Jaque Perpetuo

CAPÍTULO 1.

Por supuesto que está lloviendo

Por supuesto que está lloviendo.

Si mi vida fuera una película de bajo presupuesto producida por un estudiante de cine, el director estaría gritando ahora mismo: «¡Más agua! ¡Necesito que el cielo llore por la tragedia de esta familia!».

Pero esto no es una película. Es la realidad. Y la realidad es que estoy empapada, mis botas de imitación se están deshaciendo en el barro y el conductor de Uber acaba de dejarme en la entrada de la reja principal con una prisa sospechosa, como si temiera que la mansión Blackwood fuera a cobrarle un peaje.

No lo culpo.

Si yo pudiera, también huiría.

Miro la estructura gótica que se alza frente a mí. Las gárgolas de piedra me devuelven la mirada desde el tejado. Juro que una me está juzgando por mi corte de pelo.

No tengo paraguas. Tampoco tengo dignidad, aparentemente, porque aquí estoy. Diez años después de haber jurado sobre la tumba de mi hermana que preferiría arrancarme los ojos con una cuchara oxidada antes que volver a pisar este lugar, he vuelto.

¿La razón? 20 millones de dólares. Y una deuda de juego de mi exnovio que unos tipos muy amables con bates de béisbol me han sugerido pagar antes del viernes.

Empujo la reja de hierro. Chirría. Por supuesto que chirría. Camino por el sendero de grava, sintiendo cómo el agua fría se cuela por mi cuello. A medida que me acerco al portón de roble macizo, veo una silueta esperándome bajo el pórtico.

No necesito verle la cara para saber quién es. Esa postura rígida, como si tuviera un palo de escoba metido en el recto, y esa aura de superioridad moral solo pueden pertenecer a una persona.

Kael.

El "hijo" perfecto que Silas compró, no el que engendró. El perro guardián del abuelo Silas. El hombre que probablemente plancha sus calzones.

Subo los escalones de piedra, limpiándome el agua de los ojos. Él está impecable, maldita sea. Lleva un traje negro hecho a medida que cuesta más que todos los órganos de mi cuerpo juntos. Ni una gota de lluvia se ha atrevido a tocarlo. Cruzado de brazos, se apoya en el marco de la puerta como si fuera el dueño del infierno y yo una pecadora llegando tarde al registro.

—Llegas tarde, Nora —dice. Su voz es grave, suave y fría. Como el terciopelo guardado en un congelador.

Me detengo a un metro de él.

—Y tú sigues siendo tan cálido como un témpano, Kael —replico, escurriendo un mechón de pelo mojado—. ¿Me extrañaste? ¿O solo extrañabas tener a alguien a quien mirar con desprecio mientras lustras tus cuchillos?

Él no parpadea. Sus ojos, de un gris tormentoso que debería ser ilegal, me escanean de arriba abajo. Se detienen en mis botas sucias, suben por mis vaqueros desgastados y terminan en mi cara sin maquillaje. Hace una mueca casi imperceptible.

—Veo que la vida en la ciudad te ha tratado... acorde a tus expectativas.

—Si con "acorde" te refieres a que soy libre y no tengo que lamerle las botas a un viejo sádico, entonces sí, me ha ido de maravilla. —Sonrío, enseñando demasiados dientes—. ¿Cómo está el abuelo? Ah, espera. Está muerto. Mi error.

Kael se separa del marco de la puerta. De repente parece mucho más alto. Da un paso hacia mí y mi instinto de supervivencia, ese que lleva dormido años, se despierta gritando. Invade mi espacio personal con una facilidad insultante.

—Ten cuidado, Nora —susurra, inclinándose un poco—. Silas puede estar muerto, pero esta sigue siendo su casa. Y yo sigo siendo quien saca la basura.

—¿Eso es para lo unico que sirves o es una amenaza, Kael? —le sostengo la mirada, aunque el corazón me martillea contra las costillas—. Porque si vas a echarme, hazlo ya. El Uber todavía no debe estar lejos y tengo una botella de whisky barato en el bolso que me llama por mi nombre.

Él me mira. Por un segundo, la máscara de frialdad se agrieta y veo algo más. ¿Ira? ¿Asco? Probablemente una mezcla. Es nuestra dinámica habitual: nos odiamos con la misma intensidad con la que otros se aman.

—Entra —dice finalmente, haciéndose a un lado—. El circo no puede empezar sin el payaso principal.

—Qué caballero. —Paso por su lado, golpeando deliberadamente mi hombro contra el suyo—. Espero que hayas preparado mi habitación. La que no tiene cámaras ocultas, si es posible.

—En esta casa siempre hay alguien mirando, Nora. Deberías recordarlo.

Entro en el vestíbulo y el olor me golpea. Es una mezcla de cera para muebles, flores rancias y dinero antiguo. El tipo de olor que se te mete en los poros. Nada ha cambiado. La misma lámpara de araña de cristal que parece una amenaza de muerte suspendida, los mismos retratos de antepasados que parecen estreñidos y la misma sensación opresiva de que las paredes se están cerrando.

Y, por supuesto, los buitres están en la sala de estar.

Ahí están. Mi "querida" familia.

Tía Beatrice está sentada en el sofá de terciopelo, aferrada a una copa de jerez como si fuera agua bendita. Lleva un vestido negro y un collar de perlas tan apretado que me sorprende que le llegue oxígeno al cerebro.

El tío Marcus pasea de un lado a otro frente a la chimenea, comprobando su reloj de oro cada tres segundos. Probablemente tiene una deuda mayor que la mía o una amante esperándolo en las Bahamas.

Y en la esquina, vapeando como si su vida dependiera de ello, está mi primo Julián. El genio informático de la familia, o eso dice él. A mí siempre me pareció que solo era bueno para descargar porno ilegal.

—¡Vaya, vaya! —exclamo, tirando mi bolso mojado sobre una silla Luis XV de incalculable valor. El tío Marcus hace una mueca de dolor físico—. Miren a quién trajo la peste negra.




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