La resaca tiene un sabor. En mi caso, sabe a metal, a arrepentimiento y a la pasta de dientes de menta extrafuerte que encontré en el baño.
Bajo las escaleras arrastrando los pies. Mi cabeza es una banda de marcha militar desafinada. Son las ocho de la mañana y la mansión huele a café quemado y a desesperación. Una combinación encantadora.
Entro en el comedor principal. La mesa es esa monstruosidad de caoba para veinte personas donde solíamos cenar en silencio hace una década. Ahora, solo hay cuatro servicios puestos.
Tía Beatrice está rezando el rosario en voz baja, con los ojos cerrados y una tostada a medio comer en la mano. El tío Marcus tiene ojeras tan profundas que podría guardar monedas en ellas. Julián, como siempre, está tecleando frenéticamente en un teclado portátil que ha conectado a... ¿una tostadora?
—¿Estás intentando hackear el pan, Julián? —pregunto, dejándome caer en la silla frente a él.
—Estoy intentando puentear el sistema eléctrico de la cocina para ver si puedo acceder a la red interna de seguridad a través del termostato inteligente —murmura sin mirarme—. Pero el firewall de esta casa es nivel Pentágono. O peor. Nivel Abuelo Paranoico.
Parpadee.
—Buenos días a ti también.
Miro mi plato. Avena. Una masa gris y grumosa que me mira con tristeza.
—¿Quién cocinó esta porquería? —pregunto, pinchando la masa con la cuchara.
—Yo —responde una voz grave desde la entrada.
Kael entra en el comedor. No lleva traje hoy. Lleva unos pantalones tácticos negros y una camiseta gris ajustada que deja ver demasiados músculos para ser legal a esta hora de la mañana. Trae una cafetera en la mano.
—Es avena proteica. Coman. Necesitan energía para procesar lo que viene.
—Necesito un abogado —gruñe Marcus, empujando su plato—. Kael, esto ha ido demasiado lejos. He intentado romper una ventana y el cristal ni se rayó.
—Vidrio balístico de grado cinco —responde Kael, sirviéndome café en una taza de porcelana floreada y delicada—. Podrías dispararle con un tanque y no entraría ni una mosca.
Se sienta en la cabecera de la mesa. El lugar de Silas. Nadie dice nada, pero todos lo notamos.
—Escuchen —dice Kael, dejando la cafetera sobre la mesa con un golpe seco—. Ayer Silas les dio el "qué". Hoy les voy a dar el "cómo".
Saca una tablet delgada y la desliza hacia el centro de la mesa. En la pantalla hay un gráfico: un plano de la casa con puntos rojos parpadeando en los cimientos.
—Regla número uno: El objetivo. —Kael me mira directamente—. Tienen treinta días exactos. El contador empezó a medianoche. Tienen que descubrir quién mató a Lia, cómo lo hizo y por qué. Y necesitan pruebas físicas. No valen teorías, no valen corazonadas. Quiero el arma, quiero el motivo y quiero una confesión grabada o escrita.
—¿Y si no lo logramos? —pregunta Beatrice.
—Entonces los sobres negros se abren. —Kael se reclina en la silla, cruzando los brazos sobre el pecho—. Se envían copias a sus empleadores, a sus cónyuges, a la prensa y a la fiscalía.
»Beatrice, tú vas a la cárcel por fraude a la seguridad social y posesión de sustancias ilícitas. Marcus, tú por estafa piramidal y malversación. Julián, tú por ciberterrorismo doméstico.
—¡Hey! —protesta Julián—. Fue hacking ético... mayormente.
—Y tú, Nora —Kael clava sus ojos en mí—. Tú pierdes lo único que te queda: tu reputación. El mundo sabrá que dejaste morir a tu hermana.
Aprieto los dientes.
—Yo NO la dejé morir.
Se encogió de hombros.
—Pruébalo.
El silencio se estira, tenso como una cuerda de violín a punto de romperse. Marcus se levanta de golpe, tirando la silla.
—¡Esto es ridículo! —grita—. ¿Sabes qué? No voy a jugar. Si estamos encerrados con un asesino, ¿qué me impide matarlos a todos ustedes mientras duermen? ¡Soy el mayor! ¡Heredaría todo por defecto si soy el único vivo!
¿Acaba de admitir que nos puede matar?
Kael no se inmuta. Ni siquiera parpadea.
—Excelente pregunta, Marcus. Eso nos lleva a la Regla número dos. La más importante.
Toca la pantalla de la tablet. La imagen cambia. Ahora muestra unos cilindros metálicos adosados a las columnas de carga en el sótano.
—¿Qué es eso? —pregunto, sintiendo un nudo en el estómago.
—Semtex —dice Kael con la misma naturalidad con la que diría "azúcar"—. Explosivo plástico. Hay suficiente en los cimientos para convertir esta mansión y todo lo que hay en un radio de doscientos metros en polvo cósmico.
Beatrice suelta un grito ahogado y se lleva las manos a la boca.
—¿Bombas? —susurra Marcus, pálido como el papel—. ¿Estamos sentados sobre bombas?
—Están conectadas a un sistema biométrico de monitoreo cardíaco —continúa Kael, señalando los relojes inteligentes que hay en una caja abierta sobre el aparador—. Todos deben ponerse uno ahora mismo.
Se levanta, coge la caja y empieza a repartir los relojes negros, simples, de goma.
—Si el corazón de alguno de ustedes deja de latir por causas no naturales antes de que se cumplan los treinta días... —Kael hace una pausa dramática, dejándonos imaginar el resto—. Boom.
—¿Estás diciendo... —Julián deja de teclear. Por primera vez parece genuinamente aterrorizado—... que, si mato a Nora, ¿muero yo también?
¿¡Y a mí por qué?!
—Exacto—Kael le pone el reloj a Beatrice, que llora en silencio—. Es un seguro de destrucción mutua asegurada. Si uno muere, mueren todos. Así que no solo tienen que encontrar al asesino, sino que tienen que protegerse entre ustedes. Tienen que asegurarse de que nadie tropiece, nadie se ahogue en la bañera y nadie decida "eliminar a la competencia".
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Editado: 28.06.2026