido a desayudar. Debe ir en breves.

Era la voz de un hombre que no parecía muy mayor. Rick se sentó en la cama y descubrió que se había quedado dormido completamente vestido. De nuevo la ligera tirantez en la herida.

—¿Señor Anderson?

Rick puso los ojos en blanco y resopló.

—Ya voy—dijo con voz cansina.

Pero ir, ¿a dónde? Nadie le había explicado cómo funcionaba nada allí, ni porqué tenía un horario para ir a desayunar, ni... Se levantó y cogió el pequeño mando, poniendo de nuevo la pantalla que mostraba el cielo azul y las nubes. Porque debía ser de día, ¿no? Miró a su alrededor, pero estaba claro que en aquella pequeña habitación no encontraría el baño. Se pasó una mano por la cara, intentando despejarse, y salió. El pasillo estaba vacío y miró a ambos lados. Se decidió a ir hacia la derecha, que era de donde había venido cuando el hombre armado lo había traído. Llegó hasta un cruce de pasillos y entonces, a mano izquierda, al final del pasillo, vio una señal de baño. Cuando llegó y entró, enseguida pensó que era un milagro que estuviera vacío, porque al parecer tocaría ducharse junto con todos los demás hombres con los que viviera en aquella residencia o lo que fuera.

Estuvo un buen rato más deambulando por largos pasillos hasta que llegó al gran vestíbulo en el que había estado al salir del hospital, sólo que en aquel momento estaba vacío. En esa ocasión se dio su tiempo para observar todo tranquilamente. Al parecer los hombres y mujeres que vivían allí estaban distribuidos por grupos de edad e iban a diferentes disciplinas que a Rick le parecieron de lo más corrientes. ¿Sería aquello una universidad? Lo que no entendía era por que en el siglo en el que estaban aún separaban a los alumnos por sexo.

Se fijó en una mujer, que estaba detrás de un mostrador, manejando una pantalla holográfica con las manos. Frunció el ceño y sacudió la cabeza. Se apartó los largos cabellos de delante de la cara y se dirigió al mostrador.

—Buenos días.

—Buenos días—le contestó ella, mirándolo, sorprendida—¿Por qué está aquí?

—Eso mismo me pregunto yo. Me desperté ayer sin saber cómo había llegado aquí y aún no me han explicado nada. ¿Podría usted...?

—¿Cómo se llama?—lo cortó, impaciente.

—Richard Anderson.

La chica abrió mucho los ojos.

—Usted es el p1.

—Sí, muy curioso, ¿qué significa eso?

Ella miró disimuladamente a su alrededor, para comprobar si había alguien.

—Es complicado, señor Anderson.

Rick frunció el ceño. Tanto secretismo le estaba poniendo de los nervios. La barriga le rugió de hambre.

—Debería ir a desayunar. Ya han terminado, pero usted seguro que puede ir a cualquier hora.

—Por un motivo muy complicado que nadie me explicará, ¿verdad? ¿Es esto una universidad? ¿Un hospital?

—Es una... institución privada.

—¿De qué tipo?

Entonces, ella puso una sonrisa que le recordó a las del teatro japonés Noh, y supo que no conseguiría ninguna respuesta más.

Suspiró resignado.

—¿Dónde está el comedor?

—Siga recto al final del vestíbulo y llegará enseguida.

—Gracias...

Se estaba alejando ceñudo del mostrador, con evidente alivio por parte de la chica, cuando se fijó en un pequeño calendario que había encima. Mayo. Él no recordaba estar en mayo. De hecho, la última vez que recordaba haber tocado era en el concierto de septiembre en un local muy popular del centro... 2168. Abrió mucho los ojos. Miró a la chica, que había pasado de estar de pie a sentarse lentamente en la silla que había justo detrás de ella, aún con la sonrisa congelada en el rostro. Rick le señaló el calendario.

—Estáis un poco locos, ¿no? ¿2168? Venga ya. ¿Y dónde tenéis aparcado el Delorean?

Se rió por lo bajo con la canción de The Power of Love en la cabeza, mirando a su alrededor.

—¿Esto es un psiquiátrico?

—No—contestó la chica con un hilo de voz.

Rick la miró, borrando la sonrisa de la cara lentamente. Volvió a mirar el calendario. Y de nuevo a la chica. Entonces, sintió que la cara le empezaba a arder.

—¿Pero estáis todos locos?—gritó, y su voz resonó en todo el vestíbulo.

La chica se asustó. Se dio cuenta de lo enfadado que estaba el chico que tenía delante y no sabía qué hacer. Bajo ningún concepto podía explicarle nada, pero sin embargo, podía entender perfectamente su reacción. Nadie querría despertar en el año que no era y que nadie le quisiera dar a uno explicaciones. Simplemente respiró hondo y apretó el botón que debía en el teléfono. Cogió el auricular y esperó que no se demorase la respuesta. Le levantó un dedo al chico con una sonrisa lo más amable que fue capaz, para que callara un momento. Estaba rojo y hiperventilaba.

—Tengo aquí al señor Anderson y está ligeramente disgustado, he pensado que al ser él...

Y le colgaron.

—¿Alguien va a darme ya una maldita explicación?—le gritó el chico.

La chica no sabía qué responder, así que le dirigió de nuevo una sonrisa tranquila, pero al parecer no sirvió de nada y Rick se enfadó aún más.

Rick se volvió, porque en aquel momento llegaban de un ascensor del fondo dos hombres enormes, como el que lo había acompañado el día anterior, y otro de un tamaño más común, algo más mayor. Iba trajeado. Rick se fue hacia él.

—Vaya, espero que por fin se me de alguna explicación de porqué estoy aquí y tienen ustedes calendarios tan extraños.

El hombre se detuvo frente a él y le dedicó una sonrisa.

—Buenos días, señor Anderson. Me llamo Baltimore.

—¿Buenos días?

—¿Ha usted desayunado?

Rick enarcó una ceja y no pensaba contestar a una pregunta tan banal, pero su estómago se volvió a quejar.




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