El infierno no es fuego y azufre. El infierno es una mansión victoriana sin Wi-Fi.
Llevo más de veinticuatro horas en estado de ciber-abstinencia y ya he empezado a hablar con los muebles. Hace un rato le conté mi vida a una lámpara de pie y creo que me juzgó. Lo entiendo, lámpara, yo también me juzgo.
Son las tres de la tarde. La lluvia sigue cayendo con esa insistencia británica deprimente. He intentado leer un libro de la biblioteca, pero todos son primeras ediciones de clásicos rusos que pesan más que mi conciencia y tratan sobre gente muriendo en la nieve. Paso.
El aburrimiento es un arma peligrosa. Si me dejas quieta mucho tiempo, empiezo a pensar en mi vida, en mis deudas y en el hecho de que mi hermana muerta podría no ser tan inocente como la recuerdo. Así que decido hacer lo único sensato: violar la privacidad de mis parientes.
No lo hago por justicia.
Lo hago porque no tengo donde ver anime.
Empiezo mi ronda de espionaje en el ala oeste, donde el tío Marcus ha montado su "oficina provisional". Él está abajo, discutiendo con Kael sobre la temperatura del termostato (Marcus quiere 24 grados, Kael dice que el frío mantiene la mente alerta y ahorra diésel del generador).
La puerta del despacho de Marcus está cerrada.
—Qué tierno —murmuro, sacando una horquilla de mi pelo desordenado—. Piensa que una cerradura de latón de 1920 va a detenerme. Tío, yo abría la puerta del minibar de mis padres con un clip a los 12 años.
Meto la horquilla, giro un poco a la izquierda, presiono y... clic.
Entro.
La habitación huele a cuero viejo y a la colonia que Marcus usa para oler a "hombre de negocios respetable". El escritorio es un caos de papeles. Hay gráficos de bolsa dibujados a mano, notas de suicidio financiero y una foto enmarcada de su actual y tercera esposa sonriendo. La foto está boca abajo. Poético.
Me siento en su silla giratoria y doy una vuelta completa.
—¡Wiii! —digo en voz baja. La diversión me dura tres segundos.
Empiezo a abrir cajones.
Cajón 1: Bolígrafos robados de hoteles, clips y caramelos de menta pegajosos.
Cajón 2: Documentos de seguros que no entiendo y no me importan.
Cajón 3: Cerrado con llave.
—Ajá. —Mis ojos brillan. El cajón de los secretos.
Vuelvo a usar la horquilla. Esta cerradura es más difícil. Marcus se tomó la molestia de proteger esto. Debe ser donde guarda la contabilidad de su estafa piramidal o quizás cartas de una amante.
La cerradura cede. Abro el cajón con la emoción de quien abre un regalo de Navidad, esperando encontrar lingotes de oro o un arma.
Lo que encuentro es mucho mejor.
Es un libro grueso de tapas de cuero. El título dorado en el lomo dice: "Principios de la Economía Macroeconómica, Vol. II".
—Aburrido —digo, sacándolo.
Pero el libro pesa poco. Demasiado poco. Lo abro.
No es un libro. Es una caja fuerte camuflada. O, mejor dicho, un escondite hueco. ¿Y qué hay dentro de los "Principios de la Economía" del tío Marcus, el hombre que va a misa todos los domingos y critica el largo de mi falda?
Revistas.
Pero no cualquier revista. Son revistas pornográficas de los años 90. Y no son Playboy, no. Eso sería demasiado normal.
Saco la primera. El título es "Naughty Nuns" (Monjas Traviesas). La portada muestra a una mujer con un hábito recortado hasta la ingle sosteniendo un crucifijo de una manera que definitivamente no está aprobada por el Vaticano.
Saco la segunda. "Bibliotecarias Castigadoras".
Saco la tercera. Y esta es la joya de la corona. Es un VHS (¡un maldito VHS!) titulado: "Confesiones de la Madre Superiora".
Se me escapa una risa. Una risa pequeña, burbujeante.
—No puede ser —digo, tapándome la boca—. Tío Marcus, eres un maldito degenerado.
La imagen mental del tío Marcus, con su corbata y su cara de estreñimiento perpetuo, escondiéndose aquí para ver videos de monjas en VHS es demasiado para mi cerebro.
Empiezo a reír más fuerte. Me río de la hipocresía. Me río de lo absurdo que es que estemos preocupados por bombas y asesinos cuando el mayor secreto de Marcus es que le excitan las mujeres vestidas de pingüino religioso.
—¡Por Dios bendito! —exclamo entre carcajadas, hojeando la revista de las monjas—. ¡Mira esos zapatos! ¡Nadie ha usado esos zapatos desde la caída del Muro de Berlín!
Estoy llorando de risa. Literalmente. Las lágrimas me corren por la cara. Es una risa histérica, lo sé. Es la tensión saliendo por donde puede. Me doblo sobre el escritorio, golpeando la madera con la mano, incapaz de respirar.
La puerta se abre de golpe.
Me sobresalto tanto que la revista sale volando de mis manos y aterriza, abierta de par en par en la página central (Sor Angélica y el jardinero), justo a los pies del intruso.
Kael.
Está ahí parado, con su postura de comando, pistola en mano (bueno, no pistola, pero una llave inglesa enorme que parece un arma en sus manos). Entró pensando que me estaban matando.
Baja la llave inglesa. Mira la revista en el suelo. Mira mi cara roja y llena de lágrimas. Mira el VHS en mi mano.
Sus ojos grises van del hábito de látex en el suelo a mis ojos.
—¿Nora? —pregunta, confundido.
—No... no es mío —logro decir entre hipidos de risa—. Es... es de Marcus. Estaba... en la Economía.
Vuelvo a reírme. No puedo parar. Me duele el estómago.
Kael se agacha y recoge la revista con dos dedos, como si fuera material radioactivo. Mira la portada. Una de sus cejas perfectas se arquea lentamente hacia arriba.
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Editado: 28.06.2026