Si alguien nos viera ahora mismo, pensaría que hemos perdido la cabeza. O que estamos rodando la escena de introducción de una película para adultos de muy bajo presupuesto.
Pero no. Esto es solo otro martes en la Mansión Blackwood.
—Entra —ordena Kael.
—¿Perdona?
Estamos en el baño principal de la suite. Es una sala de mármol negro tan grande que tiene eco. Kael acaba de abrir todos los grifos del lavabo, ha encendido la ducha a máxima potencia y ahora está llenando el jacuzzi circular. El ruido del agua corriendo es ensordecedor.
—Kael, hay una cabeza de cerdo en la habitación de al lado. No es momento para un baño de espuma.
Él no me responde. Me agarra de la mano y me arrastra hacia el jacuzzi. El agua ya está burbujeando, humeante. Los chorros de hidromasaje rugen como motores de avión.
—El vapor interfiere con las cámaras láser —me dice al oído, casi gritando para superar el ruido del agua—. Y el ruido de los chorros bloquea los micrófonos de largo alcance. Es el único lugar seguro para hablar.
—Podríamos susurrar en el armario —sugiero, intentando soltarme.
—El armario tiene ventilación compartida. El sonido viaja. Entra ya.
—¡Estoy vestida, animal!
Kael ni se inmuta. Se mete en el jacuzzi con las botas puestas. El agua se desborda, mojando el suelo de mármol. Me mira desde dentro, con el agua llegándole a la cintura, empapando sus pantalones.
—Nora. Entra. Ahora.
Ruedo los ojos tan fuerte que me duele el cerebro. Pero entro.
El agua está ardiendo. Mis vaqueros se vuelven pesados al instante, pegándose a mis piernas como una segunda piel asfixiante. Mis botas de cuero falso se llenan de agua con un glug-glug patético. Me siento en el banco sumergido frente a Kael, tiritando no de frío, sino del choque térmico.
El vapor empieza a llenar la habitación. En segundos, no veo la puerta. Solo veo niebla blanca y a Kael.
—Bien —digo, apartándome el pelo mojado de la cara. Mi camiseta blanca se ha vuelto transparente.
Fantástico.
Ahora parezco una participante de un concurso de camisetas mojadas en un bar de carretera
—Estamos en una sopa humana. ¿Contento? ¿De qué querías hablar que es tan secreto?
Kael no mira mi camiseta. Me mira a los ojos con esa intensidad láser que me hace querer confesar crímenes que no he cometido.
—Julián —dice.
—¿Qué pasa con él?
—La cabeza de cerdo. —Kael se acerca un poco. El agua se mueve con él—. Julián es el único que podría haber hackeado la cerradura biométrica sin dejar rastro digital. Pero hay un problema.
—¿Que es un tirillas que no puede levantar ni una caja de leche? —adivino.
—Exacto. Esa cabeza pesaba al menos quince kilos. Y sangraba. Julián es escrupuloso. Se lava las manos tres veces antes de tocar su teclado. No lo veo cargando un animal muerto por el pasillo.
—Entonces tuvo ayuda —sugiero. El calor del agua me está mareando un poco. O quizás es la cercanía de Kael. Sus rodillas rozan las mías bajo la superficie—. ¿Marcus?
Kael niega con la cabeza. Gotas de condensación corren por su cuello.
—Marcus estaba en el salón intentando sintonizar la radio para escuchar noticias de la bolsa. Lo vi por las cámaras antes de subir.
—Entonces... ¿Beatrice?
—Beatrice estaba demasiado borracha para caminar recta, mucho menos para decapitar un cerdo.
Kael se impulsa hacia adelante, cortando la distancia entre nosotros. Ahora está en mi espacio personal. El vapor nos encierra en una burbuja de intimidad forzada.
—Hay alguien más. O uno de ellos está fingiendo ser más inútil de lo que es.
—Todos son inútiles, Kael. Esa es la marca de la familia.
Él apoya las manos en el borde del jacuzzi, a cada lado de mi cabeza, acorralándome. Su camisa mojada se adhiere a su pecho, marcando cada músculo, cada cicatriz. Es una distracción letal.
—Tú no eres inútil —murmura. Su voz baja un octavo, volviéndose ronca—. Eres la única que mantiene la calma mientras los demás se desmoronan.
—Yo no mantengo la calma. —Mi respiración se acelera. Mi reloj sumergible empieza a vibrar bajo el agua. 110 pulsaciones—. Yo solo bebo para ignorar el pánico.
—Mientes. —Kael acerca su cara a la mía. Su nariz roza la mía. El vapor se mezcla con nuestro aliento—. Te vi con el cerdo. Te reíste. Tienes oscuridad dentro, Nora. La misma oscuridad que tenía Silas. La misma que tengo yo.
—No me compares contigo —susurro. Mis manos, por voluntad propia, viajan bajo el agua y se posan en sus caderas. Siento la tensión de su cuerpo bajo la ropa mojada—. Tú eres el verdugo. Yo soy la víctima.
—Deja de jugar a la víctima. No te queda bien.
Sus ojos caen a mi boca. El mundo exterior desaparece. Ya no oigo los chorros de agua. Solo oigo el latido atronador de mi propio corazón. El aire se vuelve denso, eléctrico. La tensión que hemos estado acumulando durante años, enmascarada de odio, está a punto de explotar.
Kael inclina la cabeza. Va a besarme. Sé que va a besarme. Y sé que, si lo hace, no vamos a parar. Vamos a terminar haciéndolo aquí mismo, con ropa y agua, mientras el fantasma de mi abuelo nos mira.
Y lo peor es que quiero que lo haga. Quiero que me borre el miedo a besos.
Cierro los ojos, entreabriendo los labios, esperando el contacto...
¡CUACK!
Un sonido agudo, chirriante y ridículo rompe el momento.
Algo amarillo sale disparado desde el fondo del jacuzzi, impulsado por un chorro de aire a presión, y golpea a Kael directamente en la barbilla.
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Editado: 28.06.2026