Jaque Perpetuo

CAPÍTULO 8.

La cena fue un desastre, pero al menos fue un desastre informativo

La cena fue un desastre, pero al menos fue un desastre informativo. Ver al tío Marcus sudar frío cada vez que Kael mencionaba "gastos inexplicables" fue casi tan satisfactorio como el whisky que llevo en la mano.

Subimos las escaleras hacia la suite principal. Mi reloj marca las once. Mi ritmo cardíaco está en un aceptable 85, considerando que vivo en una casa donde mis parientes se odian.

—Deberíamos presionar a Marcus mañana —digo, tropezando ligeramente en el último escalón. Kael me agarra del codo para estabilizarme. Su agarre es firme, automático—. Si le enseñas el recibo del camello...

—No vamos a presionarlo hasta que sepamos qué compró —responde Kael, soltándome en cuanto recupero el equilibrio. Sus ojos escanean el pasillo vacío—. Marcus es cobarde, y los cobardes hacen cosas estúpidas cuando se sienten acorralados.

Llegamos a la puerta doble de nuestra "suite nupcial".

—Bueno, esposo mío —bromeo, poniendo mi pulgar en el escáner—. ¿Qué toca hoy? ¿Me vas a dejar la almohada buena o vas a seguir durmiendo en el suelo como un mártir espartano?

pongo mi mano, el escáner pita. Luz verde.

Empujo la puerta.

El olor me golpea antes de que mis ojos procesen la imagen. No huele a leña ni a lavanda. Huele a hierro. A cobre. A mercado de carne un domingo de verano sin aire acondicionado. Huele a muerte fresca.

—Qué demonios... —empiezo a decir.

Kael se mueve rápido. Me empuja hacia atrás, colocándose delante de mí con un movimiento fluido, sacando esa navaja que lleva siempre encima.

Pero no hay nadie en la habitación.

Solo hay... eso.

Sobre la cama con dosel, justo en el centro de las sábanas de seda negra, hay una cabeza.

No es humana, gracias a Dios. Es de cerdo.

Una cabeza de cerdo enorme, con los ojos vidriosos y abiertos, la lengua colgando y un charco de sangre oscura y viscosa empapando el edredón de mil hilos. La sangre gotea por el lateral de la cama, manchando la alfombra blanca. Plic. Plic. Plic.

Me quedo paralizada. No grito. Curiosamente, el grito se me queda atascado en la garganta y se transforma en algo absurdo.

Kael suelta una maldición en un idioma que creo que es ruso o quizás puro odio gutural. Entra en la habitación, patea la puerta del baño, revisa el armario en dos segundos.

—¡Despejado! —grita, pero no baja la guardia. Se gira hacia mí, que sigo en el umbral mirando al cerdo—. Nora, no entres.

Entro de todos modos. La morbosidad es mi defecto de fábrica. Me acerco a la cama. El animal parece sonreír. Es grotesco. Es teatral. Es...

—Vaya —digo, ladeando la cabeza. Siento una extraña desconexión con la realidad, como si estuviera viendo una instalación de arte moderno muy mala—. Se han tomado muchas molestias. ¿De dónde sacaron un cerdo? ¿Estaba en el congelador junto a los guisantes?

—¡Nora! —Kael me agarra de los hombros y me gira violentamente para que lo mire a él, dándole la espalda a la cama. Sus ojos son una tormenta—. ¡Mírame! ¿Estás bien? ¿Te duele algo?

Me examina la cara como si buscara grietas. Sus manos aprietan mis brazos con fuerza, casi con dolor.

—Estoy bien, Kael. Es solo... carne.

—Es una amenaza —gruñe él, soltándome para mirar el reloj en mi muñeca—. Tu pulso. 120. Respira.

Miro al cerdo por encima de su hombro.

—Sinceramente, me lo esperaba peor —suelto, y una risa nerviosa se me escapa—. Cuando vi la sangre, pensé que habían desenterrado a alguien. Al menos no es la cabeza de mi madre. Ella tenía peor cutis y nos miraba con más desprecio que este pobre animal.

El silencio que sigue a mi comentario es absoluto.

Kael se queda quieto. Me mira como si acabara de hablar en lenguas alienígenas. La furia en sus ojos cambia, se mezcla con incredulidad y algo oscuro, profundo.

—No tiene gracia —dice, con voz baja y peligrosa.

—Para mí sí. Es mi mecanismo de defensa ante un trauma, Kael. Déjame tenerlo. Si no me río, voy a vomitar el whisky. Y es whisky caro.

—Si... y capaz y te bebas tú mismo vomito por no desperdiciar el whisky.

Kael cierra los ojos un segundo, respira hondo por la nariz y, cuando los abre. Me agarra de la nuca, atrayéndome hacia él hasta que mi frente choca contra su pecho. Me rodea con los brazos, envolviéndome en un abrazo que no es de consuelo, es de contención.

—Nadie te va a tocar —me susurra contra el pelo—. Te lo juro por mi vida, Nora. Nadie va a ponerte un dedo encima.

Me quedo quieta entre sus brazos.

¿Qué mosco le picó?

—Kael —digo contra su camiseta—, me estás aplastando.

Se separa un poco, pero no me suelta. Me mantiene agarrada por la cintura.

—Mira esto —dice, señalando la cama con un gesto de cabeza.

Ahora que estoy más cerca (y protegida por su cuerpo), veo que el cerdo tiene algo en la boca. Entre los dientes amarillentos hay un trozo de papel enrollado.

Kael se acerca, saca un pañuelo del bolsillo y extrae el papel con cuidado quirúrgico. Lo desenrolla.

Hay una sola frase, escrita con letras recortadas de revistas (cliché, pero aterradoramente efectivo):

"LA PRÓXIMA VEZ SERÁ TU PRECIOSA CABEZA, NORA."

Siento un escalofrío real esta vez. No es una broma genérica. Es para mí.

Kael lee la nota. Veo cómo se le tensan los músculos de la mandíbula. Arruga el papel en su puño con tanta fuerza que sus nudillos crujen.

—Voy a matarlos —dice. No grita. Lo dice con un tono conversacional, lo cual es mil veces más aterrador—. Voy a averiguar quién entró aquí y voy a arrancarle la cabeza con mis propias manos.




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