Jaque Perpetuo

CAPÍTULO 6.

Si Leonardo da Vinci hubiera pintado La Última Cena usando como modelos a mi familia, Judas habría parecido un santo y Jesús habría pedido la cuenta antes de los aperitivos

Si Leonardo da Vinci hubiera pintado La Última Cena usando como modelos a mi familia, Judas habría parecido un santo y Jesús habría pedido la cuenta antes de los aperitivos.

Estamos sentados en el comedor principal. Las velas de cera blanca son la única fuente de luz porque Kael, en su infinita sabiduría de carcelero, decidió que "ahorrar energía del generador" era prioritario. Así que ahí estamos: cinco sombras proyectadas contra las paredes de damasco, fingiendo que esto es una reunión social y no un secuestro.

Lo más ridículo es el código de vestimenta. Tía Beatrice bajó con un vestido de cóctel y sus perlas (falsas), como si el fantasma de la Reina Isabel fuera a unirse a nosotros. Tío Marcus lleva corbata. Julián lleva una sudadera con capucha, pero al menos está limpia.

Y yo... bueno, yo llevo la misma ropa de ayer porque me niego a ponerme los vestidos de "niña buena" que mi madre dejó en mi armario hace una década.

—Esto sabe a comida de perro —se queja Marcus, removiendo el contenido de su plato con una cuchara de plata.

—Es sopa de tomate Campbell's —dice Kael desde la cabecera de la mesa. Él no está comiendo. Está vigilando. Tiene una copa de agua frente a él y los brazos cruzados, sus bíceps tensando la tela de su camiseta negra—. Y te sugiero que te la comas. Mañana tocan frijoles fríos.

—¿Sopa de lata en vajilla de Limoges? —Beatrice suelta una risa aguda, cristalina y completamente borracha—. Oh, mi padre debe estar revolviéndose en su tumba. Qué vulgaridad.

Beatrice tiene una botella de vino tinto Petrus aferrada con una mano, y su copa llena hasta el borde con la otra. Es su cuarta copa. Lo he estado contando por si se le ocurre ofenderme con la carta del alcoholismo.

—Al menos el vino es bueno, ¿verdad, tía? —digo, partiendo un trozo de pan duro que encontramos en la despensa—. Aunque creo que el maridaje con la sopa de tomate es un crimen culinario.

—Tú cállate, niña ingrata —balbucea ella, sus ojos vidriosos clavándose en mí—. Deberías estar agradecida. Si no fuera por esta familia, estarías viviendo debajo de un puente, vendiendo tu cuerpo por... ¿qué es lo que te metes ahora? ¿Cocaína? ¿Pastillas?

El silencio cae sobre la mesa como un yunque. Julián deja de vapear un segundo (milagro). Marcus mira a Kael con pánico, esperando que el "árbitro" intervenga.

Pero Kael no se mueve. Me mira a mí. Quiere ver qué hago. Quiere ver si la Nora de hace diez años sigue ahí.

Sonrío. Es una sonrisa afilada.

—Solo whisky, tía Bea. Dejé las pastillas al seguir tu ejemplo, y darme cuenta de que la realidad es mucho más divertida cuando la enfrentas sobria y ves lo patéticos que son todos ustedes. —Levanto mi cuchara—. Además, si vendo mi cuerpo, al menos cobro. Tú te regalaste a un marido que te engaña con su secretaria y luego te pidió el divorcio dejándote sin na-da.

Marcus se atraganta con la sopa.

—¡Nora! —grita él, rojo como la sopa—. ¡Un poco de decoro!

—¡Decoro! —Beatrice golpea la mesa con el puño. La botella de Petrus se tambalea peligrosamente—. ¡Estamos sentados sobre bombas, Marcus! ¡Bombas! ¡Y este salvaje...! —señala a Kael con un dedo tembloroso—... ¡nos tiene aquí como ganado!

me da risa. Cómo no puede responderme se mete con kael que no ha hecho nada.

—Cuidado con el tono, Beatrice —dice él. Su voz es suave, pero tiene ese filo metálico que hace que los vellos de la nuca se me ericen—. Tu ritmo cardíaco está subiendo. El reloj marca 115. Si llegas a 140, el sistema podría interpretarlo como pánico crítico.

Beatrice se mira la muñeca con horror. Traga saliva y bebe media copa de vino de un trago para "calmarse".

Spoiler: no funciona.

—No es el pánico —susurra ella, y de repente, su tono cambia. Ya no es agresivo. Es... venenoso—. Es el asco.

—¿Asco por la sopa? —Julián se reí.

—Asco por la hipocresía. —Beatrice clava sus ojos en la silla vacía que hay junto a mí. La silla que, simbólicamente, pertenecía a Lia—. Todos fingiendo que nos importa. "Oh, pobre Lia", "Oh, qué tragedia". ¡Ja!

Siento un nudo en el estómago.

—Cierra la maldita boca, Beatrice —advierto, apretando el cuchillo de mantequilla con tanta fuerza que mis nudillos se ponen blancos.

—¡No me mandes a callar! —Se inclina sobre la mesa, con los dientes manchados de vino morado—. Esa niña era un monstruo. Una pequeña bruja manipuladora. Tenía diecisiete años y ya sabía cómo destruir un matrimonio mejor que cualquier amante.

—Beatrice... —Marcus intenta detenerla, poniéndole una mano en el brazo.

Ella se lo sacude.

—¡No! ¡Que se sepa! —Grita, y una lágrima negra de rímel le corre por la mejilla—. Silas la adoraba. "La niña perfecta". Pero ella era el diablo. ¿Saben lo que me dijo una semana antes de morir? Me dijo que sabía lo de mis "retiros espirituales". Me dijo que, si no le daba mis pendientes de diamantes, se lo contaría a Silas. ¡Me chantajeó! ¡A su propia tía!

Miro a Kael. Él está inmóvil, observando a Beatrice con la frialdad de un científico mirando una rata de laboratorio. Está recopilando datos.

—Lia hacía eso con todos —dice Julián, encogiéndose de hombros—. A mí me amenazó con contar que hackeé temu para obtener cosa gratis. Me costó mi MacBook Pro nuevo para mantenerla callada.

—¿Ves? —Beatrice señala a Julián—. Todos la odiábamos. ¡Todos!

—Yo no la odiaba —digo, mi voz saliendo más frágil de lo que pretendo.




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