Jaque Perpetuo

CAPÍTULO 3.

La botella de whisky golpea contra mi pierna con cada paso

La botella de whisky golpea contra mi pierna con cada paso. Es un sonido reconfortante, un recordatorio de que, aunque estoy atrapada en una casa de los horrores diseñada por un sociópata, al menos tengo alcohol.

El pasillo del ala este está tal y como lo recuerdo: largo, oscuro y con esa temperatura ártica que te hace preguntarte si el aislamiento térmico lo hicieron con cubitos de hielo. Hay retratos de antepasados mirándome desde las paredes. Todos tienen esa expresión de "hemos matado exclavos por diversión". Les levanto el dedo medio a un tatarabuelo con bigote mientras paso.

—Púdrete tú también, Archibald.

Llego a la puerta de mi habitación. La tercera a la izquierda. Mi mano tiembla un poco cuando la acerco al panel biométrico que Kael instaló. Una luz roja escanea mi pulgar.

Acceso concedido.

La puerta se abre con un chasquido suave. Empujo la madera y entro.

El olor me golpea primero. No huele a cerrado. Huele a vainilla barata y laca para el pelo. Huele a 2014.

Busco el interruptor de la luz. La lámpara del techo parpadea antes de iluminar el museo de los horrores de mi adolescencia.

—Santo Dios —murmuro, horrorizada.

Silas no tocó nada.

Absolutamente nada.

Las paredes están cubiertas de posters. Hay uno gigante de una banda de 1D otro de BTR, que fingía que me gustaba para parecer interesante, y otro de una película de vampiros brillantes que ahora me da vergüenza ajena admitir que vi cinco veces.

La cama está deshecha, con esa colcha de flores horrible que mi madre eligió antes de morir. Sobre el escritorio hay una pila de revistas de moda y una taza con moho fosilizado en el fondo.

Es una cápsula del tiempo.

Dejo la botella de whisky sobre el escritorio, apartando un cuaderno con pegatinas de calaveras, y me siento en la cama.

Me saco el móvil del bolsillo, solo por costumbre. Sin servicio. Sin Wi-Fi.

—Genial.

Me tumbo boca arriba, mirando el techo. Intento relajarme, intento decirme a mí misma que esto es solo un juego estúpido para conseguir dinero, pero mi mirada se desvía inevitablemente hacia la pared derecha.

Hacia la puerta comunicante.

La puerta que conecta mi habitación con la de Lia.

Está cerrada. Siempre estaba cerrada. Lia valoraba su privacidad más que su vida... irónicamente. Pero ahora, esa puerta parece vibrar. Silas dijo que quería que resolviéramos el asesinato.

¿Habrá dejado la escena del crimen intacta también?

Me levanto. Mis botas hacen eco en el suelo de madera. Me acerco a la puerta comunicante. Pongo la mano en el pomo de latón frío.

Giro.

Está abierta.

El corazón se me sube a la garganta. Empujo la puerta lentamente. Las bisagras gimen, un sonido agudo que me eriza la piel.

La habitación de Lia está a oscuras. La luz de mi cuarto entra en un ángulo agudo, iluminando el polvo que flota en el aire. Entro. Hace más frío aquí. Mucho más frío.

Huele a ella. A ese perfume caro de rosas y almizcle que robaba de las tiendas del aeropuerto.

Busco el interruptor. Nada. La luz no funciona. Por supuesto. Silas quiere ambiente.

—Muy sutil, abuelo —digo en voz alta, intentando espantar el miedo con mi propia voz—. ¿Qué toca ahora? ¿Un fantasma saltando del armario?

Mis ojos se adaptan a la penumbra. Veo la silueta de su cama con dosel. El tocador lleno de frascos de cristal. El espejo de cuerpo entero donde se miraba durante horas buscando imperfecciones que no tenía.

Y entonces lo veo.

En el suelo, justo al lado de la cama, hay una marca. Una mancha oscura en la alfombra beige que nadie se molestó en limpiar a fondo. O quizás Silas ordenó que no se limpiara.

Sangre seca. Vieja. Oxidada. El viejo será un enfermo que ni siquiera la limpió.

Ahí es donde la encontraron. Ahí es donde...

Un ruido detrás de mí me hace dar un salto de medio metro. Me giro tan rápido que casi me tropiezo con mis propios pies.

—¡Joder!

No hay nadie. Ha sido la puerta. Se ha cerrado de golpe.

Corro hacia ella y giro el pomo. Bloqueada.

—¡Mierda! ¡Abre! —Golpeo la madera—. ¡No tiene gracia!

Estoy encerrada en la habitación de mi hermana muerta. A oscuras. Con una mancha de sangre en el suelo.

Respiro hondo. Uno, dos, tres. El pánico no ayuda, Nora. El pánico te hace cometer errores. Busco en mis bolsillos y saco el mechero que encontré en la cocina antes de subir. Lo enciendo. La pequeña llama baila, proyectando sombras largas y deformes.

Me acerco a la mesita de noche de Lia. Si Silas quiere que juguemos a los detectives, jugaré.

Abro el primer cajón. Vacío. El segundo. Ropa interior de encaje. El tercero...

Hay algo pegado con cinta adhesiva en la parte superior del interior del cajón. Paso los dedos y siento el papel. Tiro de él.

Es una nota. Papel de cuaderno arrancado.

Acerco la llama del mechero para leer. La letra es de Lia. Esos bucles exagerados en las "y" son inconfundibles.

"3:00 AM. Invernadero. Ven solo. Si se lo dices a alguien, le envío el video a papá."

No hay fecha. Pero hay algo más. En la esquina inferior, garabateada con una letra diferente, mucho más angulosa y agresiva, hay una respuesta:

"Voy a ir. Pero si vuelves a amenazarme, te mataré."

La nota se me cae de las manos. Me agacho a recogerla antes de que se queme.

Esa letra angulosa. Esa "t" cruzada con una línea violenta.

Conozco esa letra. He visto esa letra en tarjetas de cumpleaños forzadas durante años.




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